Opiniónjunio 11, 2022hace 21 días

La re-evolución educativa anticorrupción-2

El examen de ingreso certifica que el aspirante puede estudiar la carrera que anhela y por la cual cursó uno tras otro los once años desde primero de primaria.

Por: Miguel de Zubiría*

@migueldezubiria en Twitter

En el pasado artículo comenté que eliminar el examen de ingreso a las universidades siempre me pareció descabellado. Hasta que conocí la propuesta del movimiento político anticorrupción. Hoy pienso que puede ser una propuesta creativa y genial, por varias razones que paso a explicar.

Podría ser la solución mayúscula que tanto necesita nuestro adolorido país. Para entender la importancia de esta propuesta educativa analicemos tres condiciones:

  1. No bien cursar en sus colegios hasta once mil horas de clases académicas, quienes no se titulan en la universidad carecen de competencias laborales: no saben hacer nada útil en su vida de trabajo.
  2. Cada año el examen de admisión a las universidades EIU, rechaza a uno de cada dos aspirantes. Con lo cual, les corta a millones su futuro educativo. Un número enorme, pues llenarían once Plazas de Bolívar con jóvenes fracasados.
  3. Ocho de diez trabajadores actuales pertenece a esta situación inescapable.

Consecuencias del no futuro educativo

Piensa en un joven sin título universitario, por la razón que fuere. Lo primero es que dicho estudiante, sus padres y su sociedad perdieron demasiado. Mal contadas perdieron las 17.000 horas invertidas en él, mil por cada año educativo, un tiempo enorme. Hecho con muy graves consecuencias sobre el estudiante, sobre sus padres y la sociedad en conjunto.

Sobre el joven las consecuencias son demoledoras

Imagina a un jovencito que luego de un esfuerzo colosal de miles de horas obtuvo su grado de bachiller. Este le permitió presentarse a estudiar la carrera de sus sueños, según el trabajo que siempre anhelo realizar, bien sea como electricista, técnico automotriz, ingeniero forestal, abogado o médico.

Ese gran sueño personal además de abrirle la puerta a trabajos coincidentes con sus intereses, sus aptitudes, y su talento, le aseguraría de por vida un estatus e ingresos superiores a un salario y medio mínimo. Superiores al del ochenta por ciento de nuestros compatriotas sin título universitario.

Todo por un examen. El examen de ingreso certifica que el aspirante no puede estudiar la carrera que anhela y por la cual cursó once años desde primero de

primaria. Un examen de lápiz y papel, en una situación de alta tensión y extrema presión del tiempo elimina la ilusión de su vida.

¿Es este proceder de las universidades razonable y ético? Por supuesto que no. Y aunque sea la tradición de siglos no la hace menos cruel. Ningún psicólogo del mundo puede dar fe cierta de que quienes superan el examen serán estudiantes y profesionales exitosos, ni lo contrario, que quienes lo reprueban serán estudiantes universitarios y profesionales mediocres. No. Sabemos que intervienen muchas otras variables, la mayoría difíciles o imposibles de medir.

¿Entonces con qué certeza los psicólogos responsables por el examen de admisión deciden quiénes si tienen futuro y quiénes no? Peor aún basados en valoraciones colectivas de lápiz y papel cuando hay tanto en juego: la vida, el futuro de un muchacho.

Temo que no se ha estudiado con seriedad las consecuencias para el muchacho, pero mi trabajo desde el 2005 con jóvenes suicidas me muestra su constante ausencia de futuro, la carencia casi total de sueños. Muy posiblemente este gran fracaso existencial que le impide alcanzar su mayor sueño produzca además:

  1. Apatía
  2. Auto devaluación
  3. Soledad
  4. In-felicidad
  5. Fragilidad
  6. No futuro (sin sentido de la vida)

Sobre los padres debe haber consecuencias similares

Viven el fracaso de su hijo como un fracaso personal suyo. Desde entonces todos los esfuerzos, sacrificios, madrugadas no tienen sentido porque él o ella no superó la línea de corte que cada universidad establece arbitrariamente según los cupos que oferta, siempre mucho menos de los necesarios.

No solo pierden las esperanzas de futuro, sino que el presente de su joven adolescente les crea una fuente adicional de mortificación. Saben bien que para su jovencito solo quedan dos caminos: laborar en un empleo de baja remuneración, hasta finalizar sus días. Trágico. O quedarse por muchos años en la peligrosa condición de NI-NI, ni estudiar, ni trabajar.

La sociedad que condena a sus hijos a no estudiar recibe peores consecuencias

Tantas que solo menciono las tres principales. La primera, condena a millones de sus posibles técnicos, tecnólogos, o profesionales a hacerse trabajadores informales o empleados rutinarios de muy bajos ingresos. Todos pierden. Y muchos tienen frente a sí la ruta de la delincuencia, para acabar de agravar los problemas.

Para millones de jóvenes se frena, deja de funcionar el ascensor social. Les es imposible dejar atrás la trampa de la pobreza. Con muy alta seguridad transferirán esta condición a sus hijos, y estos a los suyos, en una escalera inmóvil de no futuro.

Por supuesto este estancamiento solo reproduce el trágico subdesarrollo; no solo económico, sino también social y psicológico.

Buena parte de esta tragedia podría atenuarse drásticamente con solo una medida: ¡Eliminar el trágico examen de ingreso a las universidades, el EIU!

 

*Miembro de la Academia de Pedagogía y Educación. Miembro de la Academia Nacional de Medicina. División de salud mental.

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