Colombia en cuenta regresiva: tres semanas para sumar o cuatro años para arrepentirse
Esa desconexión entre lo que se promete y lo que realmente pasa es la que hoy tiene a Colombia cansada.
08:00 a. m.
Colombia está a punto de cometer el error político más costoso de la década y lo está haciendo con los ojos abiertos. La polarización incesante de una oposición que no aprende a sumar le está entregando en bandeja la presidencia a un solo extremo. Después del 31 de mayo, el arrepentimiento puede ser irreversible.
No es una lectura ideológica, es una realidad que empieza a tener sustento en los datos después de cuatro años de promesas incumplidas: Colombia sigue entre los países de la OCDE con mayor desempleo, el desempleo juvenil no cede informalidad por encima del 55%, inversión extranjera en su punto más bajo en 5 años y masacres que aumentaron un 120%. Pero más que las cifras, lo que más pesa es la percepción de un país que no avanza al ritmo que necesita. Esa desconexión entre lo que se promete y lo que realmente pasa es la que hoy tiene a Colombia cansada. Y en ese cansancio han vuelto a ganar terreno los extremos, que ofrecen respuestas fáciles a problemas complejos. Unos apelan a la emoción sin estructura, otros al orden sin sensibilidad, pero ambos caen en lo mismo: están simplificando el país.
En medio de ese escenario, empieza a tomar forma una apuesta distinta: la de quienes entienden que Colombia no se arregla desde peleas y gritos, sino desde la capacidad de sumar. Una fórmula que no oculta las diferencias, sino que las convierte en fortaleza. Suman desde la diferencia sin fingir que no existe. De un lado, una trayectoria política y legislativa sólida, años de debate, control y posiciones claras. Del otro, rigor técnico, datos y una forma distinta de entender el país desde la evidencia. Son distintos, lo admiten, y eso precisamente es lo que los hace interesantes. En un país que lleva años creyendo que la política es un deporte de camisetas, Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo salen a decir que se puede gobernar desde el desacuerdo respetuoso y el acuerdo en lo fundamental. Eso no es debilidad, es madurez política, y Colombia lleva años necesitándola.
Ese llamado a sumar es urgente cuando se mira con detalle la más reciente encuesta de Invamer. Hoy Iván Cepeda lidera con 44,3% de intención de voto, seguido por Abelardo de la Espriella con 21,5% y Paloma Valencia con 19,8%. La fotografía es clara: un candidato muy arriba y una oposición fragmentada. Y cuando alguien se acerca al 45% en primera vuelta, la fragmentación deja de ser un problema interno de las campañas y se convierte en un riesgo para todo el país. Pero la misma encuesta también muestra una salida: Paloma Valencia es la candidata que más crece, al pasar de cerca del 10% al 19,8%, y en una eventual segunda vuelta es quien queda más cerca de Cepeda, con 46,6% frente a 51,2%. Eso significa que no todo está escrito. Si Colombia logra sumar alrededor de una alternativa seria, competitiva y con capacidad de unir sectores distintos, todavía hay una opción real de evitar que los extremos definan solos el futuro del país. En este sentido, la pregunta es: ¿seguimos dividiendo el país o por fin nos atrevemos a sumar entre distintos?
Esa necesidad de criterio se vuelve urgente cuando habla de la política de seguridad. La mal llamada “Paz Total” fue el emblema más ambicioso de este Gobierno y su fracaso más costoso. Lo que empezó como una apuesta por la negociación terminó siendo un cheque en blanco firmado a grupos que no tienen motivación política sino económica y sanguinaria: narcotráfico, extorsión, control territorial. Tan solo en el fin de semana del 25 de abril, Colombia presenció 31 ataques atribuidos a disidencias bajo el mando de Iván Mordisco, en los que fallecieron 21 civiles y hay más de 50 heridos. Y frente a esa tragedia, lo mínimo que Colombia merece no son excusas ni teorías para desviar la responsabilidad, sino claridad: esta política fracasó. Cuando se les entrega tiempo, legitimidad y espacio a grupos armados y narcotraficantes sin exigir sometimiento real, quienes se fortalecen son ellos y quienes pagan son los civiles. Recuperar la seguridad exige dejar de maquillar el desastre y asumir que negociar sin autoridad no construye paz, sino impunidad.
También hay un punto que vale la pena poner sobre la mesa: el tipo de liderazgo que necesita Colombia. Durante años, la política ha estado dominada por las mismas dinámicas, las mismas voces y, en muchos casos, los mismos resultados. Hoy hay una posibilidad real de ver un liderazgo distinto, firme, preparado. En un país donde las mujeres representan el 51% del electorado, donde somos mayoría en las universidades y seguimos siendo minoría en los espacios de poder, tener a una mujer compitiendo con posibilidades reales para llegar a ser la primera presidenta no es un dato menor. No como un gesto simbólico, sino como una expresión de que el país también puede renovarse en la forma en que se ejerce el poder. Ese techo vale la pena romperlo.
Pero más allá de los perfiles, lo que realmente importa es si hay propuestas serias. Y ahí se empieza a notar una diferencia clara. Mientras muchas campañas generalizan y solo muestran un “catálogo de buenas intenciones”, aquí hay un plan concreto: 60.000 nuevos policías y militares con tecnología y ciberinteligencia; juzgados rápidos para que la justicia no sea cuello de botella; ahorro pensional desde el nacimiento; resolución inmediata de 10 millones de atenciones de salud represadas; internet en todo el territorio; reducción de tarifas del impuesto de renta empresarial; una política para combatir la informalidad; no premiar con cargos a los bandidos de cuello blanco. Son propuestas que se pueden discutir, ajustar, cuestionar, pero existen y son verificables.
En contraste, preocupa que en medio de una coyuntura tan delicada, haya candidatos que eviten el debate o lo condicionen, como Iván Cepeda, que estuvo meses negándose a debatir. Cuando finalmente aceptó, lo hizo con condiciones amañadas: limitando temas, sin hablar de seguridad, sin candidatos del centro y moderadores a su medida. Es evidente que lanzó un reto con condiciones que sabe que no van a ser aceptadas, para dar la impresión de que estuvo “dispuesto” a debatir. Un candidato que le pone condiciones a los colombianos para verlo debatir es antidemócrata y no está listo para gobernar un país que necesita rendición de cuentas permanente.
Al final, esto no se trata de afinidades personales ni de lealtades ideológicas. Se trata de evaluar quién puede enfrentar este momento con seriedad, criterio y capacidad de ejecución. Colombia necesita salir de la polarización sin caer en la indiferencia, recuperar el orden sin perder la sensatez y volver a tener un Estado que funcione. Con convicción y sin dudar, mi decisión es clara: creo en una fórmula que combina experiencia política, rigor técnico y la capacidad de construir desde la diferencia sin dividir al país. Por eso, mi apoyo es para Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo. No como un acto de fe, sino como una apuesta por devolverle dirección, estabilidad y sentido a Colombia.