En momentos de prisa y afán, la responsabilidad es la mejor opción.
Colombia no fracasa por falta de ideas, sino por impaciencia y malas prioridades.
06:57 p. m.
Enero suele arrancar con la misma escena: balances apresurados, promesas recicladas en un semestre electoral y un país que quiere volver a discutirlo todo. Hemos confundido la urgencia con la capacidad de gobernar y el ruido con la acción. Y tal vez ahí esté una de nuestras mayores fallas.
Pensar con prisa se nos está convirtiendo en una forma de avalar cualquier opción. No hablo de ideologías, sino de una manera de elegir que privilegia el próximo aplauso, el titular de mañana o el impacto inmediato, aun cuando sabemos que de esto las consecuencias llegarán después. A menos de dos meses, votar así es “cómodo”. Sí, permite reaccionar rápido, pero también impide construir soluciones a largo plazo. Y es que recordemos, un país no se construye en ocho semanas.
La realidad es que muchos madrugamos, trabajamos, pagamos impuestos y tratamos de sostener a los nuestros o de abrirnos camino. Y no, no estamos esperando grandes relatos. Estamos cansados. Cansados de que el esfuerzo no alcance, que todo se discuta a gritos y que las decisiones importantes se posterguen porque no les sirven a algunos políticamente. Colombia no está polarizada: está agotada.
Próximos a las elecciones de Congreso y Consultas, hay que decirlo sin rodeos: elegir no puede ser solamente mirar encuestas y seguir tendencias en redes sociales. Implica hacerse cargo. Entender que en cada discusión que abramos, de ahora en adelante, debe existir una expectativa básica de estabilidad, orden y futuro. Esa mayoría silenciosa, que no es nueva pero sí distinta, no quiere más peleas entre extremos, egos ni salvadores de turno, quiere soluciones que duren más que una campaña.
En ese contexto, la prisa es una mala consejera. Las decisiones improvisadas que tomemos en estos momentos, incluso próximos a un mundial, suelen ser populares al inicio, pero costosas después. Este cuatrienio dejó suficientes ejemplos: reformas mal diseñadas, políticas públicas sin financiación sostenible, anuncios que generan entusiasmo momentáneo y frustración duradera. Y es que la falta de resultados no proviene de una ausencia de ideas, sino de la incapacidad constante para convertirlas en realidad o sostenerlas en el tiempo.
Y es justo ahí donde el debate sobre el centro suele ser mal entendido, y muchas veces excluido. Durante distintas elecciones se le ha caricaturizado como tibio o indeciso, pero hoy su mayor característica es la responsabilidad con carácter: elegir resolver en lugar de gritar, sumar en vez de dividir por vanidades, priorizar el trabajar en equipo sobre la rentabilidad política inmediata, y asumir que gobernar implica tomar decisiones difíciles, incluso cuando no son aplaudidas al instante.
El centro no es un refugio para quienes hoy no quieren decidir; es una elección en sí misma. La de poner los datos por encima del impulso, la de ordenar antes que agitar, y la de pensar el desarrollo como un proceso y no como un eslogan. E infortunadamente, en un país adicto al aplauso inmediato, esa postura puede parecer poco emocionante… Pero pensémoslo, es, probablemente, la única sostenible.
En Colombia necesitamos recuperar algo elemental: la noción de prioridad. Seguridad que permita trabajar y vivir tranquilos, crecimiento que genere empleo formal, un Estado que convierta recursos en resultados, e instituciones que funcionen sin depender del humor político del momento. Nada de eso se logra con afán. Todo esto exige continuidad, disciplina y criterio.
Tal vez entonces, el verdadero dilema que tenemos tras comenzar este 2026 no es, por fin, “izquierda y derecha”, sino entre dos formas de hacer política: una que corre detrás del aplauso, los extremos y los egos, y otra que asume la responsabilidad de gobernar en equipo pensando más allá del corto plazo. Elegir la segunda puede no ser popular, pero sí es prioritaria.
Al final, Colombia no necesita viejas ideas brillantes que se abandonan rápido. Necesitamos poder tomar decisiones que resistan al paso del tiempo. Y eso implica, de una vez por todas, aprender a escoger la responsabilidad por encima de la prisa y el afán.