Opiniónnoviembre 30, 2023hace 3 meses

Las caras de la guerra

Escribo desde Bogotá después de salir de la guerra entre Israel y Hamas. Sigo sin poder aterrizar la tragedia que se vive, ni despedirme de mis amigos.

Las caras de la guerraMaría Jaramillo Ortega - Foto: Noticias RCN

Escribo estas palabras desde Bogotá después de salir de la guerra entre Israel y Hamas. Sigo sin poder aterrizar la tragedia que se vive, ni despedirme de mis amigos o de terminar mis estudios como lo había planeado. Soy colombiana y el año pasado tomé la decisión de renunciar a mi trabajo e ir a estudiar una maestría de Manejo de conflictos y paz en Haifa, una ciudad en el norte de Israel que se caracteriza por tener unos de los más altos niveles de coexistencia en su sociedad.

El conflicto palestino-israelí tiene muchísimas complejidades, variables y aristas difícil de entender para una cultura como la colombiana. Es una realidad lejana, aún teniendo en cuenta que nuestra sociedad enfrenta uno de los conflictos internos más largos de la historia.

Es increíble ver que la guerra reventó y paradójicamente amanecimos con una cantidad exorbitante de colombianos expertos en las complejidades del Medio Oriente. Leer comentarios sin argumentos y juicios de valor sin fundamento es una maña que cada día se vuelve más dolorosa en Colombia, en donde las redes sociales se convierten en otro campo de batalla.

Lejos de ser experta en el conflicto árabe-israelí, hoy pretendo compartir algunos de mis aprendizajes y vivencias en mi paso por ese lado del mundo. Es paradójico salir de un país tan violento como Colombia, a otro con una violencia diferente pero con unas dinámicas del conflicto interesantes, para quienes buscamos estar en este campo, y vernos inmersos en una guerra en un abrir y cerrar de ojos.

En una universidad israelí se normaliza entrar al salón de clase y encontrarse con estudiantes que están prestando el servicio militar obligatorio. Mientras cambiamos de salón, ellos recogían sus fusiles, y yo entraba con mi tinto y dejaba mi cuaderno. 

No me cabe la menor duda que estos estudiantes hoy en día están en las filas militares de defensa. 

Por ser colombiana he normalizado muchos tipos de violencia e inseguridades que padecemos a diario. Sin embargo, durante este tiempo de mi vida empecé a normalizar otras dinámicas: caminar por un barrio con personas judías ultra-ortodoxas de familias extensas y atuendos característicos, y pasar a un barrio árabe-musulmán también con vestimentas religiosas y de fondo los cantos que marcan la hora de uno de los cinco momentos del día destinados a rezar. Es común también convivir con personas árabes-cristianas y entender ciertas dinámicas identitarias en donde por ejemplo, su lengua materna es el árabe pero al vivir en Israel se vuelve imprescindible hablar hebreo para desenvolverse adecuadamente en el día.

Hace unas semanas una amiga que sigue padeciendo la guerra me hizo una pregunta de esas que uno quisiera no tener que plantearse, pero que a ella, al igual que a mí, nos quitaba el sueño: “Entonces, ¿qué hacer? ¿Continuar la vida como si nada pasara? No quiero parar de ver redes sociales, no quiero parar de hablar porque ellos lo siguen padeciendo. Ese es el dilema. Quiero vivir la vida, pero tampoco quiero vivir como si nada estuviera pasando”.

Esto me dijo en medio de la impotencia que genera el hecho de querer hacer algo para detener toda la tragedia, al menos desde el lugar que le corresponde, y al mismo tiempo verse envuelta por variables políticas, económicas e identitarias que no puede controlar. En Colombia cada vez ganamos más cancha en esto, pero qué difícil es hablar de metodologías de paz y pedagogías de memoria en medio de un panorama tan nublado.

La identidad que cada individuo guarda es el reflejo de muchos años de historia. Hoy esta identidad se desborda con una guerra que cada día duele más, y que el mundo tiende a normalizar. Al final hablamos de niños que quedan huérfanos, padres y madres que deben volver a empezar con el desgarrador sufrimiento que debe ser perder a un hijo, niños que jamás volverán a jugar con sus hermanos, primos o amigos, médicos que no volverán a sus casas, periodistas que no volverán a cubrir la tragedia.

Psicóloga y máster en Manejo de Conflictos y Paz.

por:María Jaramillo Ortega

María Jaramillo Ortega

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