Opiniónnoviembre 15, 2021hace 21 días

Somoza: ¿el último dictador de Nicaragua?

Por hechos que suman en los últimos años, la respuesta evidente es no. Ortega se ha encargado de deslegitimar la revolución sandinista a límites vergonzosos.

Gustavo Nieto, subdirector de Noticias RCNFoto: NoticiasRCN.com/ Gustavo Nieto, subdirector de Noticias RCN

Las pasadas elecciones presidenciales en Nicaragua no pasan de ser un remedo de democracia. Siete candidatos apresados, periodistas y escritores detenidos o forzados a abandonar el país, son apenas un pálido reflejo de lo que pasa en ese país y nos recuerdan cómo está de lejos Ortega de ser un revolucionario y su gobierno de ser legítimo.

Cuando el 17 de julio de 1979 cayó el dictador Anastasio Somoza se vivió lo que los nicaragüenses llamaron "el día de la alegría", en esa fecha no solo terminaba una de las más terribles dictaduras latinoamericanas también llegaba al poder el Frente Sandinista de Liberación Nacional, considerado en ese momento el reflejo del inconformismo de millones de jóvenes y desamparados de distintos países de la región que, como 20 años atrás en Cuba, creían que era posible el sueño de la reivindicación de sus derechos y libertades.

De nuevo en las narices del imperio, un grupo de barbudos, derrocaban a un temible gobernante y de paso se burlaban del poder de la potencia. Pero como 20 años atrás en la Isla, el desencanto por los nuevos poderosos hizo carrera rápidamente. 

Fue cuestión de tiempo para entender que, al fin y al cabo, lo que venía en camino no era otra cosa que la misma arrogancia contra la que pelearon, acompañada de odio, fundamentalismo y mucho de ambición solo que, justificada con otras palabras, endulzada con otro tono, pero al final, toda la puesta en escena de otro "emperador” con pocas ganas de democracia.

Otra decepción que solo necesitó de tiempo para ser confirmada. Si bien es cierto la preocupación por la educación, la salud y el reparto de tierras marcó el inicio del gobierno sandinista, también es verdad que la aparición de los “contras" financiados por Estados Unidos y las dificultades económicas heredadas del gobierno de Somoza y la guerra para derrocarlo llevaron al traste las iniciativas sandinistas. Otra guerra se posó sobre Nicaragua y la economía se derrumbó. El sandinismo se atomizó, líderes naturales de ese movimiento murieron o simplemente se diluyeron en el tiempo, incluso algunos como Edén Pastora recurrieron de nuevo a las armas.

Solo una figura permanece, pasa de "apocado", como lo califican ex compañeros de lucha, a imbatible. Daniel Ortega se convierte en "el hombre fuerte” de Nicaragua, así es como ahora deciden llamar a los dictadores. Completa 15 años en el poder con la sombra inseparable de su esposa, Rosario Murillo, a quien, al mejor estilo del más descarado despotismo, nombró su vicepresidente y enfila baterías para su quinto periodo consecutivo.
 
De entrada, tanto tiempo en el poder, es poco democrático. Creo firmemente que la democracia, además de ser el reflejo de la voluntad de las mayorías, tiene como gran cualidad la posibilidad de la alternancia. Esto último es garantía de inclusión, equilibrio y sobre todo de que precisamente esas mayorías no terminen aniquilando a las minorías tan respetables como todos. Ortega se ha convertido tan radical y arrogante como el dictador que tumbó.  

En 2018 logró sacar adelante una ley que prohíbe las manifestaciones, se le llamó ley antiterrorismo, pero significó en su momento censurar medios de comunicación y reprimir brutalmente a los opositores. La OEA y la CIDH han condenado reiteradamente su gobierno, pero este año, como si nada, en medio de la campaña presidencial ordenó la captura de los más fuertes candidatos, casi todos lo superaban en las encuestas, incluida Cristiana Chamorro, hija de Pedro Joaquín Chamorro, el reconocido periodista asesinado por el régimen de Somoza en 1978 y Violeta Barrios, expresidente de Nicaragua y quien venció a Ortega en las elecciones de 1990. 

Curioso, que ahora sea el enemigo de Somoza quien continúe la persecución contra la familia Chamorro. Su antes amigo y exvicepresidente Sergio Ramírez, reconocida figura del sandinismo en los 70 y 80, también cayó en esta absurda persecución. El escritor está en el exilio, como hace décadas, cuando Somoza era el que mandaba. Triste paradoja, ¿verdad?  

No contento con encarcelar a los que piensan distinto no desaprovecha oportunidad para insultarlos, "hijos de perra" les dijo en un discurso hace pocos días. Vaya talante democrático. Por estos y muchos más atropellos, que de lejos superan el espacio de esta columna, el mundo, salvo contadas excepciones, rechaza lo que está ocurriendo en Nicaragua. Sin embargo, nada parece alterar la calma del dictador que orondo sigue celebrando el "triunfo" que logró frente a nadie y mientras tanto se repite una escena que lamentablemente se nos volvió habitual: Las familias de los presos políticos, como sucede con los de Venezuela, comienzan una penosa romería por el mundo pidiendo justicia, empezaremos a reconocer rostros y tragedias que antes ignorábamos.

Para vergüenza de Ortega se trata de una escena que él y sus amigos padecieron cuando fueron perseguidos sin piedad. Hoy, es él quien provoca el miedo y con los años terminó igualándose a su enemigo, utilizando sus mismas prácticas y ufanándose de su cuestionado poder. Tanto, que es imposible no preguntarse si de verdad fue Somoza el último dictador de Nicaragua.  

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