Caterine Ibargüen, a grandes pasos

Semblanza de la mujer que le dio este domingo la cuarta medalla de oro a Colombia en unos Juegos Olímpicos.


La atleta colombiana Caterine Ibargüen. Foto Agencia EFE

Noticias RCN

agosto 14 de 2016
09:15 p. m.


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Mauricio Aragón Hernández / NoticiasRCN.com
Caterine Ibargüen necesita sólo 40 metros de pista para volar y un poco de música antes de iniciar carrera, preferiblemente reggae, reguetón o vallenato. Su diseño natural es perfecto, 1,81 metros de estatura, de los cuales la mitad son piernas, un atlético y veloz cuerpo de 70 kg de peso con el que atraviesa el aire como una flecha y su sonrisa, sobre todo su sonrisa, porque con ella, esta bella y esbelta morena de Apartadó, Antioquia, ha enamorado a todo un país que vibra con cada uno de sus saltos.
En la línea de partida, Caterine enciende motores, casi literalmente. Se aupa con un par de palmadas en los muslos al tiempo que despide un grito de batalla que les advierte a todos estar atentos para no perderse ni un detalle de la proeza. La “pantera negra” está lista. Comienza a correr con la seguridad que siempre le ha permitido vencer los retos que la competencia y la vida le han puesto.
Porque Caterine siempre ha estado para cosas grandes. Como ella misma, que de niña se quejaba por ser la más alta del grupo, al punto de pedirle a su mamá que le consiguiera algún tratamiento para no crecer más, sin saber que su talla era en realidad un don, algo que entendió más adelante, aún muy joven, en Apartadó, en la escuela Heraclio Mena Padilla, donde conoció a su primer entrenador, Wílder Zapata, con quien exploró diferentes disciplinas del atletismo.
Los primeros triunfos llegaron temprano, en el año 1996, a los 12 años, cuando ganó sus primeras medallas con la Selección de Antioquia en los Juegos Intercolegiados que se celebraron en Bucaramanga. Dos años después, en plena adolescencia, viajó de Apartadó a Medellín con una maleta llena de sueños deportivos, una decisión que le permitió acceder a mejores condiciones de vivienda y alimentación, ahora en la Villa Deportiva, como ella misma lo ha contado.
Sólo tardó tres años para ganar su primera medalla internacional, en los Juegos Sudamericanos de Bogotá en 1999, pero en salto alto, una disciplina distinta a la que le ha dado sus más grandes alegrías.
Precisamente, practicando el salto alto, vivió por primera vez el sueño olímpico a los 20 años en Atenas 2004, aunque –reconoce– no estaba preparada sicológicamente para enfrentar ese momento y se dejó afectar por comentarios y críticas que no faltaron. Aunque vendrían momentos más difíciles.
Como en 2008, cuando no logró clasificar a los Olímpicos de Pekín y estuvo a punto de retirarse del deporte, de no ser por el profesor Ubaldo Duany, quien la convenció de ir a Puerto Rico, donde estudió enfermería en la Universidad Metropolitana y de forma progresiva comenzó a encontrarse con el salto triple.
Tras esto, muchas sonrisas, sonrisas que son sinónimo de medallas. Y es que Caterine lo ha ganado todo en el salto triple.
Como en Londres 2012, donde se colgó la presea de plata. O el oro en el Mundial de Atletismo que se celebró en Rusia en 2013. O la Liga Diamante, uno de los principales eventos del atletismo mundial, de la que ha sido campeona durante los últimos cuatro años. O los pasados Panamericanos de Toronto, donde el dorado de nuevo adornó su pecho y estableció una nueva marca regional con un salto de 15,08 metros. Y ahora, el oro Olímpico en Río, donde voló 15,17 metros. Simplemente, Caterine ya es una leyenda.
Ahora, a esta atleta de 32 años sólo le queda un objetivo por cumplir: romper el récord mundial de salto triple fijado en 15,50 metros por la ucraniana Inessa Kravets en el año 1995. Caterine siempre ha estado segura de que lo logrará. “Por el compromiso que tengo conmigo misma. Por las ganas. Porque es mi gran meta. Porque es mi sueño y, cuando tengo un sueño, lucho por él”.
Caterine comienza a correr. En seis segundos deja atrás los 40 metros reglamentarios para tomar impulso. Al límite, da un paso certero a un milímetro de la línea que invalida el salto. Su primera zancada, cargada de técnica, la pone en el aire con la pierna que dará el siguiente paso recogida, casi en el pecho, como el martillo de un revolver que concentra una enorme tensión para detonar la bala en el tambor. Con ella da su segunda zancada, en la que releva sus piernas y se prepara para el gran final, para la explosión. La tercera y última zancada la transforma. Su cuerpo, al máximo nivel de tolerancia, se contorsiona hacia delante con una habilidad posible sólo para una atleta de su nivel, como queriendo alcanzar más, llegar hasta donde nadie más. Caterine aterriza con una suavidad paradójica para tanto esfuerzo, y sonríe. Luego, la gloria, de la cual ya lo sabe todo.
Mauricio Aragón Hernández / NoticiasRCN.com
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