¿Incluidos, para qué?
Millones de colombianos siguen fuera del sistema financiero, y muchos de los que figuran dentro, lo hacen de manera apenas simbólica.
05:21 p. m.
Colombia puede decir, con orgullo, que avanzó en inclusión financiera. El 86,3 % de los adultos tiene hoy acceso a por lo menos un producto financiero. La cifra impresiona. Pero la pregunta incómoda es inevitable: ¿qué significa estar incluido cuando esa inclusión no cambia la vida de las personas?
Porque detrás del número hay una realidad menos cómoda. Millones de colombianos siguen fuera del sistema, y muchos de los que figuran dentro, lo hacen de manera apenas simbólica. Tienen una cuenta, sí. Pero no crédito oportuno, no acompañamiento, no herramientas reales para progresar. Inclusión que no genera oportunidades termina siendo solo estadística.
La brecha se vuelve aún más evidente cuando miramos el territorio. Mientras en las ciudades el acceso financiero alcanza el 89,3 %, en las zonas rurales apenas llega al 53,4 %. Es allí —en el campo, donde se produce buena parte de la riqueza del país— donde la inclusión financiera sigue siendo fragmentada, distante y, en muchos casos, inexistente. No es solo una desigualdad económica; es una brecha social que perpetúa la exclusión.
Sin acceso efectivo a crédito, ahorro y herramientas útiles para el desarrollo productivo, millones de personas continúan atrapadas en la informalidad y la vulnerabilidad. Hablamos de desarrollo, pero dejamos por fuera a quienes más lo necesitan. No basta con abrir cuentas si no abrimos caminos.
Por eso, la inclusión financiera no puede medirse únicamente por cobertura. Debe medirse por impacto. Por su capacidad de transformar proyectos de vida y fortalecer economías locales. En los territorios rurales, el crédito no responde a fórmulas estandarizadas: responde al clima, a las cosechas, a los ciclos del comercio, y, sobre todo, a la confianza que se construye con el tiempo.
En este punto, también es necesario replantear la educación financiera tradicional, excesivamente técnica y alejada de la realidad cotidiana. De poco sirve enseñar conceptos financieros si no se traducen en decisiones prácticas que mejoren los ingresos y reduzcan los gastos. La verdadera educación financiera debe centrarse en productividad, en negocio, en cómo vender mejor, comprar mejor, administrar con criterio y convertir el esfuerzo diario en mayor rentabilidad. No desde la teoría, sino desde la práctica que realmente impacta el bolsillo y la vida de las personas.
La tecnología es una aliada poderosa, pero no reemplaza la cercanía. Una inclusión financiera auténtica exige presencia, conocimiento profundo de las comunidades y acompañamiento constante. El acceso, cuando no se articula con productividad y generación de ingresos, puede incluso profundizar la vulnerabilidad; cuando se conecta con propósito, se convierte en una palanca real de movilidad social.
Colombia necesita dar un paso más. Pasar de contar usuarios a generar bienestar real; de sumar cifras a comprender territorios; de hablar de inclusión a asumirla como una responsabilidad concreta con quienes aún no sienten que el sistema juegue a su favor.
Porque la verdadera inclusión financiera no se mide por cuántas cuentas se abren, sino por cuántos proyectos de vida logran sostenerse y crecer. Si la inclusión no aumenta ingresos, no reduce la fragilidad y no amplía opciones reales, entonces no es inclusión: es una ilusión estadística. Y un país no puede construirse sobre ilusiones, sino sobre oportunidades que se noten en la vida cotidiana de su gente.