Opiniónabril 15, 2022hace 4 meses

Duque: las formas importan

El presidente se quedó solo asumiendo que solo la bondad lo salvaría, pero la bondad no existe en política

Santiago ÁngelSantiago Ángel /Foto: Noticias RCN

El Gobierno del presidente Iván Duque no fue uno malo. De hecho, aunque a todos los gobiernos hay que leerlos en grises con aciertos y desaciertos, su administración está lejos de ser mediocre si uno revisa los resultados en política pública. Incluso, en la implementación del Acuerdo de paz, tan cuestionada por sectores políticos que no se interesan en conocer la realidad de las cifras y el contexto de la violencia en las regiones, tuvo aciertos importantes.

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El presidente acaba de solicitarle a Naciones Unidas la prórroga de la misión de verificación por 12 años, amplió los giros a los firmantes más allá de lo pactado, y empezó con programas de vivienda en departamentos como Nariño y otros para los excombatientes y sus familias que tampoco estaban incluidos en el texto del acuerdo. Una enorme debilidad estuvo en las garantías de seguridad para quienes se desarmaron.

Su manejo de la pandemia, a pesar de Julián Román y María Jimena Duzán, fue resaltable. Colombia tiene hoy más de 81 millones de dosis aplicadas con una logística que le permitió a las regiones más difíciles tener acceso. Un gran portafolio de vacunas con negociaciones de alto nivel, hizo que los adultos mayores y las personas más vulnerables pudieran ser inmunizadas con rapidez evitando muertes reales. En salud acaba de ser aprobada una reforma a la Adres que permitirá a los hospitales no pedir autorización a las EPS para entregar servicios o medicamentos a los pacientes. El reto es que esa oferta pueda llegar a donde solo llegan los helicópteros del Ejército.

En economía, con las crisis globales que significan una pandemia y una guerra, el presidente logró mantener estabilidad. Le caben críticas por las cartas que se jugó para tener codirectores del Banco de la República muy cerca y su pésima explicación de la reforma tributaria de Carrasquilla que, paradójicamente, era la que el país necesitaba, de acuerdo a la mayoría de expertos en temas fiscales. Los ricos iban a pagar más, la clase media iba a pagar lo que podía, y el resultado iba a ser reducir la deuda y más inversión para proyectos sociales y educación. Pero Duque no logró las formas.

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Su talón de Aquiles permanente fue el orden público y las problemáticas sociales. No por no tener qué mostrar, sino porque sus formas lo llevaron a cometer una cadena de errores de comunicación y de “story telling” que le hicieron muy fácil el trabajo a la oposición. Fue un enorme error, por ejemplo, demostrar arrogancia vistiéndose de policía cuando el país pedía respuestas justas por abusos como el de Javier Ordóñez.

Quienes lo conocen de cerca dicen que Duque es brillante. Y lo es.  No se entiende por qué permitió que los errores en la forma de comunicar fueran tan graves. A pesar de entregar proyectos de incalculable valor como el de la energía eólica en La Guajira o la sede de la Universidad Pública y Tecnológica en Casanare; los logros de Generación E; y la consecución de recursos millonarios para la atención a la tragedia de emigración en Venezuela, la imagen de su Gobierno será la de la arrogancia y la desconexión con el país.

Duque cometió dos errores más. Tuvo la oportunidad de jugarse sus índices de aprobación con reformas de fondo y necesarias: una laboral, para reducir la informalidad y el desempleo y hacer más flexibles las normas laborales del siglo XX; una pensional para dejar de subsidiar las pensiones más altas con los promedios de los últimos diez años; y una de justicia, para eliminar al Inpec y hacer más independientes a los entes de control y a las cortes, entre otras, para quitarle a los magistrados funciones nominadoras. Mientras el país esperaba soluciones estructurales a problemas reales, el presidente decidió cumplir sus promesas de campaña y enfrentarse cándidamente a la JEP.

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Dos. No quiso ser político, olvidándose que para gobernar hay que jugar a la política. Un presidente enfrentado a una oposición sin piedad, ávida de poder, y dispuesta a mentir permanentemente, exagerar todos los hechos de actualidad y sembrar la indignación colectiva como arma, no podía ser defendido por Ernesto Macías y Edward Rodríguez. El presidente se quedó solo asumiendo que, solo, la bondad lo salvaría. Pero la bondad no existe en política.

Sus buenos logros se redujeron a la nada de los escándalos diarios con mucho ruido, calles llenas y youtubers listos para la voracidad. Y, cuando había que aceptar los errores y dar respuestas, el presidente se arropó en la prepotencia propia de quienes solo escuchan halagos y aplausos porque nadie se atreve a decirles la verdad.

El próximo presidente de Colombia debe saber que las formas importan y que la comunicación no es algo para después. En Ucrania, Zelenski convirtió a una invasión desgarradora en el relato de la esperanza. La comunicación puede ser siempre un salvavidas en la inmensa soledad del mar, o el hueco en el fondo del barco que lleva al hundimiento.
 

 

@santiagoangelp en Twitter

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