Opiniónoctubre 26, 2021hace 3 meses

Cuando el dolor es ajeno, todo es “tirado”

Parece que a alguna porción del país no le gusta nada y no le sirve nada simplemente porque se dedicaron a no hacer nada y quieren vivir de eso.

Agarran en el país a semejante 'joya', a la que se le atribuyen los más atroces excesos de la eterna violencia a la que pareciera que estamos condenados y algunos se dedican a criticar si fue un regalo, la cara de Jesús en una nube, si las botas son de diseñador, o si el delincuente que debiera estar ahí es otro.

Todo con las vísceras, a lo que marque, sin pudor alguno, metiendo al que toque en la misma bolsa con los otros, como fichas que se usan para mover la balanza de la indignación en momentos coyunturales de una campaña política en donde el diablo es feliz comprando almas con el taxímetro encendido.
 
Dicen que los colombianos olvidamos fácil, y de qué manera lo hacen sentir. Ya nadie habla de lo que indigna, cada día trae su Anatolio, su Quintero atacando a la prensa y pintando el organigrama público como un árbol genealógico o una fiesta de fin de año. 

Ya se nos olvidaron las 70 mil millones de razones que tuvo la exministra para salir del país; las garantías de vivir en una Colombia sin ley de garantías; cosas que deberían indignarnos a todos, sin banderas políticas, sin politizar la indignación, pero no, acá lo importante es salir a decir algo por decirlo, mortificar al otro, inventarnos tendencias para sumar.
 
La única paja que vemos en el ojo ajeno es la que nos inventamos para aplaudir todo lo que haga el que nos gusta, sin criterio, sin un segundo de reflexión, y cuando hacen algo escandaloso, guardamos prudente silencio e impulsamos otros temas que embolaten el percance. A este paso señores, y si seguimos cayendo en esas formas vamos a pasar de un Congreso perverso, a un Congreso perverso pero lleno de Hashtags en vez de leyes.
 
Es una vergüenza cómo expiden las leyes en ese recinto, y peor aún las leyes que expiden, las artimañas que se inventan para las votaciones, los que no tienen ni la más remota idea de cómo votar y los que sin vergüenza y abiertamente indican cómo deben hacerlo. 

Pero ¿eso apareció ahí de la nada?, ¿nos despertamos y de un momento a otro estaba ahí para quitarnos la responsabilidad mayúscula de haberle dado trabajo a semejantes campeones?  
 
Amigos. Todo está patas arriba, pero la culpa no es de los otros. Ya va siendo hora que con los pantaloncitos bien puestos, o las faldas, asumamos la responsabilidad total de cada acto vergonzoso que pasa en Colombia. 

No es solamente el patético baile de Oscar Iván, la foto triste de la esperanza en Transmilenio o la P de Peligrosísimo en la arena de cualquier playa. Claro que eso es para comentarlo, aprovechar la sátira, el humor y hasta la tendencia electoral. 

Pero no nos quedemos en eso, vamos más allá del simple hecho. Así no votemos por ellos, así les tengamos amor o miedo, cada acto que hagan repercute en nosotros, en TODOS. Hay que despolitizar la indignación y exigir sin clemencia alguna que los dirigentes rindan cuentas, se sientan vigilados y, sobre todo, cumplan cada cosa que dicen en la prosa isabelina de sus campañas magníficas, que terminan siendo la cloaca macabra de la poca vergüenza y la inmediatez.
 
Nada está bien, nadie está bien, nadie tiene la verdad revelada, todos, humanos por excelencia tienen una agenda propia cuando se apagan los micrófonos y las cámaras. 

Por favor, por primera vez en nuestra historia, exijámosles, indignémonos sin política, con humanidad, con sentido común, basta ya de bolsas de basura con plata en efectivo, basta ya de mentirosas fotos políticas de vainas que no hacen en la cotidianidad, y basta de volarse del país cada que la embarran 70 mil millones de veces.

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