Nacionalfebrero 24, 2015hace 7 años

Las Vegas: el silencio de los ocultos

En este barrio, de la localidad de Kennedy en Bogotá, la basura es un enemigo que arrincona, y un canal de aguas negras, el que contagia a sus habitantes.

Las Vegas es el único lugar donde hay más ocultos que vivos. Foto: Archivo personal.

Por David Marroquín/NoticiasRCN.com

Es el único lugar donde hay más ocultos que vivos. Allí nadie habla, nadie sale, nadie dice nada. Todos se esconden bajo sus techumbres y paredes de ladrillos pálidos. Sobre algunos techos hay leña quemada, ladrillos por pedazos y hay peluches abandonados. Hay techos débiles. Hay algunas casas con techos agujereados y otras casas sin techo.

El silencio culebrea en cada rincón de Las Vegas. Un silencio en toda piedra que se enclaustra en la calle terrosa y a su vez un silencio roto por el zumbido de moscas que revolotean en manada; moscas y más moscas pegadas en los ventanales, moscas aferradas a las patas y ojos de los perros vagos y moscas revoleteando en los cuerpos de los muertos que allí arrojan.

Los perros lamen la basura, las ratas que no se ven lamen la basura, las palomas lamen la basura, las moscas y un hombre rodean la basura; el hombre escurre esperanza en su rostro por encontrar algo que sirva en medio de lo que no sirve: nada termina llevándose.

La basura, el enemigo que arrincona, y el canal de aguas negras, el que contagia a los que viven en Las Vegas, barrio de Bogotá, localidad de Kennedy.

"Este caño es supuestamente de aguas limpias, no tenía que tener aguas sucias, y creo que hay una o dos tuberías del Amparo –un barrio que pertenece a la localidad de Kennedy– que botan su aguas aquí, y permanecen botando. Cuando se seca bien, cuando no baja casi agua, esto es un olor fatídico, por las noches sobre todo, porque por las noches se concentra. Eso es tenaz.", afirma Luis Montaño, un señor cincuentón con bigote maduro, unos pantalones azules y una camisa de lana.

Las Vegas son como un pesebre: casas medianas, grandes y pequeñas, juntitas, una al lado de la otra, hechas de ladrillo rosado pálido, encarnadas sobre una calle terrosa, desmoronada... olvidada.

Hay casas medianas, grandes y pequeñas, con ventanales rotos, otras disimulan ventanas de cartón y alguna que otra casa tiene puerta, la mayoría de lata. Las viviendas reposan frente al canal de aguas, donde soportan un olor liado a toda clase de repugnas.

Blanca Cecilia Gómez, presidenta del barrio Las Vegas, asegura que vive allí hace 20 años y que el sector se convirtió en un botadero del que ya nada vale, en el que todo es un destierro. 

"Esto es un botadero de tierra y escombros. Hay mucha gente, de diferentes partes,  que viene a botar basuras aquí. Inclusive, en las madrugadas, vienen volquetas a botar el basurero que traen de otros lados", dijo Blanca con rabia, indignada.

Pedazos de asfalto forman una montaña cerca de la casa de la señora Gómez, más allá hay ladrillos por montañas y tierra por montañas.

"Esto es un descuido del Gobierno. Créame que el Gobierno no pone sus ojos sobre la gente pobre. Ellos trabajan arriba en Kennedy Central, pero no se acuerdan de la problemática que hay aquí".

La presidenta de Las Vegas señala los costales rellenos de retazos de baldosas que están ahogados en el canal. Señala el borde de la calle, con cajas abandonadas que expiden olores a comida sofocada. Un sanitario y un par de zapatos, ajenos, completan el desolador panorama.

"Por la noche es inmenso el olor, horrible. Aquí hay niños enfermos de bronquitis, neumonía, también hay adultos mayores enfermos; pero al Gobierno no le importa nada de eso. Trabajamos con el Hospital del Sur, sólo vienen y preguntan cómo se llama, la edad, pero absolutamente nada", indicó Blanca.

El auge de las moscas se eleva, y a su vez el olvido se suspende en Las Vegas.

Las víctimas

Los dos curitas asesinados en el fondo de Las Vegas es la muerte que más pinta recuerdo en las memorias de los habitantes.

Por un pacto de muerte del párroco Reátiga, de 35 años, perteneciente a la iglesia de Jesucristo Nuestra Paz, en límites entre Soacha y Bosa, y el padre Píffano, de 37 años, párroco de la iglesia San Juan de la Cruz en Kennedy, terminaron baleados en los límites de este barrio olvidado.

Según la investigación, los curas eran homosexuales y por una enfermedad contagiosa, que poseía alguno de ellos, incurable, decidieron pagar para morir los dos juntos; pagar su muerte.

La muerte de los dos sacerdotes se convirtió en un mito entre los mismos habitantes, un mito que juran no olvidar.

"Una vez a un señor lo cogieron, lo trajeron y lo mataron aquí. Otra vez a un chofer de taxi, hace mucho tiempo, lo trajeron amordazado y todo, y aquí le dispararon delante de nosotros", dice Blanca con voz tranquila, serena, sin nada que temer, porque parece una costumbre para los que viven allí: cada vez que ponen un muerto a la orilla de sus casas nadie habla, nadie sale, nadie dice nada.

En el interior de Las Vegas, a pesar de todo, a pesar del olvido, dos pequeños y un joven tratan de elevar dos cometas. Uno de los niños sostiene una cometa en el aire, mientras el otro observa al mayor de los tres controlando la otra; enseguida, la primera cometa cae fuertemente: se arrastra, se ensucia, se pela.

Aquí los chiquillos combaten contra la epidemia que arroja el canal. La rasquiña florece en sus cuerpos y el desespero abunda.

Jairo Reyes, comerciante de relleno de almohadas y colchones, cerca de tres veces, ha tenido que huir de Las Vegas con sus tres hijos, porque irse es salvarles la vida de la epidemia que apesta, que atesta. Según Reyes, la epidemia desplaza a los que viven allí.

"A todos nos afecta la salud esas aguas negras. Cuando el olor se levanta, toca alejar a los niños, toca irse", dice Reyes resignado.

Luis Montaño se refiere a los niños que viven allí como carnada para la epidemia que los consume y entonces repite, una y otra vez, una pregunta: ¿cómo están pasando estas cosas? No hay respuesta.   

"Aquí son las gripas respiratorias porque aquí hay niños y eso afecta mucho, mucho. La cuestión del ambiente afecta la salud de los pequeños. Aquí afecta mucho a los niños, tienen epidemias", lo dice con ira, impotente, sin aliento. Y permanece en silencio. 

El olor que del canal no se puede detener, se escabulla por toda rendija, por toda puerta, por todo espacio, por Las Vegas y sus fronteras invisibles con los demás barrios que lo arrinconan, que lo esconden.

Entonces, Las Vegas, que se erige sobre tierra que se desvanece, con jardines de cuerpos que no tienen vida, se llena de malestares y delirios. Una calle fatigada por las depresiones y las desgracias. Una calle que se hunde cada vez más en sus recuerdos. Un barrio que se mantiene arrinconado en Bogotá y que, enseguida, desaparece.

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