Nobel clásica con sentimiento moderno: Anne Carson
La Academia sueca esta vez hizo caso omiso de las insidiosas voces del comercio literario y juzgó que quien merecía el nobel.
04:23 p. m.
«Tienes demasiada gente para que yo entregue a Madián en sus manos. A fin de que Israel no vaya a jactarse contra mí y diga que su propia fortaleza lo ha librado…”»
(Jueces 7: 2)
Estoy feliz, sí, porque la Academia sueca esta vez hizo caso omiso de las insidiosas voces del comercio literario y juzgó que quien merecía el nobel este año era la canadiense Anne Carson; claro, conservó la tendencia de género para que el feminismo no diga que el premio es machista, pero es que esto no es lo importante porque, sea hombre o mujer, debe otorgarse a quien tenga una obra que se destaque, y la de Carson, que no es una poeta pura como muchos creen sino una formidable narradora que escribe con música y versos, descuella precisamente por ser diferente.
Celebro el galardón porque, sin odiosas discriminaciones de género, la narradora norteamericana se aparta del ruido del mundillo literario y escribe como quiere. El reconocimiento es una bofetada a quienes hoy todavía pregonan desde orillas editoriales que la literatura fragmentaria no le importa a nadie o “no vende”, como dicen ellos. Hoy más que nunca se vale escribir de manera no lineal, porque la vida misma, desde su origen, es una totalidad hecha de fragmentos. ¿Quién dijo que escribir o leer historias sin seguir la dulce y cómoda línea del tiempo o de los acontecimientos es lo único válido y correcto? Por el contrario, no entregarle al lector todo masticado es respetarlo e inducirlo a pensar, a desentrañar la trama, a emocionarse con el relato y a generar preguntas que no solo es posible resolver con el suspenso manipulado de los narradores tradicionales. Recojo este consejo que la propia autora nos deja a los escritores de hoy: “Comiencen por la mitad”.
Dicho esto, voy a justificar por qué Anne Carson merecía el Nobel. Primero, porque es una delicia leerla, la musicalidad de sus novelas en verso, sus digresiones desde y hacia el pasado clásico, especialmente el mundo griego, y esas vueltas hacia la modernidad de lo que está contando, la hacen excepcional. A nadie más se le ocurriría como a ella, en su Autobiografía de rojo, que el mito de Gerión, un gigante de tres torsos y tres cabezas, dotado de una fuerza descomunal y dueño de un envidiable rebaño de vacas rojas en una apartada isla y la arriesgada aventura marítima de Heracles para arrebatarle el ganado, pudiera ser el magnífico pretexto literario para hablarle al lector de la ambición y el poder que se parecen tanto al mundo actual. Y otra vez, como en la Odisea de Homero, tan de moda por la película, ese mito emulado por los griegos procede de capítulos del Antiguo Testamento en los que Dios, en el Libro de Números, ordena un sacrificio de vacas rojas para purificar a Israel. En la tradición judía el color grana representa la vida, la sangre y el pecado. Y en el cristianismo, porque el Antiguo y el Nuevo Testamento no pueden ir separados, la roja sangre de Cristo, el último cordero inmolado, implica redención.
Pero la imaginación de la nueva nobel va más allá. En La belleza del marido, otra novela en verso, Carson relaciona la batalla de Borodinó ––que en la época de los zares enfrentó a las tropas de Alejandro I con la temible armada francesa cuando Napoleón avanzó sobre Rusia––, con las contiendas en la vida matrimonial. Y es que esa batalla es célebre, entre otras cosas, porque ni el poderoso Alejandro ni el temerario Napoleón salieron vitoriosos: errores estratégicos de un emperador enfermo y un zar que falló en sus cálculos, demasiada confianza de los dos en el poderío de sus ejércitos, todo falló. Y los dos debieron retroceder, poco más o menos, con el rabo entre las piernas, después de un horroroso e inútil baño de sangre. Otra vez, hay que remitirse, en esta ocasión al Libro de los Jueces, de nuevo en el Antiguo Testamento, para comprender que, tal como Dios lo permite, no es con despliegue de fuerzas sino con la voluntad divina como se ganan las batallas. El Señor menguó ostensiblemente el ejército de Gedeón, conformado por más de 30 mil hombres, y lo dejó en 300 para invadir el campo de los madianitas a plena noche, con cántaros de barro, pequeñas antorchas y sonidos de trompetas para confundir al enemigo y someterlo. «Entonces el Señor dijo a Gedeón: Con estos trescientos hombres que lamieron el agua os salvaré, y entregaré a los madianitas en tus manos; y váyase toda la demás gente cada uno a su lugar», afirma el texto sagrado. Retomo una respuesta de nuestra escritora cuando le preguntaron qué libros había leído en el último año para recomendarlos. “No leo sino libros publicados antes de Cristo”, sentenció.
Carson nos pone a pensar en su novela que entre el desbordado amor a su marido y las encendidas contiendas con él, solo corre un hilo delgado de donde pende la vida matrimonial y que el que gana en esas peleas no es necesariamente el que tiene más fuerza o poder, o el que grita más, y que el amor es más estratégico y generoso, tal vez como el sorbo de agua entre las manos que Dios le permitió beber a los 300 valientes que acompañaron Gedeón en la victoria.