Entre el reciclaje político y la frustración ciudadana, los extremos ganan terreno
El Congreso ya fue elegido y ahora empieza la decisión que de verdad puede torcer o corregir el rumbo del país, la presidencial. Lo grave es que estas legislativas no dejaron tranquilidad, dejaron una advertencia seria. Cuando el sistema se pudre y la gente pierde la confianza, los extremos no tardan en crecer y en venderse como salida.
02:07 p. m.
Colombia volvió a las urnas y, aunque muchos quieren vender estas elecciones como un avance, la realidad es más compleja de lo que parece a simple vista. Sí, votamos más: la participación superó el 50% y los votos nulos disminuyeron frente a 2022, lo que refleja un ciudadano más atento, más informado y más consciente del valor de su voto. Pero eso no puede leerse como una celebración automática. No estamos ante una democracia fortalecida por entusiasmo, sino ante una ciudadanía que participa desde el cansancio, desde la preocupación y, en muchos casos, desde el miedo a que las cosas empeoren. Más de 41 millones de colombianos estaban habilitados para votar, y aun así casi la mitad del país sigue al margen del sistema. Eso no es menor, es la evidencia de una democracia que funciona en lo formal, pero que sigue teniendo una deuda enorme en legitimidad.
Cuando uno deja de mirar el color de los logos y se concentra en la calidad de lo que salió de las urnas, aparece una verdad que debería indignar a cualquier ciudadano: Colombia volvió a premiar buena parte de lo peor de su política. La Fundación Paz y Reconciliación documentó 195 candidaturas cuestionadas antes de las elecciones; de esas, 87 terminaron electas. Y no estamos hablando de casos aislados ni de un par de nombres incómodos: 45 de esos 87 elegidos, es decir el 51,1 %, tienen vínculos o cercanía con clanes políticos; además, los seis partidos con más cuestionados concentran el 81,8 % de ese total. Como si no bastara, más del 30 % del nuevo Congreso tiene algún tipo de cuestionamiento, y 30 clanes o estructuras de poder lograron meter al menos uno de los suyos al Capitolio. Eso no es renovación democrática, eso es reciclaje del poder con maquillaje electoral. Mientras millones de ciudadanos hacen fila, madrugan, se informan y votan con la esperanza de corregir el rumbo, el sistema sigue encontrando cómo colar a los mismos de siempre, con las mismas prácticas de siempre. Por eso la desconfianza no nace del cinismo ciudadano, nace de la realidad, porque el mensaje que recibe la gente es devastador: usted puede votar mejor, pero la maquinaria sigue votando más fuerte.
Ahora bien, el resultado no le entregó el control total del país a nadie. El Congreso que se configura es, nuevamente, fragmentado, diverso y obligado a negociar. Y eso, aunque para algunos resulte incómodo, es una señal importante. Colombia no votó por un poder concentrado, votó por un equilibrio. Un equilibrio que exige acuerdos, que obliga a construir mayorías, que impide que una sola visión se imponga sin discusión. El problema es que nuestros liderazgos no han estado a la altura de ese mandato. Llevamos años viendo una política que se alimenta de la confrontación, que convierte cada diferencia en una guerra moral y que ha olvidado que gobernar implica ceder, escuchar y construir con otros. En ese contexto, un Congreso fragmentado puede ser una oportunidad… o puede convertirse en un escenario de bloqueo permanente.
Con ese telón de fondo entramos a la elección presidencial, y ahí es donde el riesgo se vuelve aún más evidente. Hoy vemos un escenario con múltiples candidaturas, con encuestas que muestran un país dividido, pero sobre todo con discursos que se están radicalizando. Crecen las voces que prometen “acabar con todo”, que hablan de soluciones inmediatas, que ofrecen respuestas simples a problemas profundamente complejos. Y ese tipo de discurso conecta, porque hay rabia, frustración y una sensación extendida de abandono. Pero también es ahí donde empieza el verdadero peligro. Porque cuando la política se construye sobre la indignación, las decisiones terminan respondiendo más a la emoción del momento que a la responsabilidad de gobernar.
Aquí es donde vale la pena decir algo que incomoda, pero que es necesario: el populismo no es exclusivo de un sector político. No es sólo la izquierda cuando promete cambios sin sustento institucional o fiscal, ni es sólo la extrema derecha cuando vende orden sin explicar cómo se construye de manera sostenible. El populismo es una forma de hacer política que simplifica el país, que divide a la sociedad entre buenos y malos, que personaliza el poder y que promete soluciones rápidas para problemas que requieren procesos serios y sostenidos. Y Colombia ha sido especialmente vulnerable a esa lógica. Lo hemos visto en diferentes momentos de nuestra historia reciente, con distintos discursos y desde distintas orillas. El problema es que el resultado casi siempre es el mismo: expectativas infladas, instituciones debilitadas y una ciudadanía más frustrada.
A esto se suman las redes sociales, un factor que hoy tiene un peso enorme. La política dejó de ser un espacio de debate profundo para convertirse, muchas veces, en un escenario de confrontación permanente. Los candidatos que más crecen en visibilidad no son necesariamente los que tienen mejores propuestas, sino los que generan más interacción, más polémica, más ataques. Se premia el impacto inmediato, no la solidez. Se viraliza la indignación, no la solución. Y en ese entorno es muy fácil caer en una trampa peligrosa: creer que quien más grita es quien mejor puede gobernar. Pero gobernar un país como Colombia exige algo muy distinto: exige criterio, exige equipo, exige conocimiento y, sobre todo, exige carácter para tomar decisiones difíciles sin destruir lo que funciona.
Y, sin embargo, en medio de ese ruido, hay una señal que no deberíamos ignorar. Hay una ciudadanía que, aunque está cansada, también está cambiando. Una ciudadanía que empieza a desconfiar de los extremos, que quiere seguridad, pero no desde el odio, que exige cambios sociales, pero no desde la improvisación, que pide autoridad, pero con límites claros. Esa tensión, entre el hartazgo y la necesidad de sensatez, es la que va a definir la elección presidencial. Porque el país no está buscando un salvador, está buscando alguien que entienda la complejidad del momento, que no gobierne desde la rabia ni desde el cálculo político, sino desde la responsabilidad.
Al final, esta no es una elección más. Es una decisión sobre el tipo de liderazgo que queremos para Colombia en los próximos años. Si seguimos apostándole a la política de la polarización, del miedo y de las soluciones fáciles, vamos a repetir los mismos errores con resultados cada vez más costosos. Pero si somos capaces de exigir algo distinto, liderazgos firmes, sí, pero también sensatos, técnicos y profundamente humanos, podemos empezar a reconstruir la confianza que hoy está rota. Colombia no necesita más gritos desde el poder. Necesita dirección, equilibrio y una política que, en lugar de dividir, sea capaz de sostener y construir país.