¿Los proplayers están arruinando la forma en que jugamos videojuegos?
Hablemos de la obsesión por la eficiencia en los videojuegos actuales.
11:48 a. m.
¿En qué momento pasamos de disfrutar los videojuegos como una simple experiencia de entretenimiento a convertirlos en un espacio donde se mide quién es el mejor, quién domina un competitivo o quién termina más rápido una entrega, tal y como ocurre con los speedrunners?
La competitividad en los videojuegos no es algo nuevo. Desde la época de los arcades, en plena llamada Edad de Oro, ya existían torneos alrededor de títulos como Space Invaders o registros como los de Twin Galaxies, donde comenzaron a surgir jugadores enfocados en perfeccionar patrones, optimizar partidas y romper récords. Aquellos primeros perfiles competitivos fueron, en cierta forma, los antecesores de lo que hoy conocemos dentro del gaming profesional.
Con el paso del tiempo, y especialmente con la llegada de estructuras más sólidas como los E-Sports y la expansión del internet, el alcance de los jugadores que se dedican de manera profesional o semiprofesional al gaming creció de forma significativa.
En ese contexto, la influencia de los jugadores altamente competitivos es cada vez más visible dentro de las comunidades. Sus formas de entender el juego, centradas en la eficiencia, el rendimiento o la optimización, influyen directamente en la forma en que parte de la comunidad interpreta la experiencia de juego.

La dictadura de la eficiencia
Ahí aparece una tensión constante. El problema, por supuesto, no está en los proplayers en sí mismos, quienes simplemente llevan las mecánicas del juego a su máximo nivel profesional, sino en cómo esa lógica de la eficiencia y el rendimiento empieza a asumirse por el resto de la comunidad como la única forma válida de jugar, funcionando como un filtro para juzgar a los demás.
En ese proceso, el jugador casual puede quedar en una posición incómoda. Esto se refleja en dinámicas bastante comunes dentro de las comunidades online, donde no es extraño que se generen críticas apresuradas o comentarios que descalifican estilos de juego distintos.

En muchos casos, la experiencia deja de centrarse únicamente en el disfrute compartido y pasa también a estar atravesada por la evaluación del rendimiento, cayendo incluso en prejuicios sobre cómo se percibe a la persona dentro del entorno o en la tendencia a encasillar a ciertos jugadores bajo etiquetas como “gamer por moda”.
El verdadero valor de jugar
Al final, esta discusión no busca cuestionar la competencia dentro de los videojuegos ni el valor de quienes buscan mejorar o dedicarse profesionalmente a ellos. La competencia ha sido parte del desarrollo del gaming y ha permitido el surgimiento de nuevas escenas, comunidades y formas de entretenimiento. Sin embargo, no todos juegan con los mismos objetivos ni buscan el mismo tipo de experiencia dentro de un videojuego.
En mi caso, he tenido un acercamiento al gaming desde etapas tempranas, comenzando con los arcades como principal forma de juego y luego explorando consolas como PlayStation, Xbox y Nintendo, además del PC, incluso antes de que el gaming en computadora se popularizara masivamente.

Hoy sigo viendo los videojuegos como lo que han sido desde el principio para mí: un espacio de disfrute, exploración y desconexión. No necesariamente un lugar para demostrar algo en cada partida ni para ajustarse a una única forma “correcta” de jugar. Y quizá ahí está el punto que a veces se pierde en la conversación actual del gaming: no existe una única manera válida de jugar.