Opiniónnoviembre 17, 2022hace 13 días

La aplanadora histórica

El gobierno actual, a propósito de sus 100 días de mandato y de las vísperas decembrinas, entrega un regalo más a la economía colombiana. La reforma pensional.

Alexander-Rios Alexander Ríos, columnista de opnión.

Un día más, una reforma más. El gobierno actual, a propósito de sus 100 días de mandato y de las vísperas decembrinas, entrega un regalo más a la economía colombiana. Ahora, y como fue sostenido en el discurso de campaña, nos llega envuelta en el mejor de los papeles de regalo la propuesta de reforma pensional que no es nada nueva, pero que no deja de sorprender. Quizás algo cándidos a la realidad política y económica, algunos analistas pensamos ingenuamente que el tono y la severidad de la propuesta sería mesurada una vez el candidato fuera presidente. Todo lo contrario. La “aplanadora histórica” va por todo ahora que probó las mieles del poder político.

Una vez lista la reforma tributaria la “aplanadora histórica” apenas calienta sus motores. La incertidumbre aumenta ante la nada corta lista de reformas pendientes en la agenda del gobierno. La siguiente es la reforma pensional, seguida de cerca por las reformas laboral, a la salud, al agro, la educación y los planes fiscales para el 2023. Pareciera existir cierta urgencia en la búsqueda de recursos -plata- de cara al 2023, pues reduciéndolo a lo más simple ese es el trasfondo de la reforma pensional, por ejemplo.

Me atrevo a decir esto justamente por la exposición de motivos que se quedan en meras explicaciones ideológicas plagadas de metáforas y anécdotas “históricas, ancestrales y étnicas” pero nada técnicas, pues el gobierno parece vivir en el corto plazo y se olvida justamente de lo que aboga en el discurso, de la responsabilidad intergeneracional. Responsabilidad que le pedimos a esta generación para con los abuelos, pero pone sobre los hombros de nuestros hijos una pesada carga fiscal de la cual no se habla, o por desconocimiento, o porque simplemente no les conviene traerlo al debate del presente.

Para dejarlo en términos generales, la reforma plantea -entre otras cosas- un esquema basado en tres pilares: solidario, contributivo y complementario, nada nuevo hasta este punto, pues es un esquema que ya existe en otras partes del mundo. El verdadero escollo económico es el tamaño del pilar contributivo que asciende hasta cuatro salarios mínimos, cerca del 90% de los trabajadores colombianos según el DANE, haciendo que todos coticemos -gústenos o no, estemos de acuerdo o no- a dicho pilar en esa proporción de salarios. Para aquellos que ganen más de cuatro salarios mínimos, la cotización al pilar complementario será en la proporción sobre ese límite.

El problema radica en el funcionamiento deficitario del esquema público de pensiones y su idea del reparto simple sin ahorro basado en gasto corriente. Traducido a las finanzas hogareñas: “por cada peso que entra que salen dos”. Mucho hemos insistido los entusiastas del tema pensional, incluso antes de este gobierno, en reconocer las deficiencias estructurales del sistema colombiano de pensiones sobre la necesidad de un cambio a la luz de los datos, los cálculos actuariales y la realidad económica; pero lastimosamente en la época de la neoinquisición, como lo llamaría Axel Kaiser, la ideología y la empatía parecen tener más fuerza que los hechos.

Mucho se habla de los cambios en valor presente, pero poco se discute de los futuros efectos y, menos aún, de los periodos de transición pensional que suelen ser traumáticos y esa enseñanza me la dejaron mis abuelos cuando mencionaban con rabia la trágica historia del seguro social (ISS). Acá hago un punto y aparte, e invito a los más jóvenes a preguntar sobre el porqué del fin del seguro social en Colombia.

Dentro de los efectos que más me preocupan – como buen financiero – es el tema de la confianza inversionista y su reflejo en variables como el dólar, la tasa de interés y la inflación, pues muchos desconocen que es gracias a los recursos de esos 18 millones de colombianos administrados por los fondos de pensiones privados (AFP) que el estado tiene un prestamista interno casi que constante. Históricamente los fondos son tenedores de entre el 25% y 30% de los títulos de deuda con los cuales se financia el estado colombiano y, por supuesto, financia -y refinancia- el presupuesto incontables ocasiones. 

Igual de ignorado es que gracias a la existencia de esos títulos de deuda personas como ustedes o como yo podemos buscar financiación hipotecaria de mediano plazo para nuestro sueño de vivienda, pues mientras más desarrollado sea el mercado de deuda más capacidad tendrá la banca tradicional de gestionar los riesgos de financiar personas y empresas productivas a diferentes plazos.

Es nutrida la evidencia empírica que nos ha dejado las últimas dos décadas nuestros vecinos regionales, un buen ejemplo a citar puede ser Argentina con la nacionalización de los fondos pensionales y el control total por parte del estado bajo el estandarte “del gobierno del pueblo”. Nunca esta demás invitar a los más jóvenes lectores a mirar cual es la realidad actual de los pensionados argentinos.

No puedo dejar de mencionar que un golpe directo a las AFP es un golpe directo a las tasas de interés, a la confianza inversionista y, posiblemente, al dólar. En ese sentido nuevamente la víctima es el más pobre, el que no tiene como protegerse de los embates inclementes de la inflación que acusa a la panela, al azúcar e incluso al pan común, de ser nocivos para la salud, cuando en la realidad colombiana la dieta no se ajusta al deseo intrínseco de nutrirse, sino a una simple restricción presupuestaria.

Para finalizar, escribo esta columna con el más fervoroso deseo de estar equivocado y que mis pensamientos -algo paranoicos- no sean más que miedos infundados por la larga evidencia empírica que gravita al tema pensional; en caso contrario, sin decir un “se los dije”, serán las palabras de alguien que por lo menos puede decir “lo intenté”.

 

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