Autoexigencia: la jaula que normalizamos
Nos enseñaron a exigirnos tanto que ya no sabemos vivir sin culpa.
02:00 p. m.
Dejemos de exigirnos tanto todo el tiempo. Dejemos de buscar la perfección, dejemos de buscar aprobación ajena todo el tiempo. ¿Cuándo vamos a entender que, si buscamos complacer a todos menos a la persona más importante de nuestra vida, que somos nosotros, vamos a terminar enfermos, amargados, frustrados, cargando resentimientos, todo por buscar agradar y complacer a terceros? ¿Vale la pena entonces vivir con esa presión, muchas veces autoimpuesta, con esa exigencia?
Estuve buscando e investigando para que juntos aprendamos cómo funciona nuestra mente a nivel biológico, químico, psicológico y evolutivo. Muchas veces hemos escuchado a personas decir, cuando les preguntan en una entrevista de trabajo por defectos: “es que soy perfeccionista o muy exigente conmigo mismo”. Pero esto, lejos de ser un defecto, es más bien un mecanismo de supervivencia, biología, un poco de lo que hemos aprendido culturalmente y heridas emocionales.
Biológicamente, nuestro cerebro está hecho para sobrevivir, no para ser feliz. Nuestro cerebro está diseñado para identificar amenazas porque hacer eso aumenta nuestras probabilidades de vivir. En la antigüedad, detectar amenazas era clave para seguir con vida. El problema es que en la actualidad ya no tenemos que preocuparnos por bichos venenosos, por tigres dientes de sable, por enemigos que pueden matarnos mientras dormimos… ahora la autoexigencia es una forma moderna de supervivencia.
Supongamos que tu voz interna te dice: “Debo hacerlo mejor para no fallar. Si fallo, pierdo seguridad. Si pierdo seguridad, estoy en peligro”. Eso quiere decir que, biológicamente, ser exigente el cerebro lo interpreta como reducir el riesgo, el peligro, ya sea de ser rechazado, de ser juzgado, de ser despedido de tu trabajo, de ser tildado como mal amigo, mala pareja, mal padre o madre.
¿Qué parte de nuestro cuerpo es la encargada de detectar el peligro? La amígdala. La amígdala detecta el peligro, la amígdala es clave para reconocer emociones intensas, recordar experiencias emocionales fuertes (para evitar repetir algo que fue doloroso o buscar algo que nos dio placer). Cuando la amígdala detecta peligro o amenaza, activa una respuesta rápida: miedo, estrés, alerta, defensa, huida o incluso impulsividad. Es nuestra parte emocional, nuestra parte inconsciente.
Piensa que la amígdala es un sensor que detecta el peligro y siempre está prendido. Si la amígdala siente que algo puede hacerte daño (una presentación en tu trabajo, una exposición en tu universidad, una conversación incómoda con tu pareja, no hacer algo bien, que te equivoques, que falles), presiona el botón rojo, acelera tu corazón, te pone tenso, te hace reaccionar rápido y prepara tu cuerpo para huir, pelear o protegerte.
Ahora miremos qué pasa químicamente en nuestro cerebro con la autoexigencia. Resulta que, paradójicamente, nuestro cerebro nos premia por exigirnos.
Te lo explico con un ejemplo. Supongamos ahora que en tu cerebro hay un bar y ahí adentro trabajan tres personas que deciden cómo te sientes cada día. El primer trabajador es la dopamina, es el bartender que te consiente, el que te mira y te dice: “si haces esto bien, te doy un shot de felicidad”. Entonces tú haces el trabajo, cumples la meta, logras algo y te da su shot, pequeñito, rico y adictivo. Dura cinco segundos y, cuando te lo tomas, te dice: “¿Quieres otro? Pues haz más”. Y ahí vas detrás del próximo logro, no porque seas duro contigo mismo, sino porque así te está entrenando la dopamina.
El segundo personaje del bar es el cortisol, él es el portero del bar, tipo bouncer, grande, serio, musculoso y exagerado. Él solo te dice: “si no lo haces bien… algo malo va a pasar”. Y claro, tú te exiges, porque este personaje te convence de que fallar representa un peligro, y él no lo hace por ser malo contigo, lo hace porque su trabajo es protegerte, solo que a veces exagera y ve peligro donde no lo hay.
Y al fondo del bar está la serotonina. Tranquila, sin hacer ruido, silenciosa, es la que te da autoestima, calma y bienestar. Pero cuando está bajita, cuando ha tenido un mal día, se queda callada. Y entonces tú comienzas a exigirte más para que ella te determine; es como si tú le gritaras a la serotonina: “Mírame, dime que sí valgo”. Y tú estás ahí en el bar tratando de complacer a todos.
Tienes al bartender dopamina que te promete felicidad si te exiges, un portero cortisol que te asusta si no lo haces y una mujer solitaria al fondo que se queda callada cuando más la necesitas. A veces lo que necesitas hacer es cerrar la puerta, respirar afuera y enseñarle a los del bar que ya no mandan sobre ti.
Ahora vamos a hablar un poco sobre las heridas y cómo la exigencia nos afecta mentalmente: buscamos control y valía. De niños aprendimos, explícita o implícitamente, que si lo hago bien, entonces me aprueban, me aprueban. Si lo hago mal, pierdo amor, atención o reconocimiento. Entonces nuestro cerebro guarda esa información. Perfección igual a recibir amor, y error igual a recibir rechazo.
Otro aspecto que influye es la identidad. Muchas personas se identifican como “el responsable”, “el que siempre puede”, “el fuerte”, “el que rinde”, “el que da la milla extra”, “el multitask”, y como se identifican con eso y creen que los demás los reconocen y validan por lo que hacen, entonces temen perder esa identidad, exigiéndose para poder sostenerla.
Y, por último, culturalmente vivimos en la era del rendimiento o la sociedad del cansancio de la que habla el filósofo Byung-Chul Han (que por cierto . Las redes sociales, lo que supuestamente es la definición del éxito, la comparación constante y discursos que escuchamos tipo: “sé tu mejor versión”, “hazlo bien”, “hazlo perfecto”, “si quieres, puedes”, refuerzan ese sistema de creencias donde ser suficiente nunca es suficiente, porque siempre puedes estar haciendo algo mejor.
Recuerda siempre: la autoexigencia no es tu esencia ni tu identidad, es un viejo mecanismo de supervivencia que ya no te sirve. Puedes ser disciplinado sin destruirte, sin enfermarte; puedes crecer sin tener que castigarte; puedes avanzar sin exigirte hasta romperte física o mentalmente. Vivir se trata de permitirte ser, no solo de exigirte ser. Recuerda que tú no eres lo que haces ni lo que tienes. Eres valioso por ser quien eres realmente.