Gobierno en paréntesis

De tantas opiniones preocupa que esta vez la Constituyente no signifique el resultado de un gran consenso fruto de intereses comunes.


Gustavo Nieto

Gustavo Nieto

marzo 23 de 2024
09:00 a. m.
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Apenas han pasado cinco días desde que el presidente Petro lanzó su sorpresiva propuesta de una Constituyente para, según él, salvar el "cambio".

Han sido cinco días de reacciones, discusiones, hipótesis, aplausos y rechazos, (más rechazos que aplausos la verdad), en este país que como si no fuera suficiente ahora lo quieren embarcar en semejante aventura.

De tantas opiniones preocupa que esta vez la Constituyente no signifique el resultado de un gran consenso fruto de intereses comunes, sino por el contrario se quiera usar como arma para supuestamente vencer a unos, en favor de otros como bien lo dijo el senador Humberto de la Calle. Además, con tanta improvisación se convierte en una caja de pandora que es mejor no abrir como prudentemente lo señaló el senador Ariel Ávila. Pero más allá de la inconveniencia de la propuesta es inevitable la sensación de incertidumbre que ronda por todas partes y que no le hace bien a nadie.

Apenas escribo estas líneas y Petro cumple una semana en Córdoba en evidente campaña; discursos van, discursos vienen y el tono sube cada vez más, muy apto para la tribuna, pero poco consecuente con lo que requiere el país. Frases pugnaces, sarcasmo por doquier, mucho diagnóstico superficial y, aparentemente, poco interés por gobernar.    

El relato del bloqueo a sus propuestas y de las élites que se resisten al cambio parece ser más fácil de vender que asumir el reto de cumplir lo prometido. 

Pero miren, el Congreso al que tanto descalifica le aprobó el Presupuesto General de la Nación, el Plan Nacional de Desarrollo y la reforma tributaria, herramientas clave para echar andar cualquier programa de gobierno.

El sistema electoral que ataca es el mismo que le permitió ser congresista por décadas, alcalde de Bogotá y ahora presidente de la República.

Los pesos y contrapesos han garantizado el equilibrio de poderes, derechos y libertades como, por ejemplo, protestar en las calles al punto de bloquear un Gobierno.   

La Corte Suprema que hostigó finalmente eligió fiscal y sin ambages sentó un precedente de institucionalidad. 

El problema no está en la Constitución, así lo entiende una inmensa mayoría que reclama estabilidad y un sano ejercicio del poder, pero a pesar de esto el Ejecutivo se embarca en una campaña anticipada y deja de lado asuntos que deberían estar entre sus prioridades.

Para empezar, podría tratar de conciliar en aquellos temas en los que pueda haber desacuerdos o trazar estrategias para frenar el crecimiento de grupos ilegales en zonas en donde se creían acabados; indignarse frente a la corrupción en entidades como la Unidad de Gestión de Riesgo o atender la dramática escasez de medicamentos o revisar el aval fiscal para la reforma a la salud. Qué tal si indagara por la casi nula ejecución presupuestal en varios ministerios, en cambio cuando el país en ascuas esperaba algún pronunciamiento que le diera claridad a su idea de una Constituyente apareció en cadena nacional, pero para hablar del metro de la capital, una obsesión que solo se compara con la de impedir la licitación de los pasaportes a pesar de las multimillonarias demandas que se vienen. 

Mientras tanto el país como en paréntesis, una pausa obligada que solo significa incertidumbre.

Y en ese paréntesis quedan varios asuntos en el tintero; ¿en qué paró lo de la reunión secreta con su supuesta “enemiga” la entonces fiscal (e) Mancera?, ¿cómo van los juegos Intercolegiados prometidos a cambio de perder la sede de los Panamericanos?, ¿será que habrá recursos para terminar varios proyectos viales en Antioquia y otras regiones? y ¿qué se sabe de planes para erradicar la desnutrición infantil?, ¿por qué importar gas de Venezuela mientras se anuncia que no habrá más contratos de exploración aquí en el país? y a propósito de Venezuela la arremetida de Maduro contra sus opositores, ¿no debería estremecer a quién se presenta como el más progresista de los demócratas?

Nada parece interesar más que embarcarnos en una inoportuna e improvisada campaña a la que muy pocos le quieren seguir el paso. El ciudadano, ese al que tanto se refiere el jefe del Estado, quiere soluciones reales a problemas reales y no está crispación venida del atril presidencial que parece ponernos a punto de estallar.       

No es acaso esta una oportunidad de lujo para el primer gobierno de izquierda en la historia de ir a fondo para resolver temas en los que, no hay la menor duda, todos estamos de acuerdo. Al parecer, el camino que escogió quien lo preside es el menos eficaz y el más populista, gran riesgo, no solo para él, por desgracia también para sus gobernados que estamos en paréntesis y con posibilidades muy reales de pasar a puntos suspensivos.

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