Opiniónagosto 17, 2021hace 3 meses

Empresarios, es tiempo de defender sin timideces la economía de mercado

El Consejo Gremial debe mostrase más activo en la defensa de sus principios y apoyar unificadamente al candidato que mejor represente sus intereses.

En días pasados tuvo lugar el VI Congreso Empresarial de la ANDI, que fue oportunidad para que varios de los candidatos presidenciales expusieran sus planteamientos. 

Tradicionalmente los industriales y los gremios económicos han asumido un talante discreto en la defensa de los principios de la economía de mercado y se han mostrado tímidos frente a políticos que promueven el odio, la lucha de clases y el predominio de un estado asistencialista en el manejo de lo social y lo económico.

No se puede ser vergonzante en la defensa de la economía de mercado y menos aun cuando es notorio el fracaso de los países que han adoptado esquemas distintos. 

La coyuntura actual y el hecho de que las encuestas colocan en la punta a un candidato que no parece caracterizarse precisamente por la defensa de esos principios obliga al empresariado, reunido en el Consejo Gremial, a dejar de lado la pasividad que lo ha caracterizado y a asumir un papel más activo, involucrándose más a fondo con la cuestión política y apoyando profundamente, sin titubeos ni timideces, al candidato que mejor articule sus propuestas con el desarrollo económico, la libre empresa, la propiedad privada, la democracia, la institucionalidad y, desde luego, con la necesidad de reducir la desigualdad social y la pobreza, sin prometer lo incumplible o lo irresponsable. 

Este involucramiento debe obedecer a un esfuerzo conjunto, pues este produce mejores resultados que el apoyo aislado o individual que brindan algunos empresarios.

Es necesario armonizar la política, la economía y la empresa privada. Ello es lo que acontece en los países exitosos. No hacerlo implica pagar un precio muy alto, exponer a la sociedad a graves peligros, a su total descalabro o a que se detenga el progreso. 

El ejemplo más reciente es el de Perú. El triunfo de Castillo y las primeras decisiones que adoptó han generado una estampida de capitales hacia el exterior, que no augura nada bueno para la economía ni para el país y que han sometido al empresariado a una incertidumbre y a una inseguridad enormes.

Otro caso reciente, que por ser tan conocido no merece comentarios, es el de Venezuela. Sacar el país adelante no será posible si la política le da la espalda a la economía y a la empresa o viceversa.

No bastará, sin embargo, que el empresariado se fije en la propuesta mejor articulada, sino que debe ponderar, con sumo cuidado, si esa propuesta, aparte de ser realista, responde a un genuino propósito y decisión de sacarla avante y no a fines puramente electoreros, para lo cual ha de preocuparse por conocer muy bien al candidato, sus antecedentes, su talante, su personalidad, su capacidad de gestión y liderazgo, su compromiso, su carácter y así asegurarse de que la propuesta no será dejada de lado tan pronto se asuma el cargo.

Gobernar no es tarea fácil, pero para eso se escoge al gobernante, para que lidere la nación, especialmente en tiempos difíciles, como en su momento lo hicieron Churchill, Margaret Thatcher y Lleras Restrepo, entre otros, quienes dirigieron al país en un determinado sentido, con autoridad, ejerciendo una fuerte influencia sobre él e imprimiéndole una dirección clara y en esa tarea es primordial el compromiso empresarial.

Decía Antonio Cánovas del Castillo, político e historiador español, que la política es el arte de aplicar en cada época aquella parte del ideal que las circunstancias hacen posible, lo que, expresado de otra manera, significa que, como decía otro político, es el arte de lograr transacciones entre los principios y las circunstancias. 

El problema es que en el caso de Colombia prevalecen las circunstancias, cuando lo que hay que hacer, como decía el político inglés Benjamín Disraeli, es someter a las circunstancias y no someterse a ellas.

El país ya ha sido testigo de cómo se enarbolan en campaña unas propuestas para llegar al cargo y de cómo estas se abandonan más pronto que tarde, dando la espalda a las mayorías que las escogieron y al partido que las puso en vanguardia. 

Es testigo también de la metamorfosis de algunos candidatos o de cómo cambia su pensamiento, que los lleva, por ejemplo, en unos casos a cambiar de partido político o en otro a mostrarse conforme con un acuerdo de paz que antes era objeto de fuertes críticas, evolución explicable por mero oportunismo, realismo político o por sincera convicción.

Lo importante es saber qué es lo que proponen los candidatos, si sus propuestas son realistas, si serán fieles cumplidores de sus promesas electorales y si están genuinamente en capacidad de cumplirlas; auscultar muy bien su posición frente al empresariado y la institucionalidad para no llevarse sorpresas y la incertidumbre no sea la que predomine. 

No tener reparo alguno en exigir como contraprestación al apoyo que se le dé al candidato escogido, el respeto y la defensa de los valores que mencioné antes.

El país ha venido sufriendo un deterioro gradual del orden público y presenciando reacciones no siempre oportunas de las autoridades. Viene viendo cómo el narcotráfico gana terreno y la fumigación está cada vez más lejana; cómo predominan las vías de hecho y se hacen, en respuesta, concesiones no siempre aconsejables o inaceptables, más encaminadas a apaciguar a ciertos sectores; cómo la institucionalidad se resquebraja; cómo las exigencias de las Farc crecen y no será extraño que ahora que el Partido Comunes dice enfrentar divisiones, surjan nuevas disidencias, esta vez políticas, es decir, escisiones del partido con miras a ganar nuevos escaños en el Congreso, bajo el supuesto de que las Farc mantendrán en todo caso las curules que gratuitamente les dieron. 

Se requiere un gobernante firme, a quien no le de temor tomar decisiones radicales, que defienda con pasión sus objetivos, que defienda sus atribuciones constitucionales cuando se las recortan indebidamente, que tenga una visión clara del país y la garra necesaria para hacerla realidad. 

Que tenga claro que es más importante responder a las necesidades de su pueblo, antes que atender exigencias de organismos internacionales, producto de informes en los que afloran sesgos ideológicos y la falta de objetividad. Que no le tiemble el pulso para replantear las relaciones diplomáticas cuando quiera que sea necesario o la permanencia en órganos como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, que solo miran una cara de la moneda.

El presidente Duque tiene una responsabilidad histórica, que no consiste, simplemente, en velar por unas elecciones limpias y democráticas, sino en gobernar en forma tal que sirva de inspiración a los electores para que no haya transición de mando a políticas que han demostrado ser nefastas en el vecindario. 

Debe escoger si prefiere estar en la línea de los gobernantes que admirar o, por el contrario, en la de Kerensky, el político ruso que contribuyó a la caída del régimen zarista pero que fue luego derrotado por los bolcheviques. 

Por lo pronto, el partido que lo condujo a la presidencia, que se supondría era el partido de gobierno, no terminó siéndolo y, peor aún, está fraccionado y con sus candidatos más visibles -María Fernanda Cabal, Oscar Iván Zuluaga y Rafael Nieto-, todos con buenas credenciales, con enfoques muy distintos en algunos aspectos fundamentales que ya habrá ocasión de comentar.

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