En fila, esperando salir
¿Podrían estar así nuestras palabras?
02:00 p. m.
Están en fila, esperando salir. El peinado evidencia esmero en el arreglo; sus notas muestran que hubo ensayo previo. El coro refleja afinación; la batuta está en alto. Tic toc, sigue corriendo el reloj sin que llegue la orden.
También pueden estar apretujadas, desordenadas, sacudiendo los barrotes; hay una rendija, pero esperan a que abran el candado. Tic toc, sigue corriendo el reloj y las llaves cuelgan del cuello del cuidador.
A veces están escondidas, asomadas por la ventana, detrás de la cortina. Apagan las luces, andan en cuclillas. Tic toc, sigue corriendo el reloj en medio de las sombras.
¿Podrían estar así nuestras palabras? Acumuladas, no pronunciadas, apagadas, entusiastas, tímidas, dispersas, sin decir aquello que hará bien.
A las palabras que salvan hay que soltarlas, ponerles tutú y dejarlas danzar. A las palabras que refrescan hay que picarles hielito y servirlas en temporada de calor.
Ajustarlas como anillo en el dedo de la novia, estabilizarlas como las barras de la gimnasta, dejarlas brotar como campos de maíz, dejarlas florecer: elogiando, calmando, acariciando, honrando.
No dejemos sentadas las buenas palabras: deben participar de la sinfonía, recibir las llaves para salir, encender la luz para que no teman.
Aquellas que tanto daño hacen, hay que amarrarlas como a José Arcadio Buendía al árbol de castaño.
Tic toc, sigue corriendo el reloj. ¿Cuánto hemos dicho a favor de otros o de nosotros mismos?
En esto quedé hilando tras leer “Ahora y en la hora”, de Héctor Abad Faciolince, quien escribe: “Victoria, yo no soy digno de que entres en mi mente, pero una palabra tuya bastará para sanarme… las palabras previenen las desventuras”.
Tic toc, es hora de hablar.