Un infierno en la tierra

Ningún gobernante, ningún ciudadano común y corriente, nadie puede ser ajeno a lo que padecen quienes, por la razón que sea, cayeron en estas profundidades.


Gustavo Nieto
mayo 25 de 2024
10:44 a. m.
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El paisaje urbano de Bogotá tiene distintos rostros. Como en todas las ciudades hay zonas rosas, barrios de estratos altos, otros no tanto, centros comerciales, avenidas, puentes, mercados, parques y rascacielos que nos hacen creer que vivimos en una metrópoli como las de otros continentes. Pero cada ciudad tiene un pedacito de piel que es la que realmente revela su ADN, la esencia que la define y la hace única.

En este caso, en mi opinión, es el centro, no solo donde nació, sino donde trascurre la vida como solo allí puede transcurrir. A pesar de los años, las revueltas y el abandono, subsisten los cafecitos, los puestos de empanadas, los salones de onces con tamal y chocolate, los pasajes llenos de anticuarios y ropa barata, los rumbeaderos y hasta algunos teatros donde exhiben películas mexicanas. El centro sobrevive con todo y su deterioro; su arquitectura, ensuciada por miles de avisos y grafitis, rememora esos años dorados.

Cuando se mira el paisaje del barrio Santa Fe o Los Mártires a través de la ventana de un Transmilenio, es inevitable imaginar las épocas gloriosas de una zona que de a poco se pierde entre la miseria y el delito. Miseria y delito que se juntan detrás de las paredes de edificios derruidos en donde no hay Dios ni ley. Paredes que esconden una realidad aterradora que no queremos mirar, pero que se nos revela como un recordatorio de lo lejos que estamos de ser una sociedad justa.

Detrás de esas paredes se resume la pesadilla de miles que por alguna razón terminaron más abajo de la última base de la pirámide de la sociedad. Los desposeídos de los desposeídos. Los más abandonados de los abandonados. Los reportajes del periodista Raúl Arévalo de Noticias RCN sobre los llamados "pagadiarios" descubren una pesadilla que todos sabemos que existe pero que nunca habíamos visto desde adentro y con el rostro de quienes la padecen.

Son personas que sobreviven cada día con lo que pueden y con un propósito: Conseguir 15 mil o 20 mil pesos para pagar una pieza y pasar la noche en un lugar que a veces puede ser peor que la calle. Inquilinatos en donde conviven las drogas y la prostitución; con mujeres cabeza de familia con varios hijos que tratan de apartarlos del vicio y los abusos.

Muchos ni siquiera tienen servicios públicos y si los hay los tienen que compartir con el riesgo de enfermedades que cobran vidas. La comunidad Emberá, víctima de estos mal llamados hospedajes, reporta la muerte de 22 niños en los últimos tres años. En pequeñas habitaciones sobreviven hasta 6 personas que en la mañana se echan a cuestas sus trastos y comienzan un nuevo día de rebusque que ojalá les permita conseguir para pagar la pieza.

Las autoridades distritales confirman que son al menos 12 mil personas que viven en estas terribles condiciones. Están identificados 1.100 pagadiarios repartidos en varias localidades. La lista de efectos colaterales relacionados con estos lugares es interminable. La Policía estima que al menos el 80 por ciento de estos inquilinatos están manejados por bandas criminales que los convierten en pequeños cuarteles desde donde se expenden drogas, licor adulterado y se controlan prostitución y la extorsiones. Al tiempo, los que no son delincuentes buscan sobrevivir a la pobreza y a los vecinos.

Desde el Distrito hay programas para asistir a estas personas, pero la dimensión del problema desborda cualquier política pública. En el albergue de La Rioja, que es gratuito, conviven 1.300 indígenas en un espacio con capacidad para 200.

Es imposible no confrontarse frente a las imágenes que nos revelan los reportajes de Arévalo. Son como un golpe de frente que nos obliga a reaccionar ante semejante injusticia.

Ningún gobernante, ningún ciudadano común y corriente, nadie puede ser ajeno a lo que padecen quienes, por la razón que sea, cayeron en estas profundidades. Mientras existan personas en estas condiciones de vida es imposible no confrontarse sobre lo mal que hemos hecho las cosas. Todos, aquí no hay derechas ni izquierdas, aquí no vale refugiarse en el pasado o pedir plazos para el futuro, frente a esta realidad no hay duda de que hemos sido indolentes.

No nos alcanzan las manos para contar los miles de millones de pesos que nos dicen se despilfarraron en corrupción en la Unidad Nacional de Gestión del Riesgo, más de 300 mil millones, según los principales implicados, mientras muchos se debaten entre la desesperanza y el rebusque.

Es de verdad inhumano lo que allí sucede y por lo mismo no puede ignorarse, lo más frustrante es que solo quedan preguntas. ¿Qué hacer? ¿Cómo ayudar?, francamente no tengo las respuestas, lo cierto es que esa realidad ya salió del anonimato y está detrás de las paredes que a veces ni observamos, de las ventanas tapadas con trapos, de las puertas oxidadas. Está ahí recordándonos que para muchos el infierno está en la tierra.

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