Colombia merece un proyecto ético a largo plazo

Estamos cansados de la superioridad en los micrófonos y las redes sociales, porque queremos es más responsabilidad en los procesos de construir confianza.


José David Castellanos
abril 21 de 2026
10:23 a. m.
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Hace poco encontré una frase y la anoté en mi libreta: “La ética es un proyecto a largo plazo”. No recuerdo si la leí así, literal, o si la fui armando con el tiempo a partir de varias lecturas. Pero después de una campaña, y sobre todo después de una derrota, me parece una idea más cierta que nunca.

En política es muy fácil hablar de ética cuando las cosas salen bien. Es fácil hablar de principios cuando hay aplausos, cuando llegan los respaldos, cuando la conversación pública gira a favor. Lo difícil es sostenerlos cuando aparece la frustración, cuando las cuentas no dan, cuando el golpe obliga a detenerse y mirar hacia adentro.

Por eso, después de las elecciones, escribí que la derrota es parte del ejercicio político. No fue una frase para salir del paso. Es una convicción. Perder duele, por supuesto. Duele en lo personal, en lo colectivo y en lo humano. Duele más cuando detrás hubo trabajo honesto, esfuerzo de muchas personas y una ilusión compartida. Pero una derrota también puede ser un momento de verdad. Un momento en el que uno descubre si estaba en esto solo para llegar, o si de verdad estaba dispuesto a aprender, corregir y seguir.

Adela Cortina, una de las voces más lúcidas de la filosofía moral en español, ha insistido en algo que en Colombia deberíamos repetir más a menudo: la ética no es un adorno del discurso ni una pose para tiempos tranquilos. La ética tiene que ver con el carácter, la confianza, la responsabilidad y la manera en que una persona —o una institución— decide actuar cuando nadie le garantiza recompensa inmediata. La ética se cultiva, no nace improvisadamente o de la nada.

Por eso me impacta tanto una idea suya: la moral no consiste solo en no hacer daño. También consiste en “no defraudar la confianza”. Esa frase debería estar escrita en la puerta de cada oficina pública, de cada campaña y de cada partido. Porque buena parte de la crisis que vive la política colombiana no nace solo de los errores técnicos ni de las diferencias ideológicas.

Nace de algo más hondo. Se origina de la sensación de que demasiadas veces se rompió la palabra, se abusó de la esperanza y se usó a la gente como un medio y no como un fin.

La ética también es un proyecto a largo plazo porque el carácter no se construye en un día. Se forma decisión tras decisión. En eso Cortina tiene razón, pues una vida buena, decente y digna no depende de un impulso momentáneo, sino de la capacidad de sostener objetivos de largo aliento. Incluso cuando el camino se pone cuesta arriba (sobre todo, ahí). También por eso la política se degrada cuando se vuelve únicamente un cálculo de coyuntura o un afán de ser tendencia. Un líder que solo piensa en la próxima pelea, en el próximo clic o en la próxima conveniencia, termina perdiendo de vista lo más importante: para qué está haciendo política y a quién le debe responder. Esas respuestas se hallan en los barrios, en los territorios, no en las pantallas.

Hoy, cuando tantos confunden firmeza con agresividad, o libertad con capricho, vale la pena recordar otra advertencia de Cortina: “Hacer sin mirar a quién se daña, no es libertad”. Y eso aplica para todo. Aplica para el gobernante que se acostumbra a decidir sin asumir consecuencias (sí, como Gustavo Francisco). Aplica para el opositor que cree que cualquier ataque vale. Aplica para el dirigente que, por ganar una discusión, está dispuesto a romper los puentes que una democracia necesita para mantenerse viva.

Después de una derrota, la tentación más fácil es buscar culpables en todas partes. La más útil es hacer autocrítica. Revisar qué funcionó, qué no funcionó, qué faltó, qué se dijo mal, qué se escuchó poco, qué se dejó de ver. Eso no es debilidad. Eso también es ética. Porque la ética no solo habla de cómo tratamos a los demás, sino que también se refiere a la honestidad con la que somos capaces de mirarnos a nosotros mismos.

Creo, además, que esta reflexión no vale solo para una campaña política. Vale para una ciudad y para un país. Bogotá, como pocas veces, resume muchas de las tensiones de Colombia: la prisa, la polarización, la desigualdad, la desconfianza y la rabia, entre otras. Pero también la capacidad de trabajar, de levantarse, de corregir y de volver a empezar. Por eso defender a Bogotá no puede ser únicamente una consigna electoral. Tiene que ser una manera de entender lo público: cuidar la plata, vigilar los contratos, respetar las reglas, decir la verdad, corregir a tiempo y no tratar al ciudadano como espectador de una pelea ajena.

La política colombiana necesita menos improvisación moral y más consistencia. Menos superioridad en los micrófonos y las redes y más seriedad de fondo. Menos ansiedad por el resultado inmediato y más responsabilidad con el proceso largo de construir confianza. También escuché por ahí que la confianza, como el carácter, tarda mucho en formarse y muy poco en romperse.

Sigo creyendo, por eso, que la ética es un proyecto a largo plazo. Lo es en la vida personal, en el servicio público, y también en la derrota. Tal vez ahí se pruebe más que nunca. Cuando no hay euforia y solo quedan la conciencia, la palabra y la decisión de no renunciar a la esencia, a la identidad y a las convicciones.

Perder una elección no debería significar perder el rumbo. Mucho menos perder las razones por las que se decidió entrar a la política. Este momento nos exige paciencia para pensar, humildad para corregir y firmeza para seguir. Y no con rabia ni con cinismo, sino con carácter. Anhelo, de verdad, que Colombia algún día celebre un proyecto ético de largo plazo.

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