Elecciones en medio del desencanto: votar con criterio o repetir la frustración

El próximo domingo 8 de marzo millones de colombianos no solo marcarán un tarjetón; tomarán una decisión sobre el rumbo institucional del país en un momento que exige serenidad y responsabilidad.


Gloria Díaz
marzo 04 de 2026
02:17 p. m.
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Hoy más del 70% de los ciudadanos afirma que piensa ir a votar, pero al mismo tiempo el 58% dice estar insatisfecho con la democracia. Además, cerca del 60% considera que el país va por mal camino y menos de la mitad siente que la democracia funciona bien. Esa combinación es fuerte: queremos participar, pero no estamos conformes. No es apatía, es inconformidad. Y la inconformidad bien canalizada es una fuerza democrática poderosa. Esa sensación no puede quedarse en queja; debe convertirse en un voto más exigente y en decisiones más responsables. Si no estamos satisfechos, este es el momento de demostrarlo con criterio en las urnas.

También es cierto que, aunque la mayoría cree en las elecciones como mecanismo legítimo, la credibilidad en los candidatos es baja: apenas cerca del 18% confía en los partidos políticos, y menos del 30% cree que el Congreso responde a las necesidades de la gente. Muchos sienten que las promesas se repiten, que los escándalos se acumulan y que las decisiones no siempre responden al interés general. Cuando el voto se mantiene, pero la confianza en las personas disminuye, el riesgo es votar por rabia o por rechazo. ¿Queremos elegir desde el cansancio o desde la responsabilidad? Nuestra historia nos ha demostrado que elegir solo por impulso casi siempre termina aumentando la frustración. Por eso, esta vez el voto tiene que ser una herramienta de corrección, no de desahogo.

Además, la corrupción sigue siendo uno de los factores que más deteriora la confianza. Alrededor del 72% de los colombianos considera que la corrupción está extendida en el sector público y que los funcionarios actúan en beneficio propio. Es decir, casi 7 de cada 10 personas sienten que quienes ocupan cargos públicos no priorizan el interés general. Esa cifra no es menor. Cuando más de dos tercios del país cree que las reglas no se cumplen igual para todos, la democracia pierde legitimidad. Por eso el voto de este 8 de marzo no puede ser automático. Tiene que ser consciente, informado y crítico. Y, sin lugar a dudas, tiene que premiar la coherencia y castigar la trampa.

Por otra parte, los jóvenes muestran mayores niveles de escepticismo frente a los partidos tradicionales y a la política en general. Esa distancia es preocupante. Si una generación entera siente que no vale la pena participar, otros decidirán por ella. ¿Queremos un Congreso elegido sin la voz de quienes heredarán el país? Pero también es una oportunidad: si participa con criterio y exige coherencia, puede elevar el nivel de la discusión pública. La renovación democrática no depende solo de cambiar nombres; depende de cambiar prácticas y de que más ciudadanos asuman que su voz pesa.

En consecuencia, este 8 de marzo no se trata únicamente de elegir un Congreso. Se trata de elegir quién va a debatir reformas estructurales, quién va a ejercer control político, quién va a vigilar el uso del presupuesto y quién va a responder cuando las cosas no se hagan bien. En un país donde el 58% está insatisfecho con la democracia, el Congreso que resulte elegido tendrá la tarea de reconstruir confianza. Esa reconstrucción que tanto añoramos empieza en las urnas. Y la confianza no se recupera con discursos emotivos; se recupera con transparencia, con rigor y con resultados concretos.

Ahora bien, el hecho de que más del 7 de cada 10 colombianos manifiesten intención de votar demuestra que la ciudadanía no ha renunciado al sistema democrático. Esa es una señal positiva. La pregunta no es si vamos a participar, sino cómo lo vamos a hacer ¿Vamos a votar por costumbre o por convicción? Si votamos para repetir lo que nos ha generado desconfianza, nada cambiará. Si votamos premiando la ética, la preparación y la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, podemos empezar a corregir el rumbo. Cada voto puede elevar o degradar el estándar de la política.

No podemos normalizar que más de la mitad del país esté inconforme con la democracia. Tampoco podemos resignarnos a que la desinformación y el cansancio decidan por nosotros. Participar implica revisar trayectorias, contrastar propuestas y evaluar comportamientos pasados. Implica entender que el voto es una herramienta de poder ciudadano, de ninguna manera es un favor a un candidato, sino una responsabilidad con el país.

Por tanto, el 8 de marzo no es un trámite ni una fecha más en el calendario electoral. Es una decisión directa sobre qué tipo de país vamos a permitir y qué tipo de política estamos dispuestos a respaldar. Si sabemos que la confianza está debilitada, la respuesta no es la resignación ni el cinismo. Es votar mejor. Es exigir más. Es elevar el estándar. La democracia no se corrige con discursos; se corrige con decisiones en las urnas. El país no cambia solo y tampoco cambia desde la queja. Cambia cuando usted participa, cuando vota con criterio, cuando entiende que su voto sí puede cambiar el rumbo. Este 8 de marzo no se trata solo de elegir; se trata de asumir responsabilidad. Y esa responsabilidad empieza marcando el tarjetón con conciencia y convicción.

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