Opiniónmarzo 16, 2021hace 10 meses

¿En qué estamos pensando? | Por: Andrés F. Hoyos

Se saltan el turno, se vacunan y se toman la foto. Se imaginan ¿cuántos ya lo habrán hecho sin publicarlo en sus redes?

Por: Andrés F. Hoyos E.*
@donandreshoyos en Twitter

 En Colombia ya nada sorprende. Cada noticia es más aterradora que la anterior y cada desagravio público de cualquier embarrada, le pone más sal a una herida que medianamente sana cuando nos embolatamos con una serie, una novela, o un partido de fútbol.

 ¿En qué estamos pensando? ¿Por qué nos hemos vuelto tan tolerantes frente a excesos imperdonables que pasan cada minuto en este país en el que no pasa nunca nada? 

Bombardean a niños y les inyectan aire a los ancianos, amenazan a periodistas y llaman “máquinas de guerra” a infantes de 10 años que el mismo Estado debería estar educando para que no se conviertan en un futuro próximo en ejemplos de la desesperanza y la absurda guerra a la que nos tienen acostumbrados. 

Mueren policías por el incremento en la inseguridad mientras tejen cortinas de humo xenofóbicas para desviar responsabilidades y apelar a que todo es “percepción”. Poniendo a hablar a la opinión pública de otras cosas y desviando la atención hacía un problema comodín que ya ejercen todos los gobernantes cuando no tienen más que decir. Pareciera que el problema fuera la nacionalidad del delincuente y no que nadie está haciendo su trabajo para controlar la real ola de violencia y los robos en las ciudades. Especialmente en Bogotá.

Y es que son acciones predecibles y calcadas. Benedetti ya duró los  dos minutos que iba a durar en el petrismo. Salió espantado antes que lo vacunaran, como el resto de colombianos que estamos a la expectativa si nos toca la Sputnik, la de aire o la de moringa, ¡pero que nos toque!

Abro paréntesis, hablando en serio y sin llorar, ¿ustedes han visto que todo el que se le arrima a Petro sale espantado?

En Estados Unidos ya están poniendo más de 2 millones de dosis diarias de la vacuna, mientras que acá vemos cómo disminuimos el distanciamiento para retomar el pico oficinero, criticado ancestralmente al igual que “padres e hijos”, pero ahí caemos todos voleando cachete, más felices que nuestra politóloga vacunada, apadrinada en el clásico “usted no sabe quién soy yo” de nuestro himno nacional.  

Se saltan el turno, se vacunan y se toman la foto. Se imaginan ¿cuántos ya lo habrán hecho sin publicarlo en sus redes?

¿En qué estamos pensando? ¿Por qué nos hemos convertido en los idiotas útiles para heredar peleas y defensas de otros, sin duda más falsos que la puesta en escena de dos adolescentes furiosos porque les tocaba trabajar por allá de quinta línea del futuro rey de Inglaterra? 

Nos estamos desgastando como sociedad en Twitter, viendo cómo justificamos las embarradas que ni siquiera nosotros mismos hemos cometido. Es que ahí es donde está el problema, el fanatismo se ha convertido en el nuevo “pecios por DM” del contenido social que nos ofrece el minuto a minuto de nuestros gobernantes, acostumbrados a estar allá prometiendo pendejadas que nunca van a cumplir ni en campaña ni en ejercicio. Y nosotros ahí, con el teclado listo para salir a aplaudir cada torpeza que dicen. 

Tenemos que creernos el cuento de una sociedad patrona de esta gente, que exige con justificación, que vigila sin libretos y que acompaña los aciertos que, por lo general, son más pocos, que los trinos, excesos y despropósitos a los que ya nos tienen acostumbrados.

¡Por favor despertemos! Se viene el 2022 y se están babeando porque nos peleemos.

 

*Comunicador social y periodista. Asesor de comunicaciones estratégicas y columnista

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