Opiniónmayo 31, 2022hace 6 meses

Nos “mamamos” de lo mismo

El país está hablando. Muy difícil, pero ojalá pongamos de moda la decencia, “hasta que se vuelva costumbre”.

Por: Andres Hoyos*

@donandreshoyos en Twitter

Pasado este reality en el primer round, y mientras unos y otros se cuestionan de un lado y otro con los mismos agravios y sindicaciones de siempre, el país nuevamente pierde una oportunidad enorme de resarcirse con su historia violenta y revanchista. Sin tintes políticos, pero hablando francamente y mientras el cazador hambriento tiene su presa en la boca, goteando sangre, se hace muy jodido llegar a hablar de algo que no despierte pasiones, rabia, o algo contra qué agarrarla: la decencia.

En su furor, no hemos podido entender que mientras el país y el futuro siga viendo las buenas formas como algo romántico, estúpido, simple y que no suma, estaremos condenados al infinito juego de otros que lo único que quieren es que el otro pierda, nada más. Es la excitación por ver las lágrimas del otro, por cobrar desaciertos, por cambiar por venganza, y no por realmente unir a partir de una nueva esperanza.

Pero no solo pierde la decencia, y no necesariamente como proyecto político. Pierde la decencia en aras de la tolerancia, pierde el país en aras del desarrollo, pierde Colombia en aras de un fin común de crecimiento. Nos encasillamos conceptualmente en peleas heredadas de otros, mientras dejamos como sociedad que nos usen para ponernos en fotos de recintos llenos, para meterle miedo al detractor; esos a los que solo les sirve dividirnos entre buenos y malos, sin capacidad alguna de autoevaluación y criterio para reconocer fallas.

Políticos activos cuya única propuesta es “joder” al otro y cuando se ven huérfanos y colgados, no saben cómo arrimarse para decir que quieren mucho y son el significado del amor y la humanidad. Pasó con De La Calle y pasó con Fajardo. Más de 4 años cascándolos, anulándolos, criticándolos por sus decisiones democráticas; sin la capacidad de verse el ombligo y darse cuenta de que su propia derrota la fabrican con cada palabra de

odio, amenaza o frustración que lanzan cuando alguien no piensa como ellos.

De la otra corriente ni hablar, la retahíla eterna de la sindicación a sus oponentes en su máxima expresión. El juego eterno de los expresidentes frustrados por la tusa del poder, que creen caer parados así pierdan, jugando a ser los dueños del rescate del fango que ellos mismos han construido. Un despropósito que el país ya no quiere ver más ni de un lado ni del otro. Ni plomo a secas, ni plomo disfrazado de amor y humanismo. No más “te quiero mucho” mientras se siga condenando cada postura individual con las vísceras.

Y es que ya estuvo bien de que cada intervención se convierta en una amenaza sino les gusta. La gente asustada, arrinconada por no poder hablar ni en familia sobre su voto y sus razones. Un ambiente de miedo colectivo en el que encasillan a todo el que no piense como ellos, el despropósito irracional cargado de hambre y revancha por verle la cara de perdedor al otro. Es lo único que les alimenta el apetito mientras salen bailando bella ciao en medio de la división social que producen desde las ciudades.

Sin verlo venir, el país reclama nuevas formas alejadas de lo mismo. El petrismo, víctima ancestral de su propio invento por dividir entre lo de ellos y lo que no piense como ellos, montó una opción que hoy está en el mejor de los escenarios. Una opción que puede decir abiertamente que rechaza a quién quiera, y ese quien quiera, igual votará para que no queden ellos.

Esta vaina va a estar demorada para que nos creamos el cuento de que las formas rastreras de la política ya están mandadas a recoger. Con esta nueva opción el país está hablando, y lo volverá a hacer en segunda vuelta. Como sociedad mientras tanto tenemos mucho trabajo por hacer, muchas heridas que sanar. No solamente revaluar qué tan necesarios son los debates para que se saquen los ojos, y qué tanto creemos en las fotos de plazas llenas. Colombia no merece más tener miedo a dar una opinión, a emitir un voto o a que nos clasifiquen como monigotes entre buenos y malos dependiendo de nuestras visiones. El país está hablando. Muy difícil, pero ojalá pongamos de moda la decencia, “hasta que se vuelva costumbre”.

 

*Comunicador social y periodista, Asesor de comunicaciones estratégicas, CEO MM&C y Columnista.

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