Hablar alivia, escuchar salva: la premisa de Los hombres sí lloran
Hoy vale la pena resaltar cuando alguien decide mostrarse real. Mostrar vulnerabilidad no es algo común, y mucho menos en la era de las redes sociales.
11:19 a. m.
Tuve la oportunidad de conversar con un hombre que decidió hacer un acto de valentía poco común en estos tiempos: mostrarse tal como es. Sin personaje, sin máscara, sin necesidad de posar como alguien que tiene todas las respuestas.
Además de eso, abrió un espacio para poner sobre la mesa una conversación urgente, humana y profundamente necesaria: está bien estar mal, y estar mal no te hace menos hombre; te hace humano. Ese hombre es Juan Pablo Raba.
Debo decir que fue un honor poder hablar con él. Siempre me gustó su carrera como actor, pero cuando creó el podcast Los hombres sí lloran despertó en mí una admiración distinta: más profunda, más humana. No solo por abrir una conversación tan importante sobre las emociones, sobre lo que duele y sobre aquello que nos pesa, sino porque él mismo decidió exponerse, contar su propia historia y asumir el riesgo de mostrarse real en un tiempo en el que casi todo el mundo prefiere mostrarse perfecto.
Hoy vale la pena resaltar cuando alguien decide mostrarse real. Mostrar vulnerabilidad no es algo común, y mucho menos en la era de las redes sociales, donde parece que la regla fuera exhibir quién tiene la vida más perfecta, el cuerpo perfecto, el mejor trabajo, el mejor outfit, las respuestas a todo. Vivimos obsesionados con mostrar. Mostrar logros, éxito, felicidad, control. Y en medio de eso se nos olvida algo esencial: somos humanos. Sentimos miedo, tristeza, angustia, vacío, cansancio.
Juan Pablo entiende su podcast como un espacio para normalizar la conversación, para ayudar a que otras personas -especialmente hombres- no se sientan solas transitando sus problemas, dolencias, crisis o cuestionamientos. Y, para él, eso se logra a través de la escucha. No prepara conversaciones para llevarlas a una enseñanza específica o una moraleja, ni para convertir a sus invitados en ejemplo de cómo deberían vivir, pensar o actuar. No se sienta frente a alguien con un libreto. Lo que busca es abrir un espacio de diálogo, no dictar lecciones de ninguna clase.
Los hombres sí lloran, de hecho, no pretende reemplazar a nadie, ni tomar postura de expertos en salud mental. Juan Pablo quiere que su podcast haga que los profesionales de la salud mental y líderes de opinión “cojan la cuerda” y se animen a hablar más profundamente de estos temas. Como él mismo lo dice, el programa “es solo la punta del iceberg”.
Tal vez una de las cosas que más quedaron resonando en mi cabeza de la conversación fue su respuesta cuando le pregunté cómo, como sociedad, podríamos seguir ampliando esta conversación y ayudar a que los hombres normalicen sus temas emocionales. Me dijo algo tan simple como profundamente poderoso: “tenemos la muy mala costumbre de pensar que si no hacemos algo sumamente grande y grandilocuente, entonces no tiene validez (...) es dedicarle tu tiempo realmente a alguien que lo necesite. Decir: voy a apagar 20, 30, 45 minutos mi celular para dedicarte tiempo a ti. Hablemos”.
Hemos olvidado que algo tan simple como escuchar puede salvarle la vida a alguien o, al menos, aliviarle el peso que lleva encima. En un mundo atrapado por las pantallas y la velocidad, regalar presencia parece haberse convertido en uno de los actos de amor más grandes que existen.
“Hablar se nos ha olvidado. Y por eso es que el podcast es tan fantástico porque es solamente una conversación. Y no puede tener más valor una conversación que yo tenga con Andrés Parra que la que pueda tener un hombre x con su primo en su casa esta noche”.
Cuánta razón hay en eso. Hemos olvidado que algo tan simple como escuchar, puede salvar la vida de alguien o simplemente ayudarle a aliviar la carga emocional que lleva. Darnos presencia. En un mundo donde estamos atrapados por los aparatos tecnológicos, dedicar presencia pareciera ser uno de los actos de amor más grandes que hay.
“Qué tal si todo el mundo y todas las familias simplemente dijeran: “chicos, ¿saben qué? No veamos televisión esta noche, hablemos, o si no hay nada que decir, estemos en silencio, pero estemos presentes en este momento. Hay demasiadas distracciones (...) y nos hemos olvidado simplemente de eso”.
La presencia también cuida.
Decir en voz alta lo que duele, lo que pesa, lo que sentimos que nos hunde, lo que no sabemos cómo manejar, muchas veces ya es comenzar a sanar. Pero escuchar salva. Escuchar acompaña, sostiene. Le recuerda a los demás que no están solos. En un mundo lleno de ruido, de distracciones y apariencias, prestar atención genuina se ha convertido en un acto humano.
“La mayoría de veces la gente ni siquiera está buscando resolver los problemas, simplemente está buscando un espejo, un parlante donde pueda oírse a sí mismo pensar, porque a veces estamos tan aturdidos por esos pensamientos que ni siquiera los podemos poner en palabras. A veces lo único que necesitamos es que una persona nos oiga y podamos desenredar esos pensamientos para poder hablarlos (...). Si prestas realmente atención cuando alguien está hablando, te das cuenta en los ojos, en la voz, en cómo uno cambia la intención de lo que está diciendo, uno se da cuenta. Lo que pasa es que no dedicamos tiempo”. .
Tal vez no podamos arreglarles la vida a quienes amamos, ni deberíamos pretender hacerlo. Tal vez no siempre tengamos las palabras perfectas. Muchas veces podremos sentir que no sabemos qué decir. Pero sí podemos estar. Sí podemos ofrecer nuestra presencia. Sí podemos escuchar. Sí podemos abrir una conversación.
Y hoy, en estos tiempos, eso ya es muchísimo.
Porque sí: hablar alivia.
Pero escuchar salva.