“Juego limpio por favor señores”
Álvaro Gómez Hurtado decía que este país debía gobernarse “entre las diferencias”. Pero hoy pareciera que algunos quieren gobernar únicamente entre los aplausos de quienes piensan igual.
12:51 p. m.
Ayer vi algo muy colombiano.
En una tienda de barrio, mientras sonaba la canción oficial del Mundial en voz de nuestra diosa Shakira y un televisor repetía goles de James como si fueran patrimonio nacional, un grupo de jóvenes discutía sobre la Selección con una pasión que hace rato no se ve en la política. Uno decía que este sí era el año. Otro armaba la alineación perfecta. Y uno más, con la camiseta puesta y la cerveza en la mano, soltó una frase que terminó convirtiéndose en esta columna:
“Menos mal viene el Mundial… porque estas elecciones sí que deprimen”.
Y pensé que tenía razón.
Porque el fútbol sí es la verdadera fiesta.
Ahí sí nos abrazamos con desconocidos. Ahí sí dejamos de preguntar por quién votó el otro. Ahí sí cabemos todos: el del norte, el del sur, el que tiene plata, el que no, el uribista, el petrista, el que no cree en nadie. Noventa minutos donde Colombia deja de pelear y simplemente alienta.
Las elecciones, en cambio, se parecen cada vez menos a una fiesta democrática y más a un campeonato lleno de barras bravas.
Uno donde los candidatos ya ni debaten. Apenas se lanzan pullas por redes sociales mientras sus seguidores convierten cualquier diferencia en una guerra santa. Llegamos a primera vuelta sin un solo debate presidencial con todos los candidatos sentados frente a frente. Ni uno.
Ni siquiera con los jóvenes hubo voluntad real de conversar. En el debate juvenil que organizamos desde Noticias RCN hubo campañas que prefirieron esconderse antes que escuchar preguntas incómodas. Iván Cepeda, por ejemplo, ordenó expresamente que ningún joven asistiera en representación de su sector. Tremenda contradicción: pedir el voto joven mientras se le teme a los jóvenes.
Y eso es grave porque los jóvenes no son un “segmento”. Son cerca del 14% del electorado colombiano. Millones de personas que crecieron viendo cómo el país convirtió la política en un ring y el miedo en estrategia electoral.
Por eso muchos ya ni quieren jugar este partido.
Y uno los entiende. Porque mientras en televisión hablamos de “la fiesta de la democracia”, en muchas regiones del país lo que aumenta no es precisamente la esperanza sino los atentados, los desplazamientos, los confinamientos, las masacres y los ataques contra la Fuerza Pública. Cada temporada electoral parece venir acompañada de sangre, amenazas y miedo. Como si en Colombia cada campaña necesitara también su cuota de terror.
Qué campeonato tan triste.
Encima aparecen las encuestas, que hoy funcionan como esas tablas de posiciones que buscan convencer al hincha de que el partido ya está definido. Entonces empiezan a repetirnos que votar por alguien distinto “es perder el voto”.
Mentira.
Las encuestas también fallan. Fallaron con el plebiscito. Fallaron en varios países del mundo. Y sobre todo fallan cuando subestiman algo fundamental: el cansancio de la gente.
Porque hay ciudadanos agotados de escoger siempre entre el miedo y la rabia.
Y ahí también entra la soberbia. La política colombiana está llena de candidatos que creen que pedir apoyo es rebajarse. Como pasó después del famoso café entre Fajardo y Paloma. Más que una conversación entre sectores distintos, terminó pareciendo una rueda de prensa para explicar egos heridos.
Álvaro Gómez Hurtado decía que este país debía gobernarse “entre las diferencias”. Pero hoy pareciera que algunos quieren gobernar únicamente entre los aplausos de quienes piensan igual.
Así es imposible construir nación.
Y mientras tanto aparecen también los vendedores de soluciones mágicas. Los que creen que gobernar un país es hablar duro en TikTok. Los que nos comparan con El Salvador como si no tuviéramos realidades geográficas y políticas totalmente distintas.
Pero ni Colombia es El Salvador, ni Abelardo es "El Salvador".
Y es que para ser Bukele no basta con posar de bravo. Bukele tuvo recorrido: alcalde municipal, alcalde de la capital y luego presidente. Acá algunos quieren saltarse el torneo completo y levantar la copa en el primer partido.
No funciona así. Porque un país no se administra como un reality ni se salva con frases virales.
Por eso el próximo domingo hay que votar con la cabeza fría. Que no nos nuble el ruido. Ni las encuestas. Ni las bodegas. Ni el fanatismo. Y tampoco el fútbol, aunque el fútbol sí sea la verdadera fiesta.
Porque mientras celebramos goles, también estamos escogiendo quién va a dirigir el país donde crecerán esos jóvenes que hoy sienten más ilusión por un Mundial que por el futuro de la educación y la salud de su país.
Y tal vez ahí esté la clave.
En entender que Colombia no necesita más caudillos que jueguen solos, sino alguien capaz de tocar la pelota con otros. Alguien que entienda que este país no aguanta otro tiempo extra de odio.
Porque al final, hasta en el fútbol, los partidos más importantes no los gana el que más grita.
Los gana el que sabe sumar equipo.
Así que como diría el crack Ricardo Henao: “juego limpio por favor señores”, en el fútbol y en la política.