Opiniónjulio 27, 2022hace 20 días

Que nos duelan por igual

La tristeza por la muerte de los hombres dedicados a servirnos se agranda cuando uno comprueba que no les duele a todos por igual. Por lo menos así parece.

Gustavo NietoFoto: NoticiasRCN.com

En las últimas semanas han sido asesinados en diferentes regiones del país al menos 28 policías, víctimas de un infame “plan pistola” ordenado, entre otros grupos criminales, por el Clan del Golfo y las disidencias de las Farc. Semejante agresión deja, además del dolor por esas vidas, una indignación infinita.

El patrullero Sergio Orlando Vergara tenía 43 años, llevaba 17 en la Policía y portaba en su uniforme siete condecoraciones como reconocimiento a su servicio, pero lo que más lo enorgullecía era ser el papá de una niña de 11 años. Era el motivo de todo su amor y también de su sacrificio. 

Vergara estaba asignado a una misión de reconocimiento en el sector de Cañasgordas en la vía que comunica a Medellín con Urabá. El sábado 16 de junio en la madrugada él y sus compañeros montaron un puesto de control, pocos minutos después una explosión nubló todo, cuando se disipó el humo provocado por la carga explosiva, el cuerpo yacía sobre el pavimento.

Apenas unas horas después en otro sector de Antioquia, en el corregimiento de San Félix, cerca de Bello, los patrulleros Giovanny Alcalá y Andrés Andrade se reportaron para prestar vigilancia. Los asesinos en moto les lanzaron una granada y después les dispararon hasta confirmar que habían muerto. Tenían 38 y 25 años respectivamente.

El general Fernando Murillo, director de la Dijín, ha denunciado claramente la perversa estrategia de los grupos criminales contra nuestros policías. Dice que la vida de un uniformado vale 5 millones de pesos, y teme que esta nueva batalla de la fuerza pública apenas comience. 

En lo que va del año se reporta el asesinato de al menos 28 en medio de este oscuro plan diseñado, hace años por Pablo Escobar, y hoy lamentablemente "recuperado" por las peores mentes criminales del país. Pero la tristeza por la muerte de estos hombres dedicados a servirnos se agranda cuando uno comprueba que no les duele a todos por igual. Por lo menos así parece.

La ofensiva de los asesinos deja muertos todos los días, incluso al momento de escribir esta columna se conoce de la muerte de un agente en Tuchín, Córdoba, ¿Su error? Patrullar las calles del pueblo para proteger a los vecinos mientras dormían. Otro caso conmueve, en Yarumal, la patrullera Luisa Fernanda Zuleta fue acribillada junto con su compañero de guardia. Tenía 27 años y era huérfana, a sus papás los asesinaron paramilitares, en su caso nunca se cerró el círculo de violencia; "¿Hasta cuándo?", dice su tía, la que la crío, mientras espera sus restos en Medicina Legal de Medellín.

Y así y todo se percibe tímida la solidaridad por la muerte de estos jóvenes. Por fin después de varias semanas de registrar asesinatos de policías, el Presidente electo publicó un trino lamentando la muerte de esos jóvenes, los mismos que seguramente integran los esquemas de seguridad de aquellos que ahora son congresistas o ministros designados, jóvenes que protegen el Capitolio para que en ese recinto, en gavilla, como desde el Twitter, tengan el "derecho" de insultar al Presidente de la República y desentonen canciones refritas de series españolas de Netflix como gran símbolo del "nuevo país". 

Esos jóvenes de uniforme, tan jóvenes como los asesinados en los falsos positivos o los muertos en las protestas del año pasado, deberían importar por igual. Así como la bancada del gobierno electo expuso legítimamente fotografías de líderes sociales e indígenas asesinados, los rostros de nuestros policías pudieron hacer parte de la protesta, la validaría aún más, para que no pareciera que unos muertos son más importantes que otros y demostrar que es honesta la tesis del gobierno de la vida.

Sí, hay militares responsables de asesinar a miles de jóvenes para hacerlos pasar por guerrilleros, pero eso no quiere decir que todos los militares son criminales; sí, hay agentes del Esmad responsables de la muerte de manifestantes, pero eso no quiere decir que toda la Policía es asesina, como tampoco, por cuenta de los delincuentes de la denominada "primera línea", se puede descalificar la protesta legítima que protagonizaron miles en los paros del año pasado.  Da la sensación de que algunos quisieran que los policías hicieran parte de una injusta lista de actividades consideradas casi enemigas de la sociedad. 

Que quieran reformar la institución, perfecto, que la descalifiquen, no. Esos fundamentalismos nunca han traído cosas buenas para las sociedades. O sino miren Venezuela, Nicaragua, Cuba o si vamos más lejos el Afganistán de los talibanes. 

"La Policía es criminal" dijo por los días del paro el recién nombrado ministro de Defensa Iván Velásquez. Seguro hay policías criminales como hay criminales en todas partes, en la política, por ejemplo, pero eso no quiere decir que se fabrique una narrativa en la que sea mejor ser guerrillero o sicario del Clan del Golfo que general de la República. 

Al momento de terminar estas líneas se cocina un "acuerdo total de paz" que obviamente traería beneficios judiciales para quienes delinquen, así sean bandas de mafiosos como el Clan del Golfo que mientras tanto arrecia "el plan pistola" y más allá de las buenas intenciones de una paz generalizada, parece que dentro de la nueva "estética" del cambio la palabra solidaridad con una institución, que se la merece, está refundida, eso señores, también debería ser parte de la "magnanimidad" que debe tener el nuevo gobierno.

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