El miedo del portero al penalti

Un arquero es héroe o villano, y punto. Y luego, más luego, seres olvidados a los que ya les pasó su momento de prestigio o de desdicha.


Hernán Estupiñán
junio 19 de 2026
05:31 p. m.
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“Eran de los hombres valientes que le ayudaron en la guerra. Estaban armados con arcos, y usaban tanto la mano derecha como la izquierda para lanzar piedras y tirar flechas”.

(1 de Crónicas 12: 1-2)

Así describe la Biblia a los bizarros guerreros que defendían al futuro rey David. Eran gigantes, de la raza de los filisteos. La figura del arquero no es ajena a las guerras ni a la historia. Eran valerosos y audaces defensores de un ejército que, como en el fútbol, salvaguardan a todo un equipo y, con frecuencia, a todo un país.

Antiguamente les decían guardameta, guardavallas, cuidapalos o incluso cancerberos, todos términos sacados de nuestro amplio y rico idioma con sabor y olor a historia. Y de esto es de lo que les quiero hablar. Comencemos por el pasado. Entonces vienen a la mente los más cercanos, los suramericanos, porque esta parte del continente ha sido cuna de los mejores porteros, leyendas del balompié, reconocidos por su agilidad, liderazgo y, en muchos casos, por su capacidad goleadora y estilo irreverente. Entre las máximas figuras destacan Amadeo Carrizo (Argentina), José Luis Chilavert (Paraguay), Rogério Ceni (Brasil) y, por supuesto, René Higuita (Colombia). Carrizo, de quien un amigo de infancia con notables problemas de seseo decía, con mucha gracia y emoción: “… ¡y de repente, zuás, Amadeo Carrizo, resiste un taponazo!”, y nosotros, niños borlones, le pedíamos que lo repitiera para escuchar sus eses sonoras y el ademán de cómo el portero acometía sus jugadas. La descripción de mi amigo era perfecta, porque el argentino además de atajar muy bien, revolucionó la posición al jugar fuera de su área y salir con el balón dominado. A Ubaldo "El Pato" Fillol, lo veíamos a todo color en los televisores gigantes de las vitrinas, escapados de las clases del colegio en el barrio Chapinero, y cómo olvidar la atajada de aquel decisivo penalti ante Holanda en la final de la Copa del Mundo de 1978. Y, por supuesto nuestro René Higuita, famoso mundialmente por su estilo líbero, sus goles de tiro libre y su icónica atajada del "Escorpión" en Wembley. Un poco más acá, José Luis Chilavert, el irreverente y polémico paraguayo, uno de los porteros más goleadores de la historia, incluyendo tiros libres y penales, y también Rogério Ceni, 131 goles oficiales y leyenda del São Paulo. La lista es larga.

Todos ellos, porteros históricos, famosos y sufridos, como todos los que ocupan esta gloriosa e ingrata posición en la cancha, porque sin ir más lejos un arquero es héroe o villano, y punto. Y luego, más luego, seres olvidados a los que ya les pasó su momento de prestigio o de desdicha. Y de esto trata la novela «El miedo del portero al penalti». El austriaco Peter Hanke, Nobel de Literatura 2019, que escribe en idioma alemán, cuenta la historia de Josef Bloch.

Bloch era un reconocido portero cuya carrera se arruinó cuando dejó pasar el balón entre sus piernas durante un penalti, y consigue un empleo como mecánico del cual lo despiden, aunque realmente él quería abandonar el mundo laboral y se dedica a vagar. Deambula sin rumbo por la ciudad, va al cine, se aloja en un hotel, se emborracha, intenta en vano llamar a amigos. Todo le parece extraño. De forma bastante inesperada, acaba en la cama con una cajera del cine. Es el mundo de un exarquero al que ya nadie reconoce, aunque sigue yendo al estadio a ver partidos, pese a que lo buscan porque cometió un crimen. Es que a veces nadie sabe cuál es la procesión que llevan por dentro los que un día estuvieron bajo esos tres palos.

Y si volvemos al presente, voy a mencionar a algunos porteros vistosos y de quienes poco puedo agregar porque los estamos viendo. Hoy, entre los más reconocidos por su gran desempeño están, en pleno mundial 2026: Emiliano, El Dibu, Martínez (Argentina), actual campeón mundial con un cuestionado comportamiento antideportivo, pero con liderazgo y personalidad ganadora; Alisson Becker (Brasil), uno de los arqueros más completos del mundo, excelente juego con los pies;

Mike Maignan (Francia), de extraordinarios reflejos; Thibaut Courtoi (Bélgica), de enorme experiencia internacional; Diogo Costa (Portugal), especialista en penales y con gran salida de balón; Yassine Bono (Marruecos), extraordinaria habilidad para detener penaltis, reflejos felinos y liderazgo al comandar la defensa; y Manuel Neuer (Alemania), es tan bueno que a sus 40 años y cuando ya estaba de retirada fue convocado para defender la camiseta de su país en este mundial.

¿Y el exarquero Bloch, en qué anda después de que perdió el empleo? Se ha vuelto hipersensible, por no decir irritable, se torna incluso paranoico y todo le parece sin sentido, se siente arrancado del mundo y ya no comprende las conversaciones y las palabras más simples. De repente un crimen cometido por las misma manos que antes acariciaron y apretaron un balón, le cambia la vida.

Bloch deambula como un vagabundo en la ciudad, su percepción está visiblemente perturbada, los objetos y sus nombres ya no parecen encajar, ya no puede separar lo importante de lo que no lo es, y se deja llevar por su infundado deseo de moverse. Una mañana, Bloch descubre su fotografía policial en el periódico, pero en lugar de escapar, va a un partido de fútbol. En la cancha, el árbitro sanciona un penalti.

Y aquí los dejo provocados con el gran final que Peter Handke, el escritor, le da a su novela, pero los invito a que piensen como Bloch: si el lanzador presta atención a los movimientos del portero al ejecutar la pena máxima, puede ver en qué dirección se va a lanzar y redirigir su disparo en el último segundo. La pregunta final para el lector es si la vida es como un partido de fútbol para un guardameta, guardavalla, cuidapalos o cancerbero, que solo desea que el balón vuelva siempre a sus manos.

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