Opiniónoctubre 03, 2022hace 2 meses

Tan distintos, tan iguales

Estamos a un paso de otra y después otra y otra agresión, hasta que simplemente no podamos convivir.

Gustavo NietoGustavo Nieto, subdirector de Noticias RCN. Foto: NoticiasRCN.com

Con el intento de un grupo de mujeres encapuchadas de quemar la Catedral Primada queda claro, aunque se resistan a creerlo, que los extremos al fin y al cabo son iguales.

La noche del 28 de septiembre el país se vio obligado a observar uno de los más intolerantes hechos que conozca su maltratada historia. Un grupo de mujeres enfurecidas intentó quemar el símbolo por excelencia de la fe católica. Mas allá de la fe que represente, cualquiera que haya sido el objetivo, es imposible no sentir temor. Temor porque ya nos notificaron cómo resuelven sus diferencias. Temor porque no deja uno de pensar quién será el siguiente, ¿Serán los templos cristianos? ¿O las sedes de los partidos políticos que las contradicen? ¿O las sinagogas que por allá en los años 30 en Alemania también fueron blanco de los ataques? Como en los peores episodios de la humanidad, aquí empezamos a observar cómo se repiten agresiones basadas en un profundo odio, que solo empiezan a llamar la atención de la opinión pública cuando son inevitables. 

Y a pesar de que ya vivimos las atrocidades de guerrilleros, paramilitares y narcos, horroriza cuando comprobamos que la intolerancia, el racismo y el odio no se han ido. De nuevo la palabra es reemplazada peligrosamente por estas tres infamias que se acomodan entre nosotros y surgen a través de señoras que, por ejemplo, comparan a los negros con micos, "creativos" twitteros que, por su aspecto físico, le dicen cerdo a un presidente y así sucesivamente en una interminable serie de violencia verbal que nos comprueba lo mal que estamos y lo mucho que nos falta para salir de la oscuridad.

Esa semilla de intolerancia crece y se va reflejando en grupos que se esconden detrás de tenebrosas capuchas, al mejor estilo del Ku Klux Klan, para agredir, amenazar y destruir sin contemplación todo lo que se les atraviesa en el camino.

Y es que no nos olvidamos del joven motociclista que murió degollado por cuenta de sus "técnicas de protesta". Encerraron a 15 policías en un CAI y les prendieron fuego, solo por mencionar algunos de sus actos violentos. 

Una narrativa de terror que solo busca provocar miedo como en otras épocas, en otros lugares del mundo. Y nos asustamos aún más cuando varias mujeres encapuchadas intentan incendiar un templo católico.  Con una arrogancia detestable, escudadas en una agresividad incomprensible y ante la pasividad de todos, intentaron una y otra vez quemar el lugar, al mismo tiempo que pintoreteaban las paredes con frases tan grotescas como amenazantes.     

Y ocurre a tan solo unos metros de otro templo, el de la democracia, donde reposa la voluntad popular expresada en las urnas y depositada sobre los hombros de otros ciudadanos encargados de defenderla hasta la muerte. La mayor expresión de civilidad que una sociedad pueda tener.  Pero desde esa esquina, desde el Congreso, no hubo un solo reproche. Aunque este templo también haya sido blanco de los fanáticos, no hace mucho tiempo. 

Estamos a un paso de otra y después otra y otra agresión, hasta que simplemente no podamos convivir. 
Y parece que estamos solos, porque más allá del rechazo en redes o algunas voces en la radio, estos niveles de violencia parecen normalizarse en nuestro entorno y sus dimensiones son incalculables. Basta mirar lo que la humanidad ha padecido por cuenta del fanatismo. Lo más peligroso del fanatismo es que se camufla muy bien, porque está insertado en la derecha y la izquierda con la misma fuerza y al final del día todos terminan siendo iguales. Igual de intolerantes, tan radicales los unos, como los otros.   

Aquí nadie tiene la verdad revelada, esa supuesta superioridad moral e intelectual de la que presumen algunos es solo el pretexto para agredir al contradictor. 

Aplican las mismas tácticas que sus enemigos, lo que paradójicamente los hace idénticos y, para tristeza de todos, se convierten en los arquitectos de una sociedad vacía, asustada y vengativa. 

Por si no se han enterado en eso llevamos desde que nos conquistaron los españoles y ya va siendo hora de construir otro presente y diseñar otro futuro. 

¡Cuidado! Solo de nosotros depende librarnos de un país en el que alguien nos diga en qué creer, qué comer, qué leer, qué opinar. Nada más lejano de la democracia y nada más cercano a la oscuridad del fanatismo.   

 

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