El abrazo de Lenny y el olfato de Dastan: la otra historia del terremoto
Hay una tragedia que casi nunca aparece en los balances oficiales: la de los animales que quedaron atrapados, desaparecieron o murieron bajo los mismos escombros que sepultaron a cientos de colombianos.
08:44 p. m.
Cuando los rescatistas encontraron a Lenny Fernández entre los escombros en Cali, descubrieron una escena que estremeció a todos: había muerto protegiendo a su perro, Salomón. Su cuerpo lo cubría como un último abrazo. Ella no sobrevivió. Él sí.
Hay una tragedia que casi nunca aparece en los balances oficiales: la de los animales que quedaron atrapados, desaparecieron o murieron bajo los mismos escombros que sepultaron a cientos de colombianos. Confieso que, como muchos, después de una tragedia busco primero las cifras: muertos, heridos, edificios colapsados, familias afectadas. Pero esta vez, tras el terremoto de magnitud 7,4 del pasado 10 de agosto, una pregunta comenzó a perseguirme: ¿qué pasó con los animales?
Ellos también estaban allí: en casas, apartamentos, oficinas y refugios. Y aunque conocemos el saldo humano de la tragedia, todavía no existe un registro nacional consolidado de los animales muertos, desaparecidos o rescatados. En Pereira, por ejemplo, se reportaron 14 animales rescatados, una cifra pequeña frente a la emergencia, pero detrás de cada uno hay una familia que probablemente aún lo está buscando.
Y esa es precisamente la otra historia que dejó el terremoto: la de los animales que esperan ser rescatados y la de aquellos que, como Dastan y Gasper, dos experimentados perros del Cuerpo Oficial de Bomberos de Bogotá, se adentran entre los escombros para encontrar vida. Y entonces aparece una historia que rompe cualquier estadística: la de Lenny y Salomón.
Lenny Fernández era una joven abogada nacida en Pasto, Nariño, que vivía desde hacía varios años en Cali. Quienes la conocían recuerdan su amor por los animales y su vínculo con la Junta Defensora de Animales de Pasto. El terremoto la encontró en el edificio Ana Pilar, en el barrio Cuarto de Legua. El edificio colapsó. Los rescatistas trabajaron durante horas para encontrarla.
Cuando finalmente llegaron hasta ella, descubrieron una escena que difícilmente podrá olvidarse: Lenny había muerto protegiendo a su perro, Salomón. Su cuerpo rodeaba al animal. Como si, en los últimos segundos de su vida, hubiera tomado una decisión instintiva: primero él. Salomón sobrevivió. Fue encontrado con vida y recibió atención médica. Hay historias que no necesitan demasiadas palabras. Esta es una de ellas. Porque mientras nosotros discutimos si los animales son “mascotas”, “compañía”, “familia” o simplemente animales, Lenny parece haber resuelto el debate en el momento más extremo de todos.
Lo abrazó. Lo protegió. Y murió intentando salvarlo. No sé ustedes, pero a mí esa imagen me obliga a detenerme. Los otros héroes. Y mientras unos animales esperan ser encontrados, hay otros que entran voluntariamente al infierno de los escombros.
No llevan cascos. No cargan herramientas. No hablan. No manejan drones. Llevan un arnés, siguen a un guía y confían en algo que ninguna máquina ha logrado reemplazar completamente: su olfato.
Son los perros de búsqueda y rescate. Entre ellos están Dastan y Gasper, dos caninos especializados, Dastan es un pastor belga malinois y forma parte de la capacidad de búsqueda y rescate de Bomberos Bogotá. La institución cuenta con un grupo BRAE especializado en estas labores y, según su informe de gestión, dispone de ocho caninos entrenados para búsqueda y rescate, entre ellos Dastan y Gasper.
Dastan, además, ya sabe lo que significa trabajar después de un terremoto. En 2021 participó en operaciones de búsqueda tras el terremoto de Haití y posteriormente integró misiones internacionales de rescate. Y ahora, después del terremoto colombiano, Dastan y Gasper llegaron a Cali para apoyar la búsqueda en estructuras colapsadas. Su trabajo es extraordinario por una razón sencilla: ellos no buscan escombros; buscan vida.
Caminan sobre concreto partido, entre varillas, polvo, muebles destruidos y espacios donde un ser humano difícilmente podría ingresar.
Un guía observa; ellos olfatean. Avanzan, se detienen, regresan y marcan. Y cuando lo hacen, un ladrido puede significar lo más importante en medio de una tragedia: hay alguien ahí. No conocen las cifras de muertos ni los balances oficiales. No entienden de estadísticas. Tienen una sola misión: encontrar. Y hay algo más. Cuando un edificio se derrumba, no solo destruye paredes y muebles. También destruye hogares. Y dentro de esos hogares viven animales.
Un perro que desaparece tras un terremoto no es simplemente un animal perdido. Es parte de una familia. Y mientras Dastan y Gasper buscan sobrevivientes, también existe otra búsqueda: la de esos animales que quedaron atrapados entre los escombros, esperando que alguien los encuentre.
Ellos solo tienen una misión: encontrar. Y quizá ahí exista una de las lecciones más poderosas de esta tragedia. Ellos también perdieron su casa. Hay algo que deberíamos decir con mayor claridad: cuando un edificio se cae, no solamente se destruyen paredes. Se destruyen hogares. Y dentro de esos hogares viven animales. Un perro que desaparece no es simplemente “un perro perdido”.
Para una familia, una mascota puede ser compañía, refugio y parte de su historia. Por eso, así como existen protocolos para localizar personas, también necesitamos sistemas para encontrar animales perdidos, heridos o separados de sus familias tras un desastre. Los recientes terremotos de la región dejaron una lección: animales atrapados, heridos, abandonados y, en algunos casos, únicos sobrevivientes de hogares destruidos. Colombia debería aprender de ello.
espués de un terremoto también debemos saber cuántos animales murieron, sobrevivieron, fueron rescatados o siguen desaparecidos. No para poner a un animal por encima de una persona, sino para entender que cada vida cuenta. No para competir por el dolor. Sino para entender que una emergencia verdaderamente humana también debe ser capaz de mirar a quienes dependen de nosotros. Porque ellos no pueden llamar al 123. No pueden publicar una fotografía en redes. No pueden explicar dónde están. No pueden decir: “Tengo sed”. No pueden pedir que alguien regrese por ellos. Dependen completamente de nosotros.
Y, paradójicamente, en esta tragedia también hemos visto lo contrario: nosotros dependemos de ellos. Dependemos del olfato de Dastan. De la experiencia de Gasper. De los perros que caminan entre las ruinas buscando una señal. De esos animales que, sin saberlo, se convierten en la diferencia entre encontrar un cuerpo y encontrar un sobreviviente.
Y quizá por eso Lenny Fernández y Salomón deberían ser recordados juntos. Ella murió protegiéndolo. Él sobrevivió gracias a ella. Dastan y Gasper, mientras tanto, siguen buscando a otros.
Unos animales fueron víctimas. Otros son rescatistas. Y todos, de una u otra manera, nos están mostrando la dimensión más silenciosa de este terremoto. La tierra se movió durante unos minutos.
Pero dejó preguntas que nos acompañarán durante mucho más tiempo. La principal, quizá, sea esta: ¿Cuántas vidas estamos dejando fuera de las estadísticas simplemente porque tienen cuatro patas? Mientras escribo estas líneas, probablemente Dastan y Gasper siguen olfateando entre los escombros. Y me gusta pensar que, cuando un perro se detiene frente a una montaña de concreto, no está buscando solamente a una persona.
Está buscando una razón para que la esperanza no termine porque debajo de los escombros puede haber un hombre. Puede haber una mujer. Puede haber un niño. O puede haber un perro llamado Salomón esperando que alguien vuelva por él. Y mientras exista alguien buscando, quizá todavía exista algo más poderoso que el terremoto: la posibilidad de encontrar vida.