¿Y la justicia para cuándo?
Recientemente ha surgido un debate sobre la necesidad de silenciar editorialmente a las personas que tanto daño le han hecho a Colombia desde sus rarezas y sus delirios.
06:27 p. m.
Y vale la pena decir que es importante silenciarlos, ¡editorialmente!, no de la forma belicosa que ellos se inventan o se imaginan, porque hemos visto otro tipo de silenciamientos, tremendamente dolorosos, como lo que le pasó a Miguel Uribe, que es totalmente reprochable, doloroso e innecesario y que, bueno, obviamente será sujeto de otra discusión.
Pero, además de ese silencio editorial, que vale la pena tener, porque suficiente daño ya le han hecho a Colombia como para no obviar que la justicia tiene que actuar con todo el rigor; que esa misma justicia tiene que entrar y ¡ser justa! (valga la redundancia), para liberar a quien no haya hecho mal, pero para condenar absolutamente y de forma categórica a quienes se les demuestre corrupción, traición a la patria o que utilizaron el poder para enriquecerse y para hacer las barbaridades excesivas que todos los días se documentan en los medios de comunicación y en la misma justicia, denunciándose esta forma agresiva, delictiva y extraña de hacer las cosas: a las malas, con amenazas y a las patadas.
Dicho lo anterior, esto entonces no debería ser solamente silenciar de forma editorial a los que tanto daño le han hecho al país, sino que necesitamos que la justicia deje de ser tan alegre y fácil (por no utilizar un calificativo milenario) y se siga prestando para dejar pasar los meses, los años y los días; y que, de una buena vez, actúe de una forma categórica con las personas que, inentendiblemente, hoy esa misma justicia les purga nulidades o vencimiento de términos descarados, que ojalá sean sujeto también de una investigación minuciosa y contundente.
Algunos de ellos han cambiado manuales de funciones para beneficiar a amigos doctrinales por encima del conocimiento; se han robado recursos del pueblo y de las ciudades a expensas de las mismas desgracias humanas que pretenden defender mientras satanizan a su propia gente; han tercerizado recursos, le han hecho trampa a la academia, a los mismos desastres que le pasan al país; le han hecho trampa a la justicia, a las pruebas y a la misma gente, con la cual han pretendido llenarse los bolsillos a costa de las carencias de los más vulnerables y de los más pobres.
Sin importar la corriente de donde sea, cualquier persona que haya ordenado o que esté detrás de algo negativo para el país y para la misma gente tendría que estar condenada de por vida, ojalá en el mismo pabellón de los violadores.
Colombia no aguanta más y no aguanta que la desangren, que la roben, que la desplumen y que la sigan confundiendo con tantas rarezas y tantos atropellos innecesarios.
Es hora del orden, es hora del rigor, y ojalá cualquier cosa que se vaya a hacer tenga un buen fin y un buen objetivo, en donde los que no hayan delinquido la misma justicia los libere y los proteja, pero que a los que hayan actuado de forma premeditada contra el país ese mismo rigor y esa misma justicia los condenen para siempre.