El rincón de los letraheridos
“Y el Señor me respondió: «Escribe la visión y grábala claramente en las tablillas, para que se lea de corrido”. (Habacuc 2: 2)
04:57 p. m.
¿Han tenido la suerte de entrar alguna vez en un local cuya vitrina está llena de libros, atraídos por alguna portada, por lo cálido que se anuncia el lugar, o simplemente porque es un día lluvioso y podríamos escampar? ¿Qué tal si al cruzar la puerta nos sorprende un olor amaderado, seco y nostálgico, a menudo combinado con notas terrosas del grafito y el incontenible aroma de un café? Un lugar ideal para los románticos de los libros. En Colombia, apenas en los pueblos y rara vez en las ciudades, estos lugares se llaman misceláneas, papelerías de barrio o, con un poco más de suerte y espacio, librerías.
Esta columna es, en esta ocasión, para dos clases de personas: los que les gusta escribir cartas, todavía, así hoy a pocos les interese este maravilloso placer, y para aquellos que no podemos vivir sin los libros, no sólo porque son nuestro oficio sino nuestra pasión –nosotros los letraheridos–, sino porque nos gusta contar o escuchar historias cuyos protagonistas son las papelerías, las cafeterías o las librerías, o las tres cosas a la vez. En todo caso se trata de lugares donde aún es posible sentarse a leer o a escribir, así sea sobre una servilleta. Los maestros de este género son los orientales. Las calles de sus ciudades y pueblos están surcadas por papelerías que también son tiendas de libros y, de ñapa, saloncitos donde tomar el té o el café.
Sabemos que el oficio de escribir cartas es casi tan antiguo como la escritura misma, tiene sus raíces en civilizaciones como Mesopotamia, Egipto y China. Los escribas utilizaban tablillas de arcilla, o papiro o bambú para registrar inventarios, órdenes reales y, con el tiempo, para intercambiar información personal. Desde los dictados de Dios a Abraham o a Habacuc hasta los emisarios oficiales y los heraldos imperiales; desde las cartas de Pablo a las iglesias de Grecia y Roma hasta las correspondencias entre escritores, artistas, políticos o militares a sus pares o a sus familiares; y, desde antes y después, y desde siempre, las renombradas cartas de amor han dejado constancia de pasiones, traiciones y guerras. Luego llegó el papel y ahora las pantallas de nuestros computadores o celulares. Y, por supuesto, ¡Bendito sea Dios!, también nos quedan los libros.
Sé que estamos en modo FilBo, otra vez, gracias a Dios, y que el invitado este año es India, pero me voy a detener en Japón, porque Tokio en especial es escenario de estas historias:
Dicen que Jimbocho, en Tokio, es el barrio de librerías más grande del mundo, y este es el escenario de “Una velada en la Librería Morisaki” (sello editorial Plata de Urano). Satoshi Yagisawa, su autor, cuenta la historia de un pequeño negocio familiar donde apenas caben cinco personas en medio de montones de libros que atestan las estanterías hasta invadir todos sus rincones. Debido a un viaje de aniversario de bodas de sus dueños, su sobrina Takako se ofrece a cuidar el local, lo cual se convierte en un acto de salvación para ella, porque una librería no solo está poblada de libros sino de clientes que cuentan historias, y esas historias crean lazos, a veces misteriosos.
En un Tokio bullicioso, bajo los cerezos que abrazan uno de los ríos de la ciudad, se esconde un pequeño café con tres mesas de madera donde sus clientes encuentran algo más que un lugar para tomar una bebida: un refugio. Así reseñan esta apacible novela de Michiko Aoyama los editores de Planeta. “Mis tardes en el pequeño café de Tokio” reúne tres historias en una: una joven escribe largas cartas en inglés, aferrada al recuerdo de alguien a quien extraña mucho; una publicista brillante intenta complacer a todo el mundo y se pregunta si es posible elegir sin decepcionar a nadie, y una profesora atrapada en la rutina sueña con un nuevo proyecto, pero el miedo la paraliza. El joven encargado del café, con su presencia tranquila, les ofrece algo más que una cálida bienvenida: un espacio terapéutico donde compartir temores y encontrar el valor para seguir adelante.
Ahora arribamos a otro país de oriente. “El encantador arte coreano de escribir cartas” es una experiencia personal del autor Juhee Mun, quien decoró su oficina de Seúl con notas manuscritas y ante la curiosidad y el entusiasmo de quienes lo visitaban convirtió aquel espacio en una tienda de cartas. Sus editores de Salamandra (Penguin Random House Grupo Editorial) aseguran que Mun nunca se imaginó que las cartas escritas a mano pudieran tener cabida en un mundo digital marcado por la prisa y la inmediatez. Ahora ese lugar, llamado Geulwoll (carta en coreano), es un sitio donde el público puede leer y escribir cartas, comprar encantadores papeles y bolígrafos o participar en un concurso de amigos por correspondencia.
Pero, sin duda, la primera de este listado es “84 Charing Cross Road”, de la norteamericana Helene Hanff, el libro más vendido en toda la historia de la editorial Anagrama. Hanff era una modesta escritora de obras de teatro y guiones para televisión, pero saltó a la fama cuando el mismísimo señor Jorge Herralde descubrió la historia real de Helene y resolvió jugársela en un libro que corresponde cabalmente a un célebre cruce epistolar entre la escritora y Frank Doel, librero de Marks & Co. en Londres, pues la autora no encontraba en las librerías de Nueva York, su ciudad natal, muchos de los libros más ansiados, y entonces establece una extraña y entrañable amistad transatlántica de 20 años con Frank que desemboca en el intercambio de paquetes de comida durante la posguerra británica. No he leído historia más fascinante a propósito del amor a los libros.
Y Cierro con un clásico: “Mendel, el de los libros”, de Stefan Zweig, que leí en una delicada versión de Ediciones Godot de Argentina. Este relato es intenso, así es la pluma del escritor austriaco, pero duro y enternecedor. Jakob Mendel es un excéntrico y misterioso personaje con dos facetas, pero una sola personalidad. Cuando regresa al café Gluck, en Viena, donde antes de ser detenido y acusado como presunto espía pasaba todas las horas leyendo, este librero, memorioso mago y agente, es otro, pero el narrador lo recuerda y nos deja la estela de esa obsesiva figura capaz de permanecer inmutable, hipnotizado por la lectura. Les obsequio este entrecomillado: “Leía como otros rezan, como juegan los jugadores y como los borrachos se pierden con la mirada en el vacío; leía con un ensimismamiento tan conmovedor que desde entonces observar la lectura de otras personas siempre me pareció profano”.
En uno de los muchos y sesudos ensayos de William Ospina publicado recientemente por Random House, el colombiano recurre a la alegoría de “La lámpara maravillosa” para recordar sus lecturas y semeja a los libros como labios de papel o de luz que nos enseñan a hacer pirámides y catedrales, puentes y barcos; nos dice que todo cabe en ellos, la lucidez y necedad, las oscuridad y la luz… Lanza esta pregunta como quien arroja una botella al mar: ¿Qué sería de nosotros sin libros? Retoma el timón y responde que aunque es posible vivir sin ellos, corremos el riesgo de que las peores cosas del mundo se apoderen de nosotros: la codicia, la prisa y sobre todo el tedio.
Otra versión de la Biblia traduce así el versículo que usé al comienzo sobre la respuesta de Dios a Habacuc, cuando este le preguntó sobre las injusticias humanas: “Entonces el Señor me dijo: Escribe mi respuesta en letras grandes y claras, para que cualquiera pueda leerla de una mirada y corra a contarla a los demás”. El texto sagrado se refiere a que el justo por su fe, vivirá. Lo que Dios le contestó al profeta es lo mismo que hoy nos dice a todos, que el mundo puede estar al revés, pero su justicia, que no es la de los hombres sino divina, es justa y buena, se cumplirá porque la fe es esperanza y es certeza, así la gente haya perdido el norte, el gusto por las cosas bellas y sencillas como el amor, el perdón o por leer aun cuando sea una sola página en una pequeña librería atravesada en una modesta calle de tu barrio.