Construir capacidades para transformar el campo
Con la discusión del Plan Nacional de Desarrollo, Colombia está definiendo buena parte de su política rural en los próximos cuatro años.
03:22 p. m.
El Gobierno ya ha anunciado cinco apuestas relevantes: una nueva arquitectura de financiamiento vinculada a cadenas productivas, crédito de largo plazo para inversión, desarrollo de la Orinoquía y la Altillanura, generación de oportunidades productivas para los jóvenes rurales y fortalecimiento de la capacidad exportadora.
El campo debe mirarse como una apuesta de futuro. Las decisiones que tomemos hoy van a definir la productividad de nuestros productores, su exposición a los riesgos, sus posibilidades de invertir y crecer, y las oportunidades que encontrarán allí las nuevas generaciones. El PND debe ayudar a construir capacidades que permanezcan y sigan generando resultados después del período de gobierno.
Ese debería ser uno de los criterios para diseñar las cinco apuestas: definir desde el comienzo qué capacidad queremos dejar instalada y cómo sabremos si se construyó. Puede ser un sistema de riego que reduzca la vulnerabilidad frente al clima, un productor con historial financiero propio o una cadena capaz de cumplir los requisitos de un mercado internacional.
El financiamiento rural tiene sentido cuando amplía lo que un productor puede hacer. Un crédito de largo plazo, por ejemplo, puede financiar un activo que seguirá produciendo durante años. Su impacto se observa en la capacidad que crea, en los riesgos que reduce, en las alternativas que abre para producir y comercializar y, finalmente, en los ingresos y el bienestar que genera.
Esta mirada también ayuda a diseñar mejor la política. Los proyectos rurales enfrentan restricciones distintas. Algunas inversiones necesitan más plazo; otras requieren garantías, infraestructura, información, investigación, asistencia técnica o mayor certeza sobre la comercialización. Identificar esas restricciones permite combinar mejor los instrumentos y asignar responsabilidades entre productores, organizaciones, sistema financiero y Estado.
Pensar el campo con una mirada de futuro también exige una transición en la forma de medir. Durante años hemos seguido cuántos créditos se otorgaron, cuánto dinero se desembolsó, cuántos beneficiarios fueron atendidos o cuánto presupuesto se ejecutó. El Plan puede ampliar esa mirada hacia la transformación lograda: cuánto capital productivo se construyó y sigue funcionando, cuántos productores ampliaron sus opciones financieras y comerciales, qué riesgos se redujeron, cuánto mejoró la productividad y qué programas se tradujeron en mayores ingresos y mejores condiciones de vida.
Definir esas medidas desde el principio permite corregir el rumbo mientras se ejecutan los programas. Si sabemos qué cambio esperamos y seguimos lo que ocurre con los productores, las inversiones y los territorios, podremos identificar qué funciona, dónde aparecen problemas y qué ajustes conviene hacer a tiempo.
El Plan puede dejar una huella que dure mucho más que cuatro años. Esa huella se verá en productores con mayor capacidad para decidir, invertir y crecer, en mejores condiciones para producir y en territorios capaces de sostener nuevas oportunidades económicas. Construir capacidades significa convertir los recursos públicos y financieros en posibilidades productivas que permanezcan. Esa puede ser una de las contribuciones más importantes del próximo Plan Nacional de Desarrollo al campo colombiano.