Los ojos que nos miran: retrato y memoria de una tragedia
«Alégrense en la esperanza, muestren paciencia en el sufrimiento, perseveren en la oración» (Romanos 12:12)
04:49 p. m.
Desde la pantalla del televisor de mi casa, dos ojos me miran fijamente. Es una mirada detenida en el instante de una fotografía, esos dos ojos asoman debajo de las gruesas vigas de un edificio en Pereira. Son los ojos de Daniela Largo, tiene 32 años y le ha dicho a una patrullera de la policía que está viva, que por favor la ayuden. Los rescatistas trabajan intensamente mientras afuera, don Julio, el papá de Daniela, mantiene la fe intacta. En medio de aplausos, Daniela logra salir de los escombros después de 36 horas de batalla tras el terremoto de 7.4 grados que destrozó una parte de Colombia. Tres días después los ojos de Daniela se apagan.
Dos ojos más, que sé que son seis, me miran desde otra fotografía del periódico dominical mientras lo leo en la sala de mi casa. Son los ojos de Ana María, otra joven de 23 años que logró salvar su vida, porque la puerta de su apartamento en Cali le sirvió de escudo cuando intentaba salir en medio del temblor. Tiene una herida en la pelvis y de a poco le han dicho que sus dos hermanas mellizas, su papá, su mamá y un tío no sobrevivieron.
Son apenas los ojos y los rostros de dos historias, pero no son dos ni seis, son cientos de ojos los que nos miran hoy, ¿cuántos días después de la tragedia? Voy a referirme a dos libros que han venido a mi memoria en estos días: Primero, Austerlitz de W. G. Sebald. ¿Por qué recordé a Sebald? Porque la obra de este formidable escritor alemán, además de su estilo disruptivo, nada convencional, incluye una serie de fotografías que nos incomodan y nos acosan como fantasmas mientras leemos la historia que, aunque ciertamente centrada en el holocausto, no se detiene en el exterminio y los campos de concentración sino en las huellas vacías: edificios destruidos, nubes de polvo, pueblos abandonados, objetos olvidados, sombras de una tragedia inmensa y, por supuesto, fotografías, muchas fotografías de grupos y familias, otras individuales, que se me antojan parecidas a Daniela vestida de blanco, sentada en un elegante sillón de terciopelo o a Ana María, sonriente, junto a sus hermanas. Eran las trillizas de quienes solo vive una, ella.
Estamos frente a “La estática de la ausencia”. En esta novela de Sebald, ante lo inenarrable, el trauma no se muestra de frente sino que se rodea a través del vacío, el hueco y el dolor que dejan las víctimas no queda atrás sino que se amontona en el presente. En esto es en lo que lo que quiero recabar, en que no olvidemos. La reconstrucción de una ciudad o un pueblo costará billones de billones de pesos, y posiblemente décadas, como lo ha anticipado el gobierno, pero la restauración de vidas puede durar vidas enteras. Me he preguntado si ¿acaso las horas que Daniela sobrevivió no fueron alentadas por su hijito de 12 años? y ¿cómo podrá hacer Ana María para sobreponerse a la ausencia?
Los críticos de Austerlitz han interpretado que el granito, los pixeles o la deformación deliberada de las imágenes incluidas en el libro son una metáfora visual de la memoria dañada. Cada foto imita el proceso del recuerdo traumático, pero el detalle importante se ha desvanecido. La novela de Sebald tiene muchas ediciones y variadas portadas, pero la más icónica es la de un niño solitario, posiblemente el propio Austerlitz, el narrador, vestido de blanco, probablemente un huérfano. En la versión que yo leí, también de Anagrama, aparecen unos espectadores en una oscura sala observando impasibles una imagen enigmática. No quiero que nos suceda igual.
El otro libro es El Ejército ciego, del mexicano, David Toscana, reciente Premio Alfaguara de Novela. Narra la historia del ejército búlgaro de 15 mil hombres que fue a la guerra con los bizantinos en plena edad media. El emperador Basilio ordena sacarles los ojos, dejando tuerto a uno de cada cien para guiar a los ciegos de regreso a casa. Los ciegos y tuertos habrán de buscarse la vida en una patria que no los considera ni héroes ni mártires sino una pesada carga que les envió el destino. No deseo, y sé que Colombia, la adolorida patria que somos, no será un “ejército ciego”.
El acontecimiento: un sismo, el más fuerte de la década, sí; pero el desafío es la permanencia de la ayuda, que será la «postmemoria». Todo esto me ha hecho reflexionar sobre la fragilidad de la vida. La Biblia nos recuerda que somos brizna, como la hierba que en la mañana florece y crece y a la tarde es cortada y se seca, pero por ahora tenemos el privilegio de la vida que Dios nos ha concedido, a ustedes y a mí, y que nos permite ver la tragedia sentados frente al televisor o en cualquier otra pantalla en la sala de nuestra casa, seguramente con el corazón arrugado. Pero no podemos quedarnos ahí sembrados, no podemos ser indiferentes a lo que aquellos ojos, que ya vieron, que ya vivieron, esperan y reclaman.