Más de 14.000 colombianos intentaron suicidarse este año. ¿Y todavía creemos que estamos bien?
Las cifras no cuadran. 9 de cada 10 colombianos dice tener buena salud mental. Pero solo el 7 de cada 10 está satisfecho con su vida y, al mismo tiempo, el país ya registra más de 14.000 intentos de suicidio en lo que va de 2026.
12:19 p. m.
Esa contradicción no habla de una simple encuesta; habla de una sociedad que normalizó el malestar hasta el punto de confundir sobrevivir con estar bien.
Entre una cifra y la otra hay millones de colombianos que aparentemente funcionan, pero que no necesariamente viven bien. Es por esto por lo que la encuesta, presentada por el MinSalud, es la radiografía más completa que se ha hecho en una década sobre cómo viven los colombianos su bienestar emocional. Y lo primero que deja ver es que la salud mental dejó de ser un asunto de consultorio para convertirse en un espejo de las condiciones materiales en las que la gente sobrevive. Quien tiene con quién hablar cuando algo le duele reporta mayor satisfacción con su vida. Quien no lo tiene, aunque diga sentirse bien, arrastra un malestar que el país todavía no sabe nombrar ni medir con suficiente honestidad. Parece una conclusión sencilla, pero tiene un enorme peso político: tener con quién hablar, quién cuide a los hijos durante una crisis o quién acompañe una enfermedad puede marcar la diferencia entre afrontar un problema y sentirse completamente abandonado. Por eso la salud mental no puede seguir tratándose como una responsabilidad individual, como si bastara con pedirle a la gente que sea fuerte, piense positivo o aprenda a manejar sus emociones.
Las cifras clínicas confirman que esto no es una exageración o una moda. La prevalencia del trastorno depresivo mayor durante el último mes pasó del 0,5% en 2015 al 1,4% en 2025, casi tres veces más. La ansiedad generalizada pasó del 0,1% al 0,4%, es decir, se cuadruplicó. A esto se suma que, según ACEMI, la tasa de personas atendidas por trastornos mentales y del comportamiento creció un 166,8% entre 2015 y 2024. Es cierto que hoy existe más información y menos miedo a consultar, pero sería cómodo atribuir todo el aumento a una mayor conciencia. Hay más personas llegando al sistema porque hay más personas que necesitan ayuda, y muchas llegan después de meses o años de haber intentado sostenerse solas.
Sumado a esto, es evidente que reducir esta crisis a la depresión y la ansiedad es quedarnos cortos, porque la encuesta midió sufrimientos cotidianos que deterioran profundamente la vida sin convertirse necesariamente en un diagnóstico. Por ejemplo, de los colombianos que cuidan en su hogar a una persona enferma o con discapacidad, más de la mitad (el 53,8%) presenta sobrecarga física y emocional. Son madres, hijas, esposas, hermanas y también algunos hombres que bañan, alimentan, acompañan a citas, administran medicamentos y dejan en pausa su propio trabajo y descanso para sostener a otra persona. El sistema claramente se ahorra buena parte de ese cuidado, pero no se preocupa por quién cuida al cuidador. A su vez, el 16% de los colombianos reportó de soledad y aislamiento, porcentaje que alcanza el 31,1 % entre la población LGBTIQ+. La soledad no siempre significa vivir sin compañía; muchas personas se sienten solas en una casa llena, porque no encuentran un lugar seguro para hablar de lo que les pasa.
Asimismo, la discriminación tampoco puede leerse como un tema aparte. La discriminación entre los adolescentes de 12 a 17 años pasó del 12,1% en 2015 al 21% en 2025, es un retroceso como sociedad. Prácticamente se duplicó en una etapa en la que la identidad y la autoestima todavía están en formación. No se puede exigir equilibrio emocional a un adolescente que todos los días es humillado, excluido o señalado en su colegio. No obstante, la vejez vive un sentimiento similar. Solo el 34,1% de los mayores de 65 años cumple las condiciones de lo que la encuesta denomina envejecimiento exitoso, y la proporción mejora a medida que aumentan la educación y el nivel socioeconómico. Esto nos dice que en Colombia no todos tienen la misma posibilidad de llegar a la vejez con tranquilidad, sino que depende fuertemente de la cuenta bancaria. Nuestros adultos mayores están muriendo de tristeza y no estamos haciendo nada para cambiarlo.
Por otro lado, la fotografía de la niñez y la adolescencia es especialmente preocupante. La encuesta revela que 1 de cada 20 adolescentes tuvo ideas suicidas durante el último mes, cifra que en las mujeres se duplica. Ningún país puede normalizar que jóvenes que apenas están comenzando a construir su proyecto de vida ya no encuentren razones para seguir adelante. La salud mental de nuestros niños y adolescentes no puede seguir midiéndose únicamente cuando terminan en una sala de urgencias. Si una generación está creciendo con más ansiedad, más depresión y menos esperanza, el problema dejó de ser individual y se convirtió en el fracaso de una sociedad que no está siendo capaz de cuidar su futuro.
Sin embargo, aquí es donde la responsabilidad institucional queda expuesta. Apenas el 40,9% de quienes tienen un trastorno mental diagnosticado buscó atención en el último año, y de ese grupo, casi 3 de cada 10 esperaron más de un mes para recibir su primera cita. Mientras tanto, Medicina Legal muestra 888 suicidios consumados hasta abril de 2026, una cifra que sigue subiendo año tras año pese a las campañas de sensibilización. Además, el INS reportó más de 14.000 casos de intento de suicidio hasta mayo de 2026, el 4 % correspondía a personas que ya habían tenido al menos un intento previo y el 27,1% acumulaba dos o más. Esas cifras no se mueven porque la voluntad política ha tratado la salud mental como un capítulo secundario. Han aprobado nuevas leyes y políticas públicas de salud mental, pero ¿dónde está la aplicación de estas? Parece que les importan más los titulares que la crisis emocional por la que atraviesan los colombianos. Esto no es solo un problema de falta de conciencia social, también es de presupuesto, de talento humano en los territorios y de decisiones políticas aplazadas durante años.
Finalmente, esta encuesta deja una pregunta el Gobierno entrante no debería ignorar: ¿cómo puede hablarse de progreso cuando millones de colombianos viven con ansiedad, soledad, agotamiento o desesperanza? La salud mental no puede seguir siendo el último renglón del presupuesto ni el tema que aparece únicamente después de una tragedia. Un Estado que llega tarde cuando una persona pide ayuda está fallando en una de sus responsabilidades más básicas. Cuidar la salud mental no es una agenda secundaria, ni debería ser un lujo; es proteger el capital humano del país y defender la dignidad de quienes hoy sienten que están enfrentando solos la batalla más difícil de sus vidas.