Cuando nuestra identidad se vuelve paisaje
Por Geanina Torres Viloria: Directora del programa de Diseño Gráfico Fundación Universitaria del Área Andina Valledupar
12:15 p. m.
“A veces nuestra identidad se vuelve paisaje”. La frase se me ocurrió luego de asistir a un conversatorio con reconocidos diseñadores de moda colombianos que llegaron a Valledupar. No era su primera vez aquí. Habían recorrido la ciudad, observado, preguntado y explorado. Llegaban con la intención de descubrir aquello que hace particular a este territorio. Y mientras los escuchaba hablar de lo que habían encontrado, de aquello que les había llamado la atención y de las posibilidades creativas que veían en nuestra cultura, no podía dejar de pensar en una paradoja: para ver lo evidente necesitamos que alguien lo señale.
Quienes habitamos un territorio durante años terminamos acostumbrándonos a él. El paisaje deja de sorprendernos. El sonido cotidiano deja de escucharse. Los colores que alguna vez nos parecieron extraordinarios se convierten en los de siempre. Incluso nuestro atardecer vallenato que puede exhibir violetas, naranjas, amarillos y rojos maravillando a alguien que llega por primera vez, para nosotros puede resultar tan habitual que ni siquiera levantamos la mirada.
Quizás eso mismo ocurre con nuestra cultura. Nos acostumbramos a las palabras, los sonidos, las formas de vestir, los sabores, las historias, los objetos, los oficios y los símbolos que nos rodean. Están tan cerca que dejamos de preguntarnos qué significan.
De allí surge una idea inquietante: la desapropiación por indiferencia. No ocurre necesariamente porque alguien venga y nos quite nuestra cultura, sino cuando nosotros mismos dejamos de preguntarla, nombrarla, y reconocer su valor. Es una desapropiación silenciosa: cuando una pieza artesanal deja de ser una historia y se convierte solamente en algo bonito; cuando una canción deja de ser memoria y se convierte solamente en sonido; cuando un paisaje deja de ser territorio y se vuelve solo el lugar por donde pasamos todos los días.
Esta reflexión adquiere todavía más fuerza cuando pensamos en el diseño. Diseñar desde un territorio no debería significar simplemente tomar sus colores, patrones, símbolos o formas y convertirlos en una estética atractiva. Implica investigar, observar y comprender. Antes de intervenir una cultura, hay que aprender a leerla, porque detrás de un color puede existir un paisaje, detrás de una textura un oficio, detrás de una palabra una generación y detrás de una forma de vestir, una memoria.
Por eso, la mirada externa no necesariamente amenaza nuestra identidad. También puede funcionar como un espejo. Otros encuentran belleza donde nosotros encontramos rutina, singularidad donde encontramos normalidad e historias donde vemos objetos. El problema no está en que otros miren nuestra cultura. El verdadero problema sería que nosotros dejemos de mirarla.
Quizás por eso hablar de apropiación cultural debería llevarnos también a hablar de apropiación identitaria. Antes de preguntarnos quién está tomando nuestros símbolos, deberíamos preguntarnos cuánto los conocemos nosotros. Una identidad viva cambia, se transforma, dialoga con otras culturas y encuentra nuevos lenguajes. Pero para transformar algo primero hay que conocerlo y para reinterpretarlo hay que comprenderlo.
Quizás nuestra identidad no está desapareciendo. Quizás simplemente se volvió paisaje. Y tal vez lo que necesitamos es recuperar nuestra capacidad de asombro: volver a mirar, escuchar, preguntar y caminar el territorio con curiosidad. Porque una identidad no se conserva solamente exhibiéndola. Se conserva conociéndola, viviéndola, cuestionándola y transmitiéndola. Y también permitiendo que las nuevas generaciones la transformen sin perder su memoria.