En el borde de la tragedia: el drama de Carolina cruzando con sus tres hijos hacia Estados Unidos
Carolina tomó la decisión de iniciar un camino, junto a sus tres hijos, hacia Estados Unidos, pero no sabía todo lo que iba a sufrir.
Noticias RCN
08:45 p. m.
Llegar a Ciudad de México es estar a tan solo unos pasos de cumplir ese sueño americano, historias que hemos escuchado a través de venezolanos, haitianos y cubanos. Pero, ¿qué pasa cuando la historia la cuenta uno de nuestros compatriotas, un colombiano?
Esta es la historia de Carolina, quien recorrió más de 4.500 kilómetros para llegar a esta ciudad y emprender ese sueño junto a sus tres hijos. ¿Qué ocurrió durante este recorrido en el que tuvo que pasar hambre, miedo y dormir en las calles?
Un abrazo es la culminación de lo que debía ser un viaje cargado de esperanza y sueños. Para Carolina y sus tres hijos de 5, 7 y 10 años es el fin del drama que nunca desearon vivir.
Yo digo, no vuelvo a salir de mi Colombia, ya esta locura no. Y ojalá qué la gente tome conciencia y no hagan esto porque esto es una locura y no hay como estar en la casa de uno.
Pero esta “locura” de la que habla comenzó nueve meses atrás. Incluso antes de llegar a Ciudad de México, un lugar a 3.162 kilómetros de Bogotá, y que muchos visitan por su mariachi, el tequila, y los tacos.
Otros se radican como los más de 13.000 compatriotas que viven en la capital azteca. Pero un gran número solo ven en esta ciudad una estación de paso para continuar su camino hacia el mal llamado ‘sueño americano’, como fue el caso de Carolina.
“Me dejé guiar por varias personas que me dijeron del ‘sueño americano’ y empecé a investigar por redes sociales y dije: oiga sí, yo creo que puedo, y tomé la decisión de venirme con mis hijos, buscando un mejor futuro claramente para ellos y también para mí”.
“Me vine con un sueño, por brindarles algo mejor a mis hijos, al menos para comprar una casa donde ellos puedan meter su cabecita, y nadie me les diga nada”.
El inicio de la pesadilla para Carolina y sus hijos
Carolina, solo con ver a sus pequeños, recuerda el día en que tomó la decisión de salir de Colombia sin medir las consecuencias.
“Decidí venirme el 16 de enero, ahí empezó todo este viaje saliendo de Bogotá hacia Medellín, de Medellín – Turbo; Turbo Necoclí (…) Salí sola con mis tres hijos”.
Su primer gran desafío fue la temida selva del Darién, 17.000 kilómetros cuadrados de terreno pantanoso que separa a Colombia de Panamá, y que en 2023, según la Defensoría del Pueblo, recibió a 520.085 personas que decidieron atravesarla.
Este infierno verde es tan hostil que ni siquiera una carretera ha logrado unir a ambos países.
“El pasar la selva es algo muy duro, más uno con niños. Durante el camino nos topamos con personas muertas; con el grupo que yo venía, una familia de 4 personas, lamentablemente se cayeron sobre unas piedras y los 4 fallecieron”.
En su cabeza lo difícil ya había pasado. Ahora era solo atravesar en bus país por país: Costa Rica, Nicaragua, Honduras y Guatemala. Sin embargo, eso estaba muy alejado de la realidad. Las largas horas de viaje, la mala alimentación y las diferentes temperaturas fueron parte del precio que sus hijos tuvieron que pagar por su decisión.
En Guatemala el dinero escaseaba y Carolina no tuvo otra opción que rebuscársela para lograr ese último empujón para atravesar México y llegar a los Estados Unidos.
“Duramos como cuatro días con los niños vendiendo dulces y rebuscándonos como para seguir subiendo en toda la frontera entre Guatemala para cruzar a México. Se pasa en unas balsas improvisadas que son como una llanta; ellos nos pasan de este lado, diría yo. Ahí es donde empieza el verdadero calvario para cualquier migrante”.
El drama de llegar a la inclemente frontera con México
Frente al icónico Ángel de la Independencia no puede dejar de recordar ese calvario que, como ella, también viven la mayoría de migrantes, no importa su nacionalidad.
“Algunos terminan secuestrados, otros terminan siendo extorsionados, algunos siendo víctimas de cualquier tipo de delito, sea trata de personas, tráfico de migrantes; algunas son asesinadas”.
En la frontera sur de México, en Chiapas, el panorama es desolador. Allí, células de los cárteles de Sinaloa y Jalisco, junto a grupos locales como el Maíz, el Machete y el cártel de Chiapas, libran una feroz batalla por el control territorial. No solo por el tráfico de drogas; también han encontrado en el paso de migrantes un negocio lucrativo y despiadado, aún más cuando se trata de una mujer sola y con tres pequeños niños.
“Cuando llegamos al punto donde ellos se deben llevar la gente, es un punto grande, es un gallinero. Allá nos dividen a las personas por tres grupos. El primer grupo: papá, mamá, hijos; segundo grupo, personas que viajan solas sin niños ni nada; tercer grupo con niños. A cada grupo lo meten como en un cuarto grandísimo, es un gallinero, y ahí nos está pidiendo 600 dólares por persona”.
En medio de las concurridas calles transita ese drama silencioso, que solo a través de historias como la de Carolina se vuelven palpables y dejan de ser una cifra como la del informe de Médicos Sin Fronteras: ‘Violencia, desesperanza y abandono en la ruta migratoria’, que asegura que al menos el 8% de los casos documentados por el monitoreo de protección están relacionados con violencia sexual ocurrida durante el paso por Guatemala.
Sabiendo que el camino aún era largo, tomó decisiones drásticas para salvaguardar a sus hijos: una de ellas, cambiar la apariencia física de su hija, cortó su pelo prácticamente rapado, con la esperanza de que con rasgos masculinos pudiera pasar desapercibida en un entorno donde ser vista podía ser una sentencia.
“Yo les diría a las personas que quieren hacer esta travesía, que no la hagan, no vale la pena. El famoso sueño americano es una mentira, no arriesguen a sus familias, sus hijos, su integridad, como muchos cometemos el error de hacerlo por dejarnos llevar de redes sociales”.
Con este panorama, Carolina cuenta que su corazón estaba desgastado, el alma rota, y el cuerpo cansado. Y tuvo que buscar fuerzas de donde ya no había.
De regreso a casa
Se dice que migrar es un derecho humano, pero lo es aún más regresar a casa. Carolina pidió ayuda varias veces a las autoridades, sin embargo, no tuvo respuesta satisfactoria a este clamor.
Sin más, Carolina volvió a tomar camino hacia la capital mexicana. Lo que más recuerda es como los pies de sus hijos quedaron destrozados.
“Ellos fueron mi motorcito, digo yo, pero ya cuando nos tocó caminar tanto sí me decían: mami no queremos caminar más. Ver que los pies se les agrietaron era duro, pero mis hijos estaban durmiendo en la calle y yo decía Dios mío, por qué hice esto”.
Una vez en Ciudad de México decidió renunciar a lo que tanto soñó.
Según la Organización Internacional para las Migraciones, OIM, hasta la primera semana de octubre de este año 324 colombianos se acogieron al programa de retorno voluntario asistido, entre ellos Carolina y sus tres pequeños.
La cifra es mucho mayor a la del 2023, cuando se registraron 230; y si comparamos la cifra con la de los años 2021 y 2022 es hasta cinco veces mayor.
Pero como en un juego de azar, la suerte le cambio a esta familia, algo que les pasa a muy pocas. Ante su insistencia de buscar ayuda en la sede diplomática, un día, de frente Carolina se encontró con lo que ella misma denomina su ángel de la guarda, pero esta vez personificado en el canciller Luis Gilberto Murillo.
“Ahí volví a ver la luz para mí después de tantos meses. Cuando lo miré a él, le agarré la mano y le dije: doctor por favor ayúdeme, quiero volver a mi casa, no quiero estar más acá”.
El Gobierno de Colombia ayudó con trámites de rigor, específicamente la expedición de los pasaportes de forma gratuita, así como con el puente con organizaciones sociales que ayudan a personas migrantes.
En medio de los juegos de niños, pinturas y bromas, estos pequeños de pocas palabras saben que lo que vivieron no es normal para su edad.
Teníamos que dormir en la calle, vender dulces (…) se sintió feo.
Recuerdos que Carolina sabe, serán difíciles de borrar, y espera que con el tiempo, al igual que las heridas físicas, las del corazón pueda sanar.
Ya no fueron 4.500 kilómetros en lancha, bus y caminando, ahora fueron 3.162 km, pero esta vez de regreso a casa en un avión, con maletas más pequeñas que guardan más recuerdos que ropa y tesoros como las cartas que resumen el amor de unos hijos por su madre.
Pero este recorrido no termina en Ciudad de México. Son aproximadamente 2.400 km para llegar a Tijuana, uno de los puntos fronterizos principales que hay entre México y EE. UU. Por ahí miles de colombianos buscan seguir su ruta.