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Septiembre 19 de 2017
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Cuando la libertad de dos personas se resume en renunciar y viajar

País - Abril 1 de 2016, 5:20 pm
Desde que salieron de Palmira (Valle) la pareja ya ha recorrido varios países del continente.

Andrés y Lina tenían empleos bastantes atractivos, pero prefirieron dejarlos y a sus familias para recorrer en mundo en carro. Crónica de la búsqueda de la felicidad.

Mónica Vengoechea / NoticiasRCN.com
 
¿Quién no ha fantaseado alguna vez con mandarlo todo al traste para irse a andar el mundo?, ¿quién no ha sentido una mínima envidia de los pocos que pueden tomarse un año sabático?
 
No tener que trabajar para vivir, o todo lo contrario, para entregarse al placer de viajar sin fecha de regreso es una locura solo contemplada por los más ‘hippies’ o los más ricos. 
 
Pero sin ser lo uno ni lo otro, una pareja de vallecaucanos  fue capaz de hacer lo que en el fondo a muchos nos gustaría pero no nos atrevemos.
 
Hasta hace año y medio, Lina y Andrés conformaban una joven pareja con historia y objetivos similares a los de cualquier otro par de novios colombianos en la lucha diaria por emerger de lo corriente, por escalar hacia el éxito, casarse y ahorrar para comprar un lindo carro o una casa grande. 
 
Ella con 29 años ya ocupaba la gerencia de logística de una renombrada compañía lechera en la sede de Cali. 
 
Él, con 31, era reportero de El País, el diario más leído de la región Occidente.
 
Pero el 6 de agosto de 2014 todo cambió.
 
 
Después de pasar sus cartas de retiro a sus respectivos empleos, emprendieron a bordo de un automóvil, usado más que todo como vehículo de carga, el más ambicioso de todos sus planes. 
 
Un plan que tal vez no los haría millonarios pero sí incalculablemente felices, el que a lo mejor los haría más anónimos pero notablemente universales, el que de pronto no les permitiría adquirir tan fácil una vivienda pero convertiría al mundo en su hogar. 
 
Renunciaron y viajaron. Y tras conjugar estos verbos en primera persona del plural así bautizaron su nuevo proyecto de vida. 
 
Lina Ruíz y Andrés Álvarez, también fotógrafos y vegetarianos, declinaron ante lo que cualquiera puede llamar “una vida normal”. 
 
Desistieron de sus cargos y comodidades. Claudicaron a los esquemas sociales. Se desentrañaron de su tierra, amigos y familiares. Experimentaron el desprendimiento total.
 
“Renunciamos a la comida de la abuelita, al perrito que se levanta a moverte la cola temprano el domingo, a la almohada y el colchón que estás ablandando durante tanto tiempo, a los viernes de bar con tus mejores amigos, es renunciar a todo para irse hacia nada porque es que no sabes pa' dónde vas, renunciamos desde lo más literal hasta lo más abstracto, y nos fuimos a cumplir nuestro sueño”, afirma Andrés.
 
Lo hicieron con un mínimo de planeación. Juntaron sus ahorros y liquidaciones. Transformaron su “renoleta” en una casa-van con el nombre de “la Jebi”, en honor al heavy metal, su música predilecta. Diseñaron la página web con la que contarían su historia y dijeron adiós. 
 
Su casa en Palmira, Valle del Cauca, fue el punto de partida, y Colombia, el primer destino por conquistar.
 
“Cuando decidimos empezar este viaje sin fecha de regreso, quisimos dar los primeros pasos conociendo nuestra casa, nuestro impresionante país”, describen Andrés y Lina en su portal Renunciamos y Viajamos cuando decidieron poner en marcha su odisea primero por el occidente, luego por la región cundiboyacense, los Llanos, el oriente y la costa Caribe.
 
Tardaron seis meses para completar nueve mil kilómetros del territorio nacional que decidieron recorrer, pero en muy poco tiempo conocieron personas y lugares maravillosos a los que quién sabe si algún día volverían.
 
“Variedad de climas y pisos térmicos. Gente amable como ninguna otra. Playas. Islas. Montañas. Llanuras. Grandes ciudades y pequeños pueblitos. Naturaleza. Sabores… todo lo encontramos en esta belleza llamada Colombia”, cuenta la pareja en sus crónicas virtuales que publican regularmente en su página web.
 
Hicieron un giro en su mapa de aventuras y pararon el viaje sobre ruedas en Cartagena para tomar un avión hacia Cuba. 
 
 
Las razones oscilaron entre los tiquetes tan baratos que encontraron “cacharreando” en la web hasta el par de noticias que por esos días cobraban relevancia en la isla como el acercamiento histórico con Estados Unidos o el curso de las negociaciones de paz entre el Gobierno Colombiano y las Farc. 
 
Recorrer la isla de oriente a occidente les tomó dos meses.
 
Sin embargo, la auténtica epopeya de esta pareja comenzaría en su regreso a Cartagena para tomar un barco rumbo a Panamá.
 
Los últimos centavos se esfumaron con los trámites para navegar con “La Jebi” (la renoleta) durante las 20 horas que tardaron en cruzar el océano Atlántico hasta el Puerto de Colón. Y cuando ya escaseaba el dinero, la suerte, como el más preciado tesoro de los andariegos, hizo su revelación.
 
“Conocimos en el barco a un viajero que iba desde Argentina hasta Alaska en moto, se regresó desde Alaska hasta Argentina en moto y nosotros nos lo encontramos en el mismo barco, iba para Honduras con su moto y novia hondureña y ese era el momento en el que nuestra billetera estaba tirando gritos de auxilio. Le estuvimos contando de nuestro viaje y él se sintió conectado con la historia. Él fue nuestro gurú, el man que nos iluminó el resto del viaje y nos dijo: ustedes no están vendiendo una foto, porque en la época del smartphone, de la tablet y el internet, las fotos están a la orden del día, nadie necesita una foto, ustedes lo que están vendiendo es su proyecto, su viaje, su sueño”. 
 
Para Lina y Andrés era hora de entregarse al mundo y encarar la verdadera libertad.
 
Aprender a descifrar los códigos del destino, leer las señales del universo y dejar parte de su futuro en manos de los demás fue el secreto para despojarse de la desconfianza, los prejuicios y los miedos. Para andar más livianos, sin prisa y  sin mayor carga que su ropa, una cocineta y sus cámaras. 
 
“Sabíamos que el viaje mismo da las respuestas porque hemos aprendido que si vos siempre estás esperando una respuesta a las preguntas que tenés, tu lugar es la oficina. El viaje se encarga de darte las respuestas, lo único que tenés que hacer es confiar en vos y en los demás como motor”, dice Andrés.
 
Siguiendo los consejos del gurú que encontraron en el barco desde Panamá, empezaron a vender postales de lo que iban fotografiando en su camino.
 
Sus fotos se volvieron no solo la prueba de su valentía sino postales con las que sus espontáneos compradores también secundarían sus sueños.
 
Algunos de esos compradores quedaban cautivados por sus relatos, otros parecían ver reflejado en Andrés y Lina lo que siempre han querido hacer y nunca se animaron. 
 
“Vamos a las gasolineras, parqueamos el carro a la vista de la gente y les decimos que estamos vendiendo estas fotos pero no necesitamos dinero sino, por ejemplo, gasolina para poder seguir viajando. Cuando lo intentamos por primera vez, una persona nos llenó el tanque del carro y nos invitó a quedarnos en su casa”, recuerda Andrés de cuando lograron su arribo a Panamá.
 
“Con lo de una postal que vos nos des podemos almorzar hoy o ponerle un litro de gasolina al carro. El record de lo que nos han dado por una postal está en 100 dólares. Lo que la gente hace no es comprar tanto una postal sino ayudarnos a cumplir nuestro sueño y tal vez su sueño a través de nosotros”, agrega Lina.
 
Sin ponerle un precio a su trabajo la pareja reúne a diario lo que necesita para vivir. 
 
Lo que importa no son las monedas o los billetes que puedan recibir sino lo que puedan dejar de gastar. 
 
Hasta la más remota iniciativa de intercambio comercial es válida: el trueque de publicitar el nombre del negocio por la impresión de una foto, canjear hospedaje por una recomendación del hotel u hostal.
 
Ofrecen contar una historia escrita en su página o cualquier gesto solidario a cambio de unas simples gracias. Como cuando un empresario multimillonario les dejó, por pura empatía, su casa y uno de sus lujosos carros durante su estadía en Ciudad de Panamá o como cuando una humilde familia de campesinos de Guatemala les brindó de comer un suculento plato de agua y papa.
 
Andrés dice que “lo más importante es la gente que conocemos en el camino porque gracias a ellos es que llegamos y sabemos que podemos llegar. Llegamos a un lugar y no sabemos dónde vamos a dormir, pero estamos seguros de que si en el horizonte hay unas luces prendidas, nosotros la vamos a apagar para acostarnos a dormir”. 
 
Sin embargo, en la nueva vida de estos trotamundos los peligros también acechan. 
 
Avanzar con los mínimos cuidados y afinar ese instinto de supervivencia hizo posible que ambos esquivaran ciertas piedras en su camino. 
 
Una intoxicación con alimentos del mercado de Chihicatenango, en Guatemala, mandó a la cama por tres días a Andrés y el susto con el que entraron a Honduras y El Salvador por la fama de las temidas pandillas Maras los obligó a tapar parte de la caricatura  con la que se identifican.
 
 
“En la frontera nicaragüense un camionero nos preguntó: ¿Ese no es el símbolo de La Mara Salvatrucha?, señalando el sticker en el que yo soy el muñequito de camiseta y  gafas negras con el brazo estirado haciendo cuernos con dos de mis dedos”. 
 
“El señor nos dijo: si les va bien, les pueden agarrar el carro a piedras o también les pueden dar bala sin preguntar, es mejor que quiten eso”, recuerda Andrés, citando las palabras del conductor.
 
Eso sin contar con la tensa situación que ambientó su llegada a la capital salvadoreña. La pareja cuenta que ese día las pandillas maras se unieron para hacer un paro de transporte. 
 
“Llegamos y habían matado en una mañana a ocho choferes de bus, entonces no salían los vehículos a la calles, la gente se transportaba en camiones del Ejército al trabajo, había militares con fusiles pero nosotros vivimos una experiencia fantástica al margen de eso porque nos adoptó una familia de colombianos radicados allí hace años”. 
 
El pánico de Andrés y Lina se esfumó a los pocos días entre la generosidad de esta familia, la sencillez de los salvadoreños y la gastronomía popular de esa tierra.
 
En su inusual carro-casa recorriendo las entrañas de Centroamérica, la pareja de vallecaucanos ha logrado recorrer Costa Rica, Nicaragua, Honduras, El Salvador, Guatemala, Belice y México. 
 
Su gran primera meta es Alaska, luego de atravesar Estados Unidos y Canadá.
 
Después, cuando ya hayan llegado hasta allá, el siguiente objetivo es escribir un libro para financiar una nueva travesía por el resto del planeta. 
 
Un largo viaje alimentado de kilómetros de vivencias y decenas de anécdotas que cualquiera puede conocer a través de su bitácora digital: www.renunciamosyviajamos.com, una ventana por la que más de 40 mil seguidores de todos los rincones los alientan tramo a tramo mientras gozan con los vibrantes relatos de los momentos más felices, accidentados y memorables de su hazaña.
 
Relatos y experiencias por los que Andrés y Lina ya se han convertido en influenciadores de turismo y hasta en eventuales expositores de ferias o conferencistas invitados por algunas Universidades para hablar sobre el poder de cambio.
 
 
Resumir en unas cuantas líneas un año y medio de viajes es imposible. Por eso, en un pare que ambos hicieron para visitar a sus familiares en Colombia, NoticiasRCN.com los abordó y relacionó algunos de los instantes más impactantes de su aventura.
 
¿Un sabor que los haga salivar?
Andres: las pupusas salvadoreñas. Son como unas arepas de masa de maíz o de arroz, rellenas con una flor llamada loroco, queso, frijol, hechas a la plancha y servidas con un encurtido picante y con tomate. Lo mejor es comerlas con las manos y calienticas.
Lina: las marquesitas de Chetumal, en Quintana Roo en México. Son crepas tostadas rellena con queso de bola, con cajeta, lecherita o mermelada. El calor las enrosca y el frío las tuesta…
 
¿Un olor inolvidable?
Andrés: el olor del habano y el ron cubano
Lina: el mercado de Oaxaca en México donde se entremezclan muchos condimentos, el queso,  el mezcal (licor de la planta de maguey).
 
¿Un instante difícil?
Lina y Andrés: la muerte de nuestro perro Gandalf de 14 años. Nos sorprendió en Cancún y fue muy triste.
 
¿Y el más feliz?
Andrés: Cuándo la embajada de Colombia en Guatemala nos invitó a exponer en tres eventos y escenarios distintos nuestras fotografías. Fue bonito verlas en grande y pasamos de tener 3 dólares en el bolsillo a 2 mil dólares por la venta de todo nuestro trabajo
Lina…Nadar en los Cenotes en México, los pozos de agua dulce, porque yo soy miedosa con el agua. Nadar sin flotadores y con esas luces fue mágico.
 
¿Un paisaje impactante?
Andres: Semuc Champey en Guatemala, parece sacado de Avatar, la película. Uno de los ríos más hermosos del mundo.
Lina: Zipolite, una playa en Oaxaca. Mi primera playa nudista. Andrés se empelotó y yo me quedé en topless 5 segundos. Me impresionó ver a la gente desnuda trotando con esos atardeceres de fondo…
 
¿Una teoría después de tanto andar?
Andrés: déjese sorprender y le van a pasar cosas buenísimas. No espere respuestas siempre. Hágase preguntas y vaya y encuentre las respuestas.
Lina: Si estas luchando por tu sueños ellos se van a hacer realidad.
 
¿Un lugar para vivir?
Andres: Boquete en Panamá, donde me gustaría vivir, es un pueblo que está siempre en primavera, y rodeado de micos aulladores, ríos, cascadas, un concierto de aves y gente muy buena.
Lina: Aquí en Colombia, Villa de Leyva.
 
¿Un lugar para morir?
Andres y Lina: Palmira en Valle del Cauca. No haremos como el resto que se jubila para irse a viajar. Cuando queramos parar de viajar nuestro retiro va a ser en casa, en Colombia.
 
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