“Los golpes blandos” de la incoherencia
Durante cuatro años, Gustavo Petro convirtió el supuesto golpe blando en uno de los relatos recurrentes en medio de los delirios de su penoso Gobierno.
04:12 p. m.
Desde ayer, este mismo personaje no ha parado de trinar desde la trinchera del resentimiento y la piromanía, evocando justamente esa antítesis de la democracia que deja ver en su deformación, penosa ortografía e insuficiente hilaridad para mantener una sola idea. ¿Así escribiría las páginas que aún no conocemos de su viaje a Manta?
Y es que ustedes recuerdan que en cada investigación incómoda, cada decisión judicial adversa y cada choque con los organismos de control, él mismo alimentaba la narrativa de una conspiración contra “el cambio”. Y la oposición, mientras tanto, debía explicar una y otra vez que cuestionar al poder nunca equivalió a intentar derrocarlo.
Pero hay una paradoja que merece toda nuestra atención: quienes más invocaron deliraron con una democracia que pretendieron desconocer, tienen la obligación de respetar el derecho del nuevo gobierno a cuidarla y a ejercerla.
La UNGRD, la corrupción, el nepotismo, las tercerizaciones de contratos, los cambios de requisitos permanentes, las investigaciones sobre esa financiación de la campaña presidencial, el proceso contra Nicolás Petro y las controversias contractuales de la Cancillería, entre muchos otros casos que hoy se socializan de forma escandalosa entre los relatos más turbios de sus más cercanos servidores como Álvaro Leyva, Eva Ferrer y Angie Rodríguez, dejan preguntas muy inquietantes sobre temas a las que la Fiscalía no les ha puesto el acelerador con rigor, pero que además deja una incógnita del tamaño de varios carrotanques sobre ¿contra qué está marchando el mismo que gestó todos estos escándalos?
La democracia no consiste en blindar a un gobernante frente a la crítica. Consiste, precisamente, en permitir que lo investiguen, lo contradigan y lo fiscalicen sin que eso se convierta automáticamente en una conspiración. Eso no lo ha podido entender el petrismo, que a tan solo 2 meses ya hablan de vientos de reelección, amenazas editoriales con fotos retocadas, el clásico lenguaje ultraviolento frente a las mujeres y a quien piense diferente, el perfilamiento; incluso en la inocencia de los niños, representantes a la cámara exponen a sus pequeñas de forma deliberada a instrumentalizar su inocencia con adoctrinamientos innecesarios contra el privilegio, desde el privilegio.
Por eso resulta tan preocupante que, ante la confrontación política, reaparezcan discursos que parecen confundir la discrepancia con la enemistad y la oposición con una amenaza existencial. Las palabras de un expresidente no son un mensaje cualquiera: tienen un peso institucional que exige responsabilidad, incluso después de abandonar el poder.
La indignación no puede tener doble rasero. Si es inaceptable que un Gobierno estigmatice a quienes hagan las cosas pacíficamente, también lo es que un dirigente convierta a sus contradictores en enemigos de la democracia. Y si el petrismo reclamó garantías frente a los supuestos golpes blandos, debe aceptar que esas mismas garantías cobijan a quienes hoy los gobiernan.