Bogotá no puede pagar la revancha de nadie
Bogotá no le debe una segunda oportunidad a ningún dirigente.
01:35 p. m.
Quien perdió una elección presidencial tiene todo el derecho a volver a competir. Lo que no puede dar por hecho es que la capital está disponible para reparar su derrota.
La discusión sobre 2027 ya empezó. Los nombres de Iván Cepeda y Gustavo Petro aparecen entre las posibilidades para la Alcaldía. Es legítimo que aspiren si así lo deciden. Pero creo que estamos haciendo las preguntas en el orden equivocado: hablamos de quién podría ganar antes de discutir quién está preparado para gobernar. A mí me interesa saber qué proyecto tienen para Bogotá y por qué la ciudad debería confiarles sus próximos cuatro años.
Porque tener influencia en la ciudad y saber gobernarla son asuntos distintos. Una votación presidencial puede demostrar respaldo político. No demuestra, por sí sola, que exista un equipo preparado para administrar la capital ni un plan para resolver sus problemas.
Y esos problemas no esperan a que los partidos terminen de reorganizarse.
Pensemos en alguien que sale de su casa antes de que amanezca y llega de noche después de atravesar media ciudad. En el dueño de un negocio que hace cuentas para pagar el arriendo y teme perder en un atraco lo que consiguió trabajando. En la familia que ve pasar los meses sin que reparen la vía de su barrio. ¿Qué les cambia la vida que un dirigente recupere protagonismo nacional?
A ellos hay que responderles. Gobernar Bogotá significa hacerse cargo de esa rutina, incluso cuando no hay cámaras. Entender que una hora perdida en un trancón es una hora menos con los hijos. Que una calle oscura puede cambiar el recorrido de una mujer que vuelve del trabajo. Que detrás de una obra atrasada hay gente que sigue esperando.
Por eso me preocupa que la conversación sobre la Alcaldía arranque por el reacomodo de los liderazgos nacionales. Si los problemas de Bogotá aparecen después de escoger al candidato, empezamos al revés.
Lo digo desde el Concejo y con una obligación que también me corresponde: quienes hacemos política en esta ciudad debemos mostrar para qué ha servido nuestro trabajo. Tener una curul no nos convierte automáticamente en buenos gobernantes. Tampoco basta con conocer a los vecinos, denunciar lo que falla o decir que queremos a Bogotá. Hay que demostrar capacidad para resolver.
Ese debería ser el examen de cualquier aspirante.
Comenzaría por algo elemental: ¿qué sabe de la ciudad que no le haya contado su equipo de campaña? Bogotá no cabe en una visita de fin de semana ni en un libreto que sirva igual para todas las localidades. Una decisión sobre movilidad debe considerar a quien vive lejos de su trabajo. Una intervención de seguridad necesita conocer lo que ocurre en cada territorio. Escuchar antes de prometer ahorra errores que después pagan los ciudadanos.
Después vienen las cuentas. El presupuesto aprobado para Bogotá en 2026 es de 40,4 billones de pesos. Parece una cifra capaz de financiarlo todo, hasta que se revisan las obligaciones y los recursos disponibles. Quien prometa nuevas inversiones debe explicar cuánto cuestan y cómo va a pagarlas. También debe tener el carácter de decir qué no puede hacer. Prefiero esa respuesta incómoda a una promesa que termine convertida en frustración o en otra carga para el contribuyente.
Y viene la ejecución. ¿Con quién va a gobernar? ¿Qué decisiones tomará primero? ¿Cómo sabremos si están funcionando? Una administración seria necesita responsables que puedan dar la cara y plazos que se puedan verificar. Cuando una obra se atrasa, señalar al contratista no resuelve el problema. El alcalde debe explicar qué hará para destrabarla y cuándo responderá por el resultado.
Falta una pregunta que suele incomodar: ¿se quedará los cuatro años? Quien pide el voto para gobernar Bogotá debería comprometerse a cumplir el mandato. La ciudad merece un alcalde concentrado en sacar adelante su gestión, también cuando acercarse a la siguiente campaña resulte más tentador.
Estas exigencias valen para todos. Para el Pacto Histórico, para la derecha y para quienes se llaman independientes. También para quienes llevamos años trabajando en Bogotá. Ninguna trayectoria debería librarnos de responder preguntas difíciles.
En 2027 tendremos que escoger quién puede administrar mejor la ciudad. Yo quiero que esa decisión se tome mirando propuestas financiables, equipos competentes y resultados. Que Bogotá tenga una discusión propia y que sus habitantes puedan exigir algo más que lealtad a un proyecto nacional.
Quien quiera volver al poder tendrá que explicar por qué merece gobernar. Los bogotanos no tenemos por qué financiar su revancha.