Opiniónnoviembre 09, 2021hace 3 meses

Hasta que el miedo se tomó a las ciudades

Los altos índices de inequidad ubican a Colombia como el segundo país más afectado por este flagelo en América Latina.

Según recientes cifras del informe del Banco Mundial, parecieran ser la horrible justificación para el padecimiento de la ciudadanía en todas las regiones del país, que, sin distinción alguna, han incrementado cruelmente las cifras de inseguridad, violencia y muerte en lo que va de la intermitente reactivación a la que todos deberíamos estarle apostando.
 
Y es que en todas las regiones, municipios y ciudades se ha despertado un sentimiento justificado y con pruebas de inseguridad, en la que los ciudadanos reportan diariamente robos más cinematográficos y elaborados que otros. 

Ya no son los injustificados casos del pasado en donde se evitaba pasar por algún lugar propenso al hampa, sino que, sin importar el día, la hora y el lugar, todos nos convertimos en un blanco propicio para estos criminales. 
 
Nunca antes había tenido tanto sentido el dicho popular: “Uno sabe a qué hora sale, pero no sabe si regrese”. El hampa cada vez actualiza más sus golpes cinematográficos, mientras nuestra justicia se engorda con cada paro, viendo inválida cómo suelta delincuentes.
 
Definitivamente no es algo de percepción cómo políticamente tiene que salir cada gobernante a justificar sus enormes desaciertos en este campo. En Bogotá por ejemplo se calculan 12,7 homicidios por cada 100 mil habitantes, y en lo que va de este año, hay más de 75 mil denuncias por hurto. 

Ya lo único seguro es que si se sale a trabajar se van a oír historias de gente a la que arrastran por robarle su cartera, de atracos masivos mientras se almuerza, de heridos con arma blanca antes de quitarle sus pertenencias; de robos en el transporte, a la entrada de la casa, en la misma casa. Ya no estamos seguros en ninguna parte y ninguna parte, por más cámaras, policías o aparente control, ofrece algo de tranquilidad para la ciudadanía.
 
En Medellín por ejemplo los robos se han convertido en una excusa política para llevar el atril gubernamental y hacer ruedas de prensa desde el lugar de los hechos, pero una vez ya pasó todo. Maquillando a lo que marque la inoperancia a su máximo nivel, ofreciendo una sensación de seguridad desde el desprestigio y las falsas estrategias para decir que “vamos bien”. 
 
Medellín, la ciudad resiliente, la que volcó su cruel y doloroso pasado, por la innovación, la educación y el desarrollo, hoy se ve reducida a un ring de gelatina y maquillaje en la que el alcalde gobierna en contra de la ciudadanía que no le aplaude sus pataletas. Mejor dicho, ¡ya hay que cuidarse por todas partes!
 
Y es que lo más delicado del asunto es que quien dice que las vainas van mal, además de vivir con el temor de salir a la calle sin saber si regresa a su casa completo, o peor aún, si regresa, ahora también tiene que preocuparse que el gobierno local no lo esté satanizando por no aplaudirle sus bravuconadas, como si el gobernante no trabajara para que la ciudad vaya bien, sino como el administrador de un edificio que le manda torta de día del hombre solo al que le cae bien o le gusta.
 
Ahora en esta época de elecciones es cuando más hay que exigirle al que nos guste. Ya está bien de ser ese comité de aplausos eterno que además de ridículo y hormonal, debería estar judicializado por complicidad en los desaciertos de estas personas que así las bodegas no lo crean, también se equivocan. 
 
Es necesario que nuestra justicia gorda, ciega, sorda y cómplice en muchos casos, se ponga a dieta, haga ejercicio y estudie para ver cómo judicializa a los hampones que tienen destruidas las ciudades y su seguridad, pero a la par, vigilen a los gobernantes como el de Cali y el de Medellín, que se dedicaron a trabajar para pocos, y el presupuesto que debería estar para el cuidado de todos los ciudadanos, se esté destinando a estrategias infantiles para mentirnos con que “vamos bien”.

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