Inteligencia Artificial: de asistir a ejecutar

La era agéntica, en la que la IA es capaz de alcanzar objetivos sin una revisión humana constante, plantea nuevos riesgos en ciberseguridad que deben ser atendidos desde ya.


Enrique Fenollosa
septiembre 09 de 2026
05:59 p. m.
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Durante años pensamos en la Inteligencia Artificial (IA) como una herramienta de consulta, en la que alguien escribía una pregunta, el sistema respondía y la responsabilidad de actuar seguía siendo humana. Esa etapa se está cerrando. La IA que emerge ya no solo redacta, resume o traduce, es capaz de recibir un objetivo, dividirlo en tareas, decidir qué herramienta utiliza y completar procesos sin supervisión constante. A ese salto lo llamamos era agéntica, en la que la IA pasa de ser asistente a ejecutor tareas.

La diferencia es profunda. Un modelo de lenguaje tradicional era una máquina sofisticada de producir respuestas. Un agente, en cambio, es un sistema orientado a objetivos. Es la distancia entre consultar un manual a entregar las llaves del taller a alguien capaza de desmontar el motor. Por eso la discusión ya no pertenece solo al mundo tecnológico, sino que afecta a empresas, gobiernos y servicios esenciales.

El potencial es enorme. Un agente puede revisar contratos, desplegar software, preparar informes, gestionar incidencias o automatizar atención al cliente. Pero esa misma capacidad lo convierte en una nueva superficie de riesgo. La ciberseguridad ya no debe proteger solo equipos, redes y aplicaciones, está llamada a proteger decisiones automatizadas capaces de mover información sensible o ejecutar comandos a gran velocidad.

El primer riesgo es ofensivo. Los atacantes ya no usan IA solo para escribir phishing o generar código. Empresas como Anthropic, Google, Microsoft y OpenAI han señalado que grupos avanzados de amenazas incorporan modelos de lenguaje en operaciones reales. Anthropic, por ejemplo, documentó en noviembre de 2025 una intrusión en la que un agente ejecutó de forma autónoma entre el 80 y el 90 % del trabajo táctico. Si antes el atacante necesitaba equipos humanos coordinados, ahora puede escalar operaciones con supervisión mínima.

El segundo riesgo es la velocidad. Muchas organizaciones aún responden a incidentes con ritmos humanos —una alerta llega, un analista la revisa, se documenta el caso y luego se decide una acción—. Ese circuito es lento frente a adversarios capaces de probar rutas, corregir errores y cambiar de táctica en pocos minutos. La defensa necesita automatizar detección, contención y recuperación.

El tercer riesgo está en las conexiones. Para actuar, los agentes necesitan puentes hacia el mundo real: API’s, repositorios, servidores, navegadores y bases de datos. El Model Context Protocol (MCP) se ha convertido en uno de esos conectores. Su crecimiento ha sido explosivo, pero la expansión llegó antes que la madurez defensiva. Se han detectado servidores con credenciales expuestas, falta de autenticación, validación insuficiente de entradas y configuraciones capaces de ejecutar comandos con demasiada libertad. Estamos conectando agentes inteligentes a infraestructuras sensibles mediante adaptadores que, a menudo, no fueron diseñados como frontera de seguridad.

El cuarto riesgo es la opacidad. Un agente puede tomar decisiones intermedias que nadie revisa en tiempo real. ¿Por qué eligió una herramienta y no otra? ¿Qué datos leyó? ¿Qué instrucción externa influyó en su comportamiento? Estas preguntas importan porque los agentes son vulnerables a manipulaciones como la inyección indirecta de instrucciones. Si el agente tiene acceso a secretos o sistemas críticos, una frase colocada en el lugar adecuado puede convertirse en una puerta de salida.

La parte más incómoda está en el software heredado. Bancos, empresas del sector energético y de telecomunicaciones, así administraciones públicas dependen de sistemas construidos durante décadas, con capas de parches, integraciones y excepciones. Nadie los diseñó pensando en adversarios capaces de auditar código y configuraciones antiguas con herramientas agénticas. La modernización ya no es una cuestión estética, por el contrario, es una condición de resiliencia.

La respuesta no puede ser prohibir los agentes ni adoptarlos sin freno, debe apuntar a gobernarlos. Eso exige tener un inventario claro de dónde y cómo se usan, limitar permisos, exigir autenticación robusta en conectores, registrar cada acción, separar entornos, revisar dependencias, probarlos con ejercicios de ataque y diseñar mecanismos de parada. También implica asumir que la defensa debe acelerar, porque detectar en horas y responder en días ya no basta.

La era agéntica no es ciencia ficción. Es la entrada de sistemas autónomos en el corazón operativo de la economía. La pregunta ya no es si la IA puede actuar, sino bajo qué límites, con qué controles y quién responde cuando lo hace mal. Si no adaptamos la defensa, descubriremos demasiado tarde que el problema no era que la IA pensara por nosotros, sino que actuara antes de que pudiéramos entenderla.

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