La derrota de todos

Por estos días he tenido la repentina motivación de hacer inventarios


Gustavo Nieto
octubre 10 de 2026
08:12 a. m.
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Inventarios de todo, de mi infancia que ya suena muy lejana para mi gusto, de mis años de colegio, los de universidad, las vacaciones de diciembre, las tardes de campo con papá, el matiné para ver películas de Cantinflas o Bruce Lee. Sí, inventario de todo.

Ni seguir porque sería una lista inagotable y aburridora de miles y miles de escenas, algunas ya difusas, otras más vivas que nunca, más buenas que malas, hay que decirlo, pero en cualquier caso, marcadas por un denominador común, tristemente transversal a mi existencia, una pesada cruz que como a mí, ha marcado la vida de los de mi generación, la violencia. Yo nací al tiempo con las FARC y en esa misma década también nacieron otros grupos guerrilleros.

Así se fue construyendo una realidad inevitablemente marcada por la guerra, la muerte de miles y el secuestro de otros tantos. Crecí con la sensación de que nuestra clase dirigente no logró entender lo que pasaba y en vez de solucionar, se ahogaba entre su propia incongruencia. Pasaron los años y el país perdió la posibilidad de crecer como debía, abandonó el campo, a los ferrocarriles se los devoró la maleza y la coca se convirtió en el espejismo que solucionaría los problemas de muchos.

Las reformas solo fueron anuncios estériles que jamás se hicieron o se hicieron a medias. Se volvió una cultura robar al erario y literalmente la cárcel fue para los de ruana. Así esta tierra trató de avanzar entre la incompetencia de los unos y la maldad de los otros. Así crecimos, pasaron las bombas de los carteles, las pescas milagrosas de las FARC, las masacres de los paramilitares, el proceso 8.000, la descarada corrupción.

Todo pasó, pero al final nada pasó. Hoy, 60 años después, la sensación es igual, de frustrante. El inventario sigue con saldo rojo. Es verdad que hemos recuperado mucho terreno perdido, sí, cómo negarlo, pero también es verdad que no hemos avanzado como deberíamos, que nos sobrepasaron el resentimiento y el odio.

Mirando el PyG, a lo mejor ya no nos matamos por miles en el monte, de pronto ya no estallan bombas en los centros comerciales como antes, tal vez no secuestran tanto como en los 90, pero mientras haya un solo muerto por estas razones, seguiremos perdiendo la batalla, porque no hemos sido capaces de soltar la violencia. Se nos enquistó a tal nivel que ya hace parte de nosotros.

No nos engañemos, se nos llena la boca hablando de paz, nos regodeamos diciendo que los buenos somos más, pero al final de cuentas, lo que hemos hecho es trasladar el campo de batalla a otro escenario. En este punto, el inventario llega a una columna compleja y ruin. Nos volvimos los valientes del Twitter. Disparamos cientos y cientos de insultos, mentiras y verdades a medias, agazapados en la impunidad que da un supuesto anonimato.

En realidad, somos unos cobardes, porque ni siquiera tenemos la valentía de poner la cara, pero además, nos ufanamos de una superioridad moral que no es otra cosa que el desconocimiento del otro. Pretendemos ser los únicos poseedores de la verdad. Nada más fascista y antidemocrático que eso. En otra época, sería como quemar libros. No somos intelectuales ni mucho menos.

Soltamos frases efectistas que generan risa o indignación dependiendo del destinatario o el remitente y creemos que escribimos textos memorables, antologías o ensayos que pasarán a la historia y la verdad es que lo único que hacemos es garabatear banalidades ansiosas de clics y no de discernimiento. Como periodista, es imposible realizar este inventario sin sentir que en esta triste etapa estamos siendo tan violentos como en otras, solo que de diferente manera.

Señalamos y dictamos sentencia con la misma facilidad con la que bloqueamos a quien nos contradice. Confinamos al linchamiento moral a cualquiera sin importar cómo. Condenamos sin fórmula de juicio y el escarnio reemplazó al fusil. Vemos vidas arruinadas, carreras profesionales honestas destruidas y hasta relaciones que se creían infalibles desmoronarse. Es como si alguien nos hubiera permitido ser dioses por un instante y nos bautizamos influencers.

Los depositarios de la fórmula de la felicidad y la justicia.

El X se volvió nuestro nuevo campo de batalla. Nos retamos, amenazamos e intercambiamos disparos con la desfachatez que nos permite la trinchera de la distancia. Lamentablemente el inventario no tiene saldo positivo. Debo decirlo con resignación. Siento llegar a esta etapa de mi vida viendo el colapso de la sociedad entre el fangoso terreno de la mezquindad como una forma de lucha.

Son historias las discusiones constructivas, las tertulias culturales, el debate esclarecedor, la conversación como principio de humanidad y el respeto como norma. Deberíamos considerar seriamente el tiempo que le dedicamos a las voces que inundan las redes. La mayoría de ellas livianas, vanidosas, superficiales.

Lo fatuo derrotó a lo profundo y lo más grave es que así, con la sencillez que se dice esto, se describe sin contemplaciones la derrota de nuestro tiempo, que es la derrota de todos.

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