El problema no es equivocarse. Es que no dejamos hacerlo.

Crecimos con la idea de que equivocarse es algo que se debe disimular. Que el error resta valor. Que solo vale la pena contar lo que encaja en una historia de éxito, pero la vida real no funciona así.


John F. Linares
julio 16 de 2026
11:05 a. m.
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En las conversaciones que he tenido en diferentes regiones del país, hay algo que se repite: las historias más valiosas no son las perfectas, sino las que siguen adelante a pesar de no haber salido como se esperaba.

He escuchado a personas hablar de decisiones difíciles con serenidad. No porque haya sido fácil, sino porque entendieron algo fundamental: lo importante no es evitar el error, es saber lo que hacemos después con él.

Durante mucho tiempo hemos construido una idea de éxito que no deja espacio para el tropiezo. Queremos trayectorias limpias, aunque la realidad es distinta. La mayoría de las personas toma decisiones sin toda la información, con recursos limitados y con la presión de sostener el día a día. Para algunos equivocarse es un aprendizaje; para otros, es perder el ingreso del día, el negocio o la estabilidad del hogar. Equivocarse no cuesta lo mismo para todos y, aun así, lo intentan.

En Colombia, millones de personas viven en esa realidad. Cada decisión implica un riesgo. Cada paso requiere ajustar, corregir y volver a empezar, porque cuando no hay margen para detenerse, el aprendizaje deja de ser un concepto y se convierte en una necesidad.

Desde el sector financiero, esto nos plantea un reto importante. Muchas veces esperamos que las personas acierten desde el primer intento. Que no se equivoquen. Que crezcan en línea recta, como si el desarrollo fuera un proceso predecible. La verdad es que nadie construye experiencia sin recorrer caminos inciertos.

Cuando se castiga el error, no solo se limita el aprendizaje: se condena a muchos a no poder intentar. Se pierde confianza, se reduce la iniciativa y se cierran posibilidades que nunca alcanzan a desarrollarse.

En cambio, cuando entendemos que equivocarse hace parte del proceso, la conversación cambia. Se vuelve más cercana, más humana y más real. Colombia no necesita más historias perfectas. Necesita historias sinceras. Historias que reconozcan que construir toma tiempo, que avanzar implica intentar y que el camino rara vez es lineal. Finalmente, lo que realmente importa no es haber acertado siempre, sino la capacidad de seguir.

El problema no es que la gente se equivoque. Es que como sociedad seguimos construyendo entornos donde equivocarse cuesta demasiado. Y en un país donde millones viven al día, eso no solo limita el aprendizaje: limita el progreso.

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