Retos entre adolescentes, otra forma de matoneo

No es gratuito que los antagonistas de esta historia sean jóvenes. La mente de los adolescentes está dispuesta y dotada neuronalmente para el comportamiento grupal.


Hernán Estupiñán
febrero 18 de 2026
07:59 p. m.
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"Después subió de allí a Bet-el; y subiendo por el camino, salieron unos muchachos de la ciudad, y se burlaban de él, diciendo: ¡Calvo, sube! ¡calvo, sube!”
(2 Reyes 2: 23)

El pasaje bíblico narra cómo unos jóvenes se burlaron del profeta Eliseo llamándolo "calvo". Eliseo iba de Jericó a Betel, poco después de que Elías, su mentor, subiera al cielo. Quizás por esto el grupo de muchachos le gritaba: "¡Sube, calvo!, ¡sube, calvo!", lo que desencadenó de inmediato una maldición divina. Antes de contarles cuál fue concretamente el desenlace, el episodio me sirve para ilustrar cómo una burla puede traer consecuencias trágicas.

Desde luego, no es gratuito que los antagonistas de esta historia sean jóvenes. La mente de los adolescentes está dispuesta y dotada neuronalmente para el comportamiento grupal. La presión social es la que incita y obliga a un muchacho a hacer lo que diga el parche o la manada con tal de no ser excluido. Según un estudio del Laboratorio de Economía de la Educación de la Universidad Javeriana, 32,3% de estudiantes reporta haber sufrido algún tipo de “bullyng” en la escuela y esto incluye burlas, empujones, amenazas. Y adivinen qué: exclusión.

Por lo general la anulación surge asociada a un reto: “Debes hacer esto o aquello si quieres ser de los nuestros”. El reto no solo implica presión sino exposición en redes sociales o, muchas veces, riesgo físico. Forzar a alguien a hacer algo incómodo o riesgoso para pertenecer o demostrar que no soy inferior al resto, o difundir videos sin consentimiento, son conductas que tristemente se han vuelto frecuentes, por no decir “normales”.

Acabo de leer un libro, aparentemente ligero, cuya historia transcurre en el ambiente de un colegio de bachillerato en el que una “inofensiva” reunión de compañeras y una broma pesada desata todo un drama. Lucía se convierte en el blanco de sus amigas que le toman una foto mientras ella se cambia de ropa, alguien presiona la tecla enviar desde su celular y la imagen corre como pólvora. El relato tiene otro protagonista, Antonio, que también es víctima de “bullyng” por parte de su tío, con quien debe vivir mientras su mamá busca salir adelante en otro país. La novela de la ecuatoriana María Fernanda Heredia, escrita con una prosa sencilla, y a veces poética, se llama “La lluvia sabe por qué” pues, como anotan los editores de Norma, “Lucía y Antonio solo tienen una cosa en común: la soledad. Una fuerte tormenta en la ciudad será cómplice de su encuentro”.

Y como esta vez he escogido a dos ecuatorianas, aquí va mi segundo libro recomendado: “Mandíbula” de Mónica Ojeda, de la editorial española Candaya. Aunque el centro de la historia es el secuestro de Fernanda, una estudiante de secundaria a manos de su profesora de Lengua y Literatura, llama la atención que el desencadenante hayan sido los extraños juegos de Annelise, la mejor amiga de Fernanda, quien empuja al grupo durante sus visitas vespertinas a un edificio abandonado donde exploran la naturaleza de la violencia y del terror por medio de desafíos que empiezan de forma inocente, pero que con el pasar del tiempo tornan en ritos cada vez más perversos. Otra vez, los retos transformados en material de rebeldía y presión grupal. ¿Hasta dónde son capaces de llegar estas adolescentes con su exploración de duelos y juegos siniestros?, ¿A dónde puede conducir la indagación del terror? Uno de tantos comentarios que mereció el libro de Ojeda reflexiona que “Cuando la crueldad de Fernanda y Annelise empieza a tocar a Clara, la profesora, los hechos que desembocan en el secuestro de Fernanda empiezan a sucederse en una rápida espiral marcada por la capacidad innata del ser humano para causar daño”.

Se suele decir, “Ah, pero si es simplemente un reto”. Pues no, no es simplemente un reto. Con frecuencia, los casos de matoneo derivan en ansiedad, depresión, baja autoestima y mayor riesgo de ideas suicidas en adolescentes o, incluso, de inducción a cometer delitos.

En Colombia ha habido debates para tratar de atajar, mediante normas legales, la larga sombra del acoso en colegios y escuelas y controlar el insensato rol de los desafíos adolescentes. Datos llevados a discusión en el Concejo de Bogotá, revelan que el Sistema de Convivencia Escolar reportó en un solo año más de tres mil casos. Claro, el colegio es habitualmente el laboratorio “ideal” para tales experimentos, pero los papás no podemos delegarles semejante responsabilidad a directivas y profesores.

El pasaje bíblico que mencioné al comienzo, a menudo se interpreta como un castigo divino y severo ante la rebelión y el desprecio público hacia un representante de Dios. Ahora sí revelo el desenlace: El profeta Eliseo maldijo a los muchachos que se burlaron de él por decirle ¡Calvo, sube! y dos osos salieron del bosque y atacaron a 42 de ellos. No debemos esperar hasta que suceda la tragedia. Los postulados morales de la casa, del hogar, la corrección a tiempo, el diálogo: no para reprender sino para mostrarles a nuestros hijos las posibles consecuencias, o en ocasiones el rigor, sin recurrir al castigo físico, pueden evitar finales trágicos.

Las historias bíblicas no son apenas moralejas, hay que tomarlas en serio.

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