El fenómeno de El Niño necesita realidades, no discursos
Hay cosas que parecen caras hasta que descubrimos cuánto cuesta no tenerlas.
06:14 p. m.
Hay algo francamente insólito en la Colombia que nos dejó Gustavo Petro: mientras el Gobierno hablaba de transición energética, inversión y soberanía eléctrica, Air-e terminó convertido en una especie de cajero automático de la irresponsabilidad, acumulando una deuda que alguien tendrá que pagar. Porque en este país las deudas no desaparecen por decreto: cambian de bolsillo. Y mientras unos hacen cuentas políticas, otros —generadores, proveedores, financiadores y, al final, los usuarios— ponen la plata.
El problema es que ahora se aproxima un escenario todavía más delicado: un fenómeno de El Niño particularmente agresivo, con una matriz eléctrica que sigue dependiendo en buena medida del agua. Y ahí aparece la gran paradoja: Colombia lleva décadas beneficiándose de una prevención que nadie aplaude porque funciona. Cuando hay agua, la generación térmica parece cara, incómoda y hasta innecesaria. Cuando llegan la sequía y los embalses comienzan a bajar, todos descubrimos, con esa maravillosa capacidad nacional para acordarnos y hablar de todo, que necesitamos las térmicas.
Y aquí está el punto y el reto que deberían entender quienes diseñan las reglas desde un escritorio: no se puede exigir confiabilidad energética mientras se asfixia financieramente a quienes tienen que garantizarla. Una planta térmica no funciona con discursos lindos sobre inversión futura. Tiene empleados, mantenimiento, seguros, financiación, proveedores y, sobre todo, combustible. Puede estar disponible para salvar al país en una emergencia y, simultáneamente, estar funcionando a pérdida.
Las disposiciones técnicas y regulatorias justamente tienen que contemplar integralmente los márgenes que hacen viable esa operación; de lo contrario, terminaremos cometiendo el colmo de pedirle al bombero que mantenga el camión con tanque lleno, pero regatearle la plata para comprar gasolina.
Durante los últimos 30 años Colombia ha enfrentado fenómenos de El Niño sin experimentar apagones generalizados precisamente porque ha contado con generación de respaldo capaz de entrar cuando la hidráulica no alcanza. La prevención tiene esa desgracia: su éxito la vuelve invisible. Nadie recuerda al seguro cuando no hay accidente. Nadie agradece la reserva de agua cuando el embalse está lleno. Y nadie piensa en la térmica cuando llueve. Hasta que deja de llover.
Por eso hay una discusión mucho más grande que la rentabilidad de una empresa particular: la confianza del capital internacional en Colombia de la que ha hablado el presidente De la Espriella. Necesitamos inversión para generación, transmisión, almacenamiento y respaldo. Y el capital extranjero puede tolerar riesgos empresariales, cambiarios, regulatorios y hasta climáticos; lo que difícilmente tolera es que las reglas técnicas no sean técnicas. Si Colombia quiere atraer inversión económica internacional, desde la misma CREG y en el sector eléctrico, necesita demostrar que entiende algo elemental: una economía seria no destruye la capacidad financiera de quienes sostienen su infraestructura estratégica y después les pide que inviertan nuevamente.
Hoy la térmicas, dueñas absolutas de la medalla de respaldo al sistema eléctrico, no pueden ser las primeras damnificadas y más cuando tienen que operar al 101%. Hay cosas que parecen caras hasta que descubrimos cuánto cuesta no tenerlas.