Coherencia absoluta o contradicción democrática
El resultado es paradójico: en nombre de la coherencia terminamos empobreciendo el debate democrático.
04:21 p. m.
En épocas electorales las conversaciones sobre política nacional e internacional se intensifican. Los debates saltan de la mesa a las redes sociales, donde cada opinión encuentra un amplificador inmediato. El problema es que esa difusión masiva rara vez se usa para argumentar. Con demasiada frecuencia se utiliza para caldear los ánimos, simplificar discusiones complejas y confundir.
En ese ambiente aparece un reclamo que parece razonable: la exigencia de coherencia absoluta. Cada postura pública es sometida a una especie de tribunal moral donde cualquier matiz se interpreta como contradicción. En medio del ruido, uno de los reproches más frecuentes consiste en acusar al otro de no defender siempre lo mismo en todas las circunstancias.
Los ejemplos abundan. Defender la vida sin reconocer el genocidio en Gaza. Criticar el autoritarismo en gobiernos socialistas pero guardar silencio frente a gobiernos capitalistas (o al revés). Protestar contra la corrupción siempre y cuando no provenga de los propios. Denunciar la censura solo cuando la ejerce el adversario político.
Estos señalamientos, en principio, tienen algo de razón. La hipocresía política existe y señalarla es parte saludable del debate público. Pero el problema aparece cuando la exigencia de coherencia absoluta se convierte en una trampa argumentativa. En lugar de servir para mejorar la discusión, termina utilizándose para invalidarla.
Basta con encontrar una inconsistencia, real o aparente, para descalificar completamente al interlocutor. El debate se reemplaza por una auditoría moral permanente. Y así, la conversación política deja de tratar sobre hechos, decisiones o políticas públicas, para reducirse a una competencia por demostrar quién es más “coherente”.
El resultado es paradójico: en nombre de la coherencia terminamos empobreciendo el debate democrático. La política, a diferencia de la teología, no se mueve en el terreno de las verdades absolutas. Se mueve en el terreno de los contextos, las tensiones y las decisiones imperfectas. Exigir coherencia total en cada postura pública equivale a exigir pureza ideológica, una aspiración que casi siempre termina en dogmatismo. Y cuando el dogmatismo entra al debate político, la conversación se vuelve imposible.
La democracia, en cambio, se sostiene sobre algo distinto: la posibilidad de deliberar incluso cuando existen contradicciones, matices o cambios de posición. Las sociedades democráticas no avanzan porque todos sean perfectamente coherentes, sino porque existe la posibilidad de confrontar argumentos sin exigir una pureza moral imposible.
Tal vez convenga recordarlo en medio de la polarización actual: la política no necesita coherencia absoluta. Necesita honestidad intelectual, disposición a debatir y la capacidad (cada vez más escasa) de reconocer que incluso nuestras propias convicciones pueden contener contradicciones.