La Odisea: ¿un retorno al mito o a la fe?

La Odisea emula, entre otras cosas, el retorno como metáfora del viaje, y aquí vale la pena decir, ahora sí textualmente, “el Génesis”, el regreso al origen.


Hernán Estupiñán
septiembre 18 de 2026
06:00 a. m.
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Suyo es el mar, pues Él lo hizo, y sus manos formaron la tierra firme.(Salmo 95: 5)

Cambió la tempestad en calma y las olas del mar callaron.
(Salmo 107: 29)

Ahora que La Odisea vuelve a estar de moda y que podría ser la película del año por méritos de taquilla y por recrear la historia que ya había contado Homero, siete u ochos siglos antes de Cristo, cuando todavía occidente no había sido helenizado, es conveniente pisar algunos callos históricos.

Es también necesario partir de una verdad, que no puede pasar inadvertida: la traducción de la Biblia al griego. La denominada Biblia de los Setenta o Septuaginta es el fascinante puente cultural que marca el momento exacto en el que el pensamiento sagrado hebreo se vistió con los ropajes de la lengua y la filosofía de pensadores griegos de la talla de Homero. Esta traducción, no solo cambió las palabras, sino que "helenizó" muchos conceptos bíblicos, abriendo la puerta a las coincidencias literarias.

Traducir el Antiguo Testamento al griego fue un desafío colosal, porque el griego es un idioma filosófico, abstracto y visual, moldeado por siglos de poesía homérica, mientras que el hebreo es un idioma concreto. Para traducir la Biblia, los 72 sabios judíos (6 de cada una de las 12 tribus) convocados por el rey Ptolomeo II –– quien quería concentrar en Alejandría “todos los libros del mundo”–– tuvieron que usar el vocabulario que los griegos empleaban para sus propios mitos y dioses, y variaron el nombre de Dios, que en el hebreo original se revela con el tetragrámaton YHVH, YAHAVÉ sin vocales, porque es un nombre sagrado y de acción, que significa "Yo soy el que soy" o "El que hace existir”. Los sabios tradujeron entonces a YAHAVÉ como Kyrios (Señor) o Ho On (El que es). Esto conectó directamente al Dios de Israel con las discusiones metafísicas de los filósofos griegos sobre el "Ser Supremo".

¿Cuál otro argumento superior puede tener La Odisea, sea el libro o la película, sino la titánica aventura de atravesar el mar después de la guerra o la esclavitud para retornar al lugar original, la amada Ítaca de Odiseo o acaso la Tierra Prometida? Ninguno. Esa es precisamente la odisea y su sentido, incluso en términos modernos. Pues basta remitirse al Canto del Mar, el antiguo himno de victoria que Moisés y los israelitas entonaron para alabar a Dios tras cruzar a salvo el Mar Rojo, episodio que ya había sido narrado en el Éxodo y que celebra la liberación de la esclavitud en Egipto y la caída del ejército del faraón en las aguas, y es considerado uno de los textos poéticos más antiguos de la Biblia hebrea.

Y como en el mar viene precisamente la gran travesía, entonces tenemos que hablar de “El Inframundo” y, otra vez, volvemos al origen: la palabra hebrea para el lugar de los muertos es Sheol (un sitio sombrío y polvoriento). En la Septuaginta se tradujo directamente como Hades. Al hacer esto, los lectores judíos y paganos inevitablemente comenzaron a imaginar el más allá bíblico con las características del Hades que Ulises (Odiseo), visitó en la Odisea, con su geografía de ríos oscuros y sombras flotantes.

El mar como escenario de creación y dominio divino había sido mencionado y proclamado una y otra vez por boca de casi todos los profetas del Antiguo Testamento. Siglo después los griegos crearon uno de sus tantos dioses para la aguas, Poseidón, cuya autoridad pone a prueba Odiseo en sus ínfulas de guerrero y su obsesión por regresar a su amada Ítaca, desafiando vientos y monstruos marinos. Pues Dios ya le había hecho reconocer a Job su supremacía al mencionarle a Leviatán, su gran criatura marina que jugaba con las aguas, y la imposibilidad del hombre para dominar, no solo al monstruo marino sino a la propia inmensidad de las aguas que Él creó cuando las separó de la Tierra. Antes, entonces, el Dios Supremo había hecho ver a Job como espejo de la contradicción entre las engañosas virtudes y la evidente debilidad humana.

Ni qué decir del caballo de Troya, que apenas muestra la película, porque, claro, es antecedente no la historia central de la Odisea, pero que nos deja pensando en el relato de Gedeón, guerrero del pueblo de Israel que derrotó a un gran ejército enemigo con apenas 300 hombres, según el Libro de Jueces en la Biblia, y nos permite ver la soberanía y el poder de Dios, la lección de que las batallas no necesariamente las gana el más fuerte.

Y la otra lección, aquella que en La Odisea encarna el ambicioso Antínoo, pretendiente de la reina Penélope, quien se aprovecha de la ausencia de Odiseo, y elabora su estratagema humana para quedarse con el reino. ¿No hay acaso ya otro antecedente bíblico en la historia de Amán, envidioso y cruel visir y primer ministro del rey Asuero, que preparó una horca para Mardoqueo, primo de la reina judía Ester, y un decreto para exterminar al pueblo judío, pero terminó siendo víctima de su propio invento?

Así los historiadores se rasguen las vestiduras, la existencia de todos aquellos personajes humanos y sus dioses griegos corresponden al campo de la mitología mientras la existencia del Dios Verdadero ––incluso para nosotros los cristianos, porque es en Jesús en quien se completa el misterio de la Trinidad o del Dios Único––, está completamente documentada. Nadie menos que Jesucristo, más allá del mito y del dogma, es ante todo Dios Verdadero, así con mayúsculas, y, por lo mismo, doctrina y fe.

¿Por qué recomiendo la película? Porque La Odisea de Christopher Nolan, protagonizada por Matt Damon, es, en cambio, una forma de regresar al mito y podría abrirnos el apetito por la lectura. La película es un acierto artístico, los planos y saltos narrativos están bien ubicados y la historia es bastante fiel al poema épico, especialmente en algunos cantos (como el del cíclope Polifemo y la bruja Circé), útil para no dejar perder en la memoria la alegría de haber leído a los clásicos en los años de colegio o, por qué no, volver a ellos, y para que las nuevas generaciones no pierdan de vista que esos libros imprescindibles no deben ser tortura intelectual sino formación y divertimento a la hora de enseñar o aprender los posibles orígenes de la literatura occidental.

Inicié esta columna con la cita de dos salmos que evocan el principio y dominio de Dios sobre los mares y sobre los hombres, su propia creación. Insisto en que no hay que perder de vista el germen, pues La Odisea emula, entre otras cosas, el retorno como metáfora del viaje, y aquí vale la pena decir, ahora sí textualmente, “el Génesis”, el regreso al origen. Por todo esto, es mejor proclamar a Yahvé como Señor y autor de la vida y mejor mencionar a Dios con mayúsculas que con minúsculas, porque dioses así hay muchos, pero el Verdadero es además Único y Primero.

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