Un debate cómplice
Un debate diseñado para que el candidato pueda repetir sus consignas sin tener que explicar contradicciones, silencios o responsabilidades políticas frente al rumbo del Gobierno que respalda.
04:11 p. m.
El candidato del continuismo, Iván Cepeda “lanzó” una propuesta donde invitó a debatir a la candidata Paloma Valencia y a Abelardo De La Espriella. Invitación que previamente y en repetidas ocasiones ya le habían extendido ambos al candidato del petrismo. Cepeda, que lleva meses huyendo del debate y de cualquier cámara o tarima que se le pueda salir del libreto, habló de querer un “debate imparcial”, pero teniendo en cuenta sus recientes declaraciones, la imparcialidad le preocupa menos que la complicidad que realmente está buscando con ese debate.
El candidato que menos ha dado la cara en los debates presidenciales (junto con su contrincante De La Espriella) ahora quiere imponer unas exigencias bien extrañas para realizarlo. Parece tener una intención donde entre menos democrático sea el debate, más “imparcial” lo puede considerar el candidato que empezó a pelar el cobre de su talante más antidemocrático.
El objetivo es tener un debate cómplice donde no se pueda preguntar nada que se le salga del libreto ni mencionar algo que revele su complicidad con un Gobierno con más escándalos que logros en cuatro años. No quiere contra preguntas del entrevistador y, si alguien insiste en volver a preguntar, seguramente propondrá como moderador a algún personaje de su entera confianza: algún Hollman Morris o capaz invite a Juliana Guerrero. La idea parece clara: construir un escenario donde las preguntas estén controladas, los temas acotados y las incomodidades cuidadosamente evitadas.
En ese formato, por supuesto, quedarían por fuera los temas que realmente incomodan al oficialismo. Difícilmente se hablaría del fracaso de la llamada Paz Total, que terminó multiplicando las violencias mientras el Estado parecía replegarse frente a los grupos armados. Tampoco habría mucho espacio para discutir la crisis explícita del sistema de salud, las decisiones improvisadas del Gobierno o los múltiples episodios de corrupción que han rodeado a la administración que Cepeda ahora representa políticamente. Mucho menos se abordaría la red de alianzas y conveniencias políticas que contradicen el discurso moralista que durante años sirvió como bandera.
Ese es el tipo de debate que parece proponerse: uno donde se simule la confrontación, pero se evite el escrutinio real. Un debate diseñado para que el candidato pueda repetir sus consignas sin tener que explicar contradicciones, silencios o responsabilidades políticas frente al rumbo del Gobierno que respalda.
Sin embargo, la lógica democrática de un debate es exactamente la contraria. Los debates no existen para que los candidatos se sientan cómodos ni para que controlen las reglas del juego a su conveniencia. Existen para someterlos a preguntas difíciles, para obligarlos a explicar decisiones, para confrontar sus discursos con la realidad y para permitir que los ciudadanos evalúen la solidez —o la fragilidad— de sus argumentos.
Cuando un candidato pretende definir de antemano qué preguntas se pueden hacer, qué temas se pueden tocar y qué tipo de repreguntas están permitidas, no está buscando imparcialidad. Está buscando control. Y en política, el control casi siempre es el mecanismo preferido de quienes quieren evitar la rendición de cuentas.
Por eso el problema no es que Iván Cepeda quiera debatir. El problema es el tipo de debate que propone: uno cuidadosamente diseñado para que nada realmente importante ocurra. Un debate donde el libreto pese más que las preguntas y donde la puesta en escena termine reemplazando al ejercicio democrático que los ciudadanos deberían esperar de quienes aspiran a gobernar el país.