Opiniónoctubre 20, 2021hace 3 meses

Los totalitarios

En Colombia, como en América Latina, estamos empezando a ver un riesgo de personalidades totalitarias que tienen avidez de poder con las promesas engañosas.

Santiago ÁngelFoto: Noticias RCN

Por Santiago Ángel
@santiagoangelp

En uno de sus libros sobre filosofía política, Hannah Arendt explica de forma muy pertinente las diferencias técnicas y estructurales entre los regímenes autoritarios, totalitarios y tiránicos. Para esto utiliza metáforas que logran mejor la pedagogía. 

Los regímenes autoritarios, dice Arendt, se parecen a una pirámide en donde siempre hay un poder supremo que emana de un actor exterior. Este puede ser Dios, el pasado u otro actor asumido con el que se justifican las decisiones. Pero que en todo caso siempre depende del poder superior en la parte alta de la pirámide. Los regímenes tiránicos son un “yo contra todos”. 

Es el gobierno de uno, un lobo vestido de hombre. Y aquí aplica entonces la misma pirámide, pero con los bases y los vértices rotos, en donde el superior está levitando sobre los demás para cumplir sus designios. 

Finalmente, Arendt dice que los regímenes totalitarios son como el casco de una cebolla recubierto por varias capas en donde el jefe gobernante se encuentra adentro en el centro de un espacio vacío. 

La magia del régimen totalitario es que todo parece engranado tan sincrónicamente que da la apariencia de normalidad. Aquí la opresión, a diferencia de la tiranía y el autoritarismo, se realiza desde adentro y no desde arriba o desde afuera. 

En estas tres formas de gobierno, que se basan en un exceso de la autoridad corrompida, lo que está en riesgo es la libertad. En Colombia, como en América Latina, estamos empezando a ver un riesgo de personalidades totalitarias que lamentablemente tienen avidez de poder con las promesas engañosas de la transformación de la política tradicional. 

Las peleas con EPM sobre Hidroituango que solo perjudican a todos los ciudadanos y la decidida campaña de Marketing del Magdalena para asumirse como héroes incuestionables, son en realidad retratos de experimentos totalitarios. Una vez en el Estado buscan cooptar las instituciones para engranar a todas las capas del casco de cebolla y dar una apariencia de normalidad. 

Es normal, luego, perseguir a la oposición política en organismos como las asambleas departamentales o los concejos. Es normal, luego, direccionar los canales públicos para el beneficio propio censurando y cancelando cualquier noción de libertad de prensa y de expresión. 

Es normal, luego, mentir y manipular a la opinión pública con señalamientos puntuales sin pruebas y sin sustento jurídico. Es normal, luego, entregar contratos y cargos a familiares, amigos y cercanos en las instituciones que son de todos. Es normal, luego, utilizar recursos públicos para satisfacer el narcisismo con tendencias en redes sociales y publicaciones pagas en páginas web. Y es normal, luego, limitar la libertad. 

A esos gobernantes totalitarios que tienen apariencia de jóvenes transformadores de lo tradicional hay que temerles y ponerlos en cintura. La permanente controversia que tiene el alcalde de Medellín, Daniel Quintero, con concejales, políticos y ciudadanos que en democracia le hacen oposición, empresarios y otros líderes de lo público son una alerta temprana de lo que haría un gobernante que se enfrenta a todos quienes no son él con un poco más de poder y con la jefatura sobre las fuerzas militares. Nayib Bukele es un buen ejemplo en El Salvador. 

Lo mismo ocurre con el gobernador de Magdalena, Carlos Caicedo. Su persecución a todos los opositores desde el poder, su intolerancia radical a los cuestionamientos de la prensa y el uso de recursos públicos para el narcisismo son alertas de lo que podría significar un poco más de poder en su carrera. 

En este caso también se victimizan y se muestran como únicas opciones posibles para luchar contra la corrupción, los males del establecimiento, la élite y los políticos tradicionales. Así, poco a poco, utilizan todas las capas de la cebolla para aceitar su poder y deteriorar la libertad y la democracia. Lo público. 

Y esto sin dejar de decir que en los gobiernos de derecha también hay totalitarismos. Las instituciones de control todas cercanas al presidente y la ausencia de aceptación de responsabilidad en los excesos de la Policía dan cuenta de esos rasgos en el gobierno actual.

No hace falta ser un político tradicional asentado en una poltrona moviendo los hilos de un partido para ser un totalitario. Tampoco hace falta estar en el poder o en el establishment durante muchos años. Lo que hace falta es ansiedad de poder y rencor.

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