Una apuesta que marche sobre rieles

La reactivación de los ferrocarriles a la que apunta Colombia no debería dejar de lado un tema primordial: su ciberseguridad.


Enrique Fenollosa
junio 24 de 2026
04:54 p. m.
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Colombia vuelve a mirar al tren como una apuesta de país. La publicación —hace casi un mes— del borrador del CONPES de modernización ferroviaria, con más de $21 billones en inversiones comprometidas y la meta de elevar la red férrea operativa del 36 % actual a más del 75 % después de 2035, marca un punto de inflexión. En un país donde la carga depende demasiado de las carreteras, reactivar el ferrocarril es una decisión económica, ambiental y estratégica.

El tren —como ya ha comprobado en otras latitudes— reduce costos logísticos, descongestiona vías, baja emisiones y conecta regiones productivas con puertos y centros urbanos. También puede ayudar a que Colombia piense su transporte como un sistema intermodal y no como una suma de urgencias viales.

Pero el entusiasmo por los rieles no debería ocultar una pregunta incómoda: ¿qué tan preparada está Colombia para proteger digitalmente el sistema ferroviario que quiere construir? El tren moderno ya no es solo acero, rieles y locomotoras; es señalización automatizada, sensores, comunicaciones, telemetría, sistemas de energía, plataformas de recaudo y centros de control que conectan tecnologías de información con tecnologías operacionales. Esa convergencia mejora la eficiencia, pero también amplía la superficie de posibles ciberataques.

La ciberseguridad ferroviaria no es una preocupación futurista. En el mundo, los operadores ya enfrentan ransomware, intrusiones en sistemas de señalización, ataques a plataformas de venta de tiquetes, explotación de proveedores y amenazas contra redes industriales. En el peor escenario, un incidente digital no solo expone datos: puede afectar la continuidad del servicio, alterar información operativa y poner en riesgo la seguridad física de pasajeros, trabajadores y carga.

Ahí está la diferencia entre proteger una página web y proteger un ferrocarril. En una infraestructura crítica, la frontera entre lo digital y lo físico se vuelve porosa. Un acceso remoto mal configurado, una actualización defectuosa o una contraseña compartida por un contratista pueden tener consecuencias que trascienden el computador. Si la seguridad no se diseña desde el inicio, corregirla después será más caro y potencialmente insuficiente.

Así como Colombia debería tener en cuenta este punto, América Latina debería tomar nota. La región proyecta inversiones ferroviarias de gran escala para reducir la huella ambiental, integrar territorios y mejorar la resiliencia logística. Sin embargo, parte de esa modernización ocurrirá en países con capacidades institucionales desiguales, escasez de talento en ciberseguridad industrial y marcos regulatorios fragmentados. Si el continente instala trenes inteligentes sin gobernanza digital inteligente, puede cambiar un rezago por otro.

Colombia tiene una ventaja: está a tiempo. Como la red férrea se encuentra en recuperación y expansión, el país puede incorporar exigencias de ciberseguridad desde las licitaciones, los diseños, los contratos de operación y los esquemas de mantenimiento. Cada proyecto debería incluir evaluación de riesgos OT, segmentación de redes, autenticación robusta, monitoreo continuo, planes de respuesta a incidentes, pruebas a proveedores y formación permanente del personal operativo.

También conviene mirar estándares internacionales sin copiarlos mecánicamente. Europa avanza hacia marcos más exigentes de resiliencia digital para sectores esenciales, con responsabilidades para fabricantes, operadores e integradores durante todo el ciclo de vida tecnológico. Colombia puede adaptar buenas prácticas y coordinar a las entidades del sector transporte, operadores, proveedores, academia y autoridades de ciberseguridad para que la seguridad operacional y la seguridad digital se entiendan como dos caras del mismo sistema.

El país ya aprendió que la infraestructura no se mide solo por la obra inaugurada, sino por su capacidad de operar de manera confiable. En el siglo XXI, esa confiabilidad incluye resistir ataques digitales, recuperarse rápido y mantener la confianza ciudadana. Un tren detenido por un derrumbe es una tragedia logística; un tren detenido por un ransomware evitable sería, además, una falla de previsión.

Por eso, el CONPES ferroviario debería leerse como algo más que una hoja de ruta de inversión. Es una oportunidad para definir qué infraestructura quiere construir Colombia: una que recupere el atraso del pasado y anticipe los riesgos del futuro. Si el tren vuelve, debe hacerlo bien: integrado, sostenible, competitivo y seguro. La soberanía de un país ya no se juega únicamente en carreteras, puertos o rieles. También se juega en las redes invisibles que los mantienen en movimiento.

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